Al inicio de la creación de un proyecto siempre
tengo un “principio de incertidumbre,” que inmediatamente se convierte en la incertidumbre de un principio. Y es que no sé si lo que estoy proponiendo, a pesar de tener unas cuantas ideas que me dan seguridad, lo voy a lograr. Es decir, no sé si se va a consumar lo que propongo espacial y poéticamente. Pero ésto lo dice mejor y más claramente un poema de Robert Frost:
Cuando construyo un muro
dos cosas me pregunto: qué tanto quedó afuera qué tanto quedó adentro.
Me asalta la incertidumbre del descubrimiento, como a un navegante que sabe de qué puerto sale, pero ignora a qué puerto va a llegar. El principio de incertidumbre en un proyecto es que no se sabe si ese alfabeto de emociones que guarda la memoria a la hora de la verdad va a resultar.
Alfabeto de emociones que es suma de afectos acumulados en viajes por espacios, lugares, arquitecturas concebidas por otros, en esta época y en épocas muy distantes de la mía. ¿Cómo transmitir, a través de un hecho arquitectónico concreto, esas evocaciones, esos instantes capturados en una experiencia personal que los otros no conocen y que, por lo tanto, no se tendrán en cuenta a la hora de aproximarse a la obra? Es lo difícil: darle cuerpo a esa afectividad y, sobre todo, que otros se conmuevan sin que necesiten tener noticias de la conmoción anterior.
En este trayecto, a medida que uno avanza se vuelve más exigente. Cada vez quiere poner más elementos enriquecedores de la espacialidad, por que ése es el proceso permanente del afinamiento y del mejoramiento del “saber hacer.” Cada vez es más puntual, más preciso, se aclara más el problema que se está resolviendo. Poco a poco la incertidumbre se deja permear por algún otro amago de seguridad.
Sé lo difícil que es querer y hacer todo lo posible por revelar el despertar de las formas, el nacimiento de las cosas, tanto un espacio y un lugar, un patio resonante, “un aljibe del cielo”, como denominó María Zambrano el patio, un tímpano del lugar, un imbricamiento, un orden y un ritmo, una transparencia, un volumen o la creación de recorridos “al son del agua, cuando el viento sopla,” según el poema de Antonio Machado.
Forman parte de un cuerpo que constantemente se renueva, pero que es el mismo, con sus sorpresas y encantamientos. Con sorpresas porque, sin ellas, la arquitectura sería como una cara sin expresión.
He tratado de ser consecuente con esto que he escrito y me aproximo a cada proyecto de acuerdo a sus circunstancias, a esos planteamientos que sólo son perceptibles en su lugar. Sin embargo, debo confesar que la mayoría de mis obras son incompletas, les encuentro carencias, formas que no se lograron, que no pude concluir como lo deseaba y tuve que renunciar en la búsqueda de una perfección inalcanzable —afortunadamente— pues sería el fin de una travesía. De cada proyecto me queda una frustración, consecuencia de la necesaria renuncia, siempre dolorosa, pero que estimula porque obliga a seguir buscando, a continuar la travesía interior hacia la perfección en la obra siguiente. Crecen cada vez más las frustraciones, pero también cada obra contiene elementos nuevos, diversos, casi logros que son aciertos para las siguientes, y sirven como crítica de las anteriores.
s la necesaria autocrítica que todo arquitecto debe hacer para no caer en una autosatisfacción que le impedirá ver con lucidez sus limitaciones, pero también sus aciertos. A veces la lucidez es más importante que la inteligencia, sobre todo cuando se trata de hacer, en una siempre difícil y paciente búsqueda, una arquitectura al servicio de la sociedad, para el goce y la alegría de la gente, lo que es al mismo tiempo su razón de ser.
Es con palabras como se explican los hechos arquitectónicos, pero me pregunto: ¿Qué palabras pueden explicar la sutileza de la arquitectura, las visiones simultáneas que amplían los límites de la forma arquitectónica, los espacios de silencio, los múltiples secretos de las formas, las infinitas transparencias, el misterio de la luz o la profundidad de la penumbra, la revelación de un paisaje, el imbricamiento de entornos lejanos e inmediatos, de un paisaje? ¿Qué palabras, además, pueden explicar las sensaciones de un recorrido, la revelación de paisajes interiores, el misterio de estar adentro y afuera, la comunión entre interior y exterior?
Umberto Eco dijo que “el arquitecto está condenado a ser, por la propia naturaleza de su oficio, quizás la última figura del humanismo de la sociedad contemporánea.” En un mundo banalizado como el de hoy —pero inevitablemente nuestro— tan entregado al dinero y al lucro, hacer arquitectura al servicio del hombre es la manera de seguir siendo esa última figura de un humanismo para nuestra sociedad pero, además, hacerla para crear nuevos esplendores de lugares posibles y de memorias retenidas, para no perder el hilo de la historia.
Sólo la arquitecturas puede llegar a estremecer de emoción y aportarle a la ciudad esa obra de arte colectiva, cuna del conocimiento, de la política, de la comunicación, mejores condiciones de habitación y de pertenencia.