Conozco a Rogelio Salmona desde los primeros años sesenta, cuando llevaba casi un lustro viviendo de nuevo en Bogotá y asistiendo a los tés del atardecer, en la cafetería El Cisne, en compañía de Marta Traba o Guillermo Angulo, Santiago García, Graciela Samper, Jorge Pinto, Carlos Perozzo, Fernando Botero, y la beldad masculina de aquellos tiempos, el también arquitecto Fernando Martínez Sanabria, a quien la lengua viperina de Jorge Child —otro de los contertulios— llamaba El Chuli. Otros habituales eran también el pintor Alejandro Obregón y el ya conocido poeta,Mario Rivero, a quien el primero hizo un cisne como logotipo para un comercio de emparedados que tenía entonces.
Eran mesas que se formaban alrededor de las cuatro o cinco de la tarde y se prolongaban hasta casi las nueve de las noches, cuando al grito de “la fiesta es en casa de Graciela,” la pandilla levantaba la sesión y acometía el consumo del amanecer, mientras al conjuro del jazz que salía de una grabadora alemana o yanqui, alguna de las Brigitte Bardot de los pobres de entonces, haría un desnudo magnánimo aplaudido a rabiar por Santiago García, maestro en las artes escénicas y muchas otras.
Salmona no había levantado sus memorables obras de arte y nadie pudo imaginar que llegaría, en un país tan triste como este, a ser el artista monumental que es hoy, el gran arquitecto de la peor era de nuestra historia. Con Salmona acontece como con Leonardo: los tiempos debieron ser peores para que su obra tuviese un fundamento y una gloria. Porque Salmona dio a la horrenda capital de la Colombia de la Violencia y el Frente Nacional un nuevo cuerpo y una nueva ánima. Gracias a él, nuestros nietos no sabrán más —cuando al fin la muerte se detenga en nuestras calles y campos— de esos despojos que fueron los barrios y las calles bogotanas desde la colonia.
Hijo de emigrados europeos de origen sefardí y occitano, Rogelio Salmona nació en París (1929) pero es bogotano puro porque, cuando tenía tres años, su familia se traslado a la capital de Colombia. Pasó la niñez en el barrio Teusaquillo, uno de esos extraños lugares que recuerdan a Londres y donde los vecinos llevaban prácticamente una vida de pueblo sin salir del barrio, en una Bogotá que no pasaba del medio millón de habitantes, donde el tendero era el mas importante de los vecinos, y el parque el sitio donde todo se hacía y decidía. Las casas de Palermo, levantadas en ladrillo con terminados de piedra y maderas, trabajadas por lúcidos artesanos y maestros de obra, dejaron en Salmona, sin duda, su huella para siempre. Salmona hizo la primaria y el bachillerato en un colegio para los de su clase: el Liceo Francés, y luego de hacer algunos cursos en la Nacional, con el alemán Leopoldo Rother o el italiano Bruno Violi, arquitectos de muchos de los edificios racionalistas de la Ciudad Universitaria, un buen día, durante una visita que el destino le tenía prevista, llegó Le Corbusier a la casa paterna de Salmona. El famoso arquitecto franco–francés le ofreció trabajo al joven estudiante de arquitectura y, a raíz de los sucesos del 9 de abril de 1948, luego del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, Salmona pasó casi diez años, dibujando, en el chantier de la rue de Sèvres, donde Le petit Salmoná colaboró, junto al mexicano Teodoro González, el indio Balkrihna Doshi y el griego Xenakis, en proyectos como el Plan Piloto para Bogotá, Notre Dame du Aut y, en especial y sobre todo, Chandigarh , pero se dio también a la tarea, durante esos años, de encontrarse con su propio pasado, asistiendo, primero, a los cursos de historia del arte que ofrecía Pierre Francastel en la Sorbona, participando luego en los debates sobre el estructuralismo, que fueron la moda de esos días en la capital de Francia, hasta que, tras un viaje donde deambuló por desiertos y los azules intensos de la España del estraperlo y la pobreza de la tiranía franquista en los años cincuenta, vio de cuerpo entero y con el alma en vilo las maravillas de la cultura del alandaluz en Sevilla, Granada, Córdoba y Toledo, y desde allí descendió a los paraísos del Magreb, de donde saldría la inspiración para levantar la obra que ahora nos ha dejado: un mundo a imagen y semejanza de su alma, que es ya la nuestra.
Un mundo cuyos destellos y luminarias están en las llamadas Torres del Parque (1970), la Biblioteca Virgilio Barco , la Casa de Huéspedes Ilustres de Cartagena (1985), el Archivo General de la Nación (1992), el Edificio de Posgrados de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional (1999) o el Eje ambiental de la Avenida Jiménez de Quesada . Algunas de las siete maravillas colombianas, que junto a las otras de Eduardo Ramírez Villamizar, Luis Caballero y Gabriel García Márquez, darán justo testimonio de la grandeza de nuestro arte, en un siglo de horror que acaba de terminar .