Con Salmona, Bogotá empezó a despertar a la modernidad
Por Juan Manuel Roca
Dibujos de Rogelio Salmona
[ click en la imagen para ampliar ]
[ click en la imagen para ampliar ]
Mirar atrás, pero hay que saber
retirar la mirada en el momento oportuno:
se trata de recrear y de transformar.
No de copiar.
R.S.
Es sabido que Rogelio Salmona tiene una evidente pasión por la historia de la arquitectura, pero más aún por la andadura de las obras que se gestan para interpretar los lugares, para descifrar los sitios en los que habrá de levantar sus construcciones.
Es la suya, qué duda cabe, una acción poética de ennoblecimiento de lo que ya existe, antes que una abrupta imposición demoledora. Por ese motivo claro, cenital, que hay en las propuestas de Rogelio Salmona, es por lo que su arquitectura adquiere un vínculo social que no solamente tiene que ver con la idea de un mejor estar, sino de un mejor sentir, con un alto sentido estético que ayuda a darle coherencia a las formas de vivir y de pulsar lo cotidiano.
Si la ventana, antes de serlo fue una porción de aire, una pequeña parcela de vacío; si el patio es una forma de amputar la lejanía; si el sometimiento de ese mismo vacío a formas impuestas recorta el infinito, la mirada de un arquitecto como Salmona se desvela por encontrar un equilibrio entre lo precedente y lo actual, entre lo intangible de una atmósfera, de un luz o de un fragmento de paisaje y las formas que despliega para darle relevancia a ese entorno.
Que entre el hombre y la naturaleza medie esa sobrenaturaleza que es la ciudad, como puente tendido entre un estadio y otro y no como aislamiento, como compartimento o encierro entre los cuatro muros cardinales, es algo que constituye uno de los fundamentos de la postura arquitectónica de Rogelio Salmona.
Alguna vez manifestó que la arquitectura “debe proponer espacios capaces de conmover, que se aprehendan con la visión, pero también con el aroma y el tacto, con el silencio y el sonido, la luminosidad y la penumbra y la transparencia que se recorre y que nos regala la gracia de la sorpresa.”
[ click en la imagen para ampliar ]
MONSERRATE, DENTRO DEL PROYECTO INACABADO DEL EJE AMBIENTAL
Rogelio Salmona sabe como pocos que un arquitecto puede construirnos un sueño, pero también edificarnos la pesadilla.
Ese, me parece, es un elemento, o mejor, una faceta de asombro que se ha hecho una constante en las obras de Salmona: la sorpresa. No la sorpresa por la sorpresa ni la imagen por la imagen, pero sí la aparición de una línea, de una ventana, de un volumen, de una luz inesperada, que más que obligarnos nos invita a la reflexión, al repliegue de sensaciones que anidan en el adentro.
Se trata de una arquitectura que aún en sus aspectos más abstractos no intenta sofocar las emociones ni escamotear la interpretación, como si se tratara de un músico, del espacio elegido. Es la suya una manera de traducir los espacios, sus cargas históricas y emotivas, a un lenguaje propio que se articula con ellos, algo así como un fecundo diálogo entre el adentro y el afuera.
[ click en la imagen para ampliar ]
ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN
Rogelio Salmona sabe como pocos que un arquitecto puede construirnos un sueño, pero también edificarnos la pesadilla, así sea, para decirlo con Henry Miller, una pesadilla con aire acondicionado. Por eso tras del sueño, en el que somos a veces constructores de nuestro propio desvarío, se preocupa porque haya una reflexión, una suerte de aduana del pensamiento donde se puede sopesar lo que en principio nace de un rapto poético, de una intuición. La duda, dice Salmona, “es siempre generadora de descubrimientos, gracias a ella nos distanciamos del esquematismo ideológico. Nos obliga a pensar, a descubrir y a mirar las cosas con otros ojos, sin prejuicios.”
Aseveraciones como la anterior hacen pensar en el carácter dubitativo de Salmona para desconfiar de cierto poder omnímodo que se le entrega al arquitecto, al creador. Ya el viejo autor de Así hablaba Zaratustra señalaba que “la arquitectura es una especie de oratoria del poder por medio de formas.” Hay quienes ejercen esa idea, pero también hay quienes la rechazan o, mejor aún, se muestran refractarios a ejercerla. Creo que Rogelio Salmona es de los últimos, de los que moldean los espacios con la única certeza de la duda, de un desdén a las formas autocráticas.
Parece preocuparse siempre por entregar espacios habitables que no tienen los linderos de la exclusión, ni los anuncios o señales propios del encierro que segrega.
No se puede permanecer, me parece, indiferente frente a la arquitectura de Rogelio Salmona. Ni dejar de recordar el aforismo de un arquitecto que no sé qué tanto esté en el afecto del nuestro, Mies van der Rohe: “Solamente lo que tiene intensidad de vida puede tener intensidad de forma,” algo que me resulta evidente en la obra de Salmona. Las suyas son, antes de ser ocupadas, formas habitadas en sí mismas, dispuestas a recibir las alegrías y aún las tragedias de ese trozo de barro sublevado que es el hombre.
En un pequeño texto escrito por Salmona en torno al quehacer de la arquitectura, señalaba la deuda que tiene con los hechos cotidianos y en los entronques que establece con el arte, cuyo epicentro asume desde una mirada poética. Es clara su preocupación, valga la repetición, por un entorno poético.
[ click en la imagen para ampliar ]
[ click en la imagen para ampliar ]
ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN
BIBLIOTECA PÚBLICA VIRGILIO BARCO [DETALLE ]
Ni de corte populista ni tampoco de talante aristocrático, el quehacer de Rogelio Salmona y su denodada acción por ennoblecer nuestra capital, es algo que resulta invaluable, un legado del que todavía parece que no nos damos cuenta a cabalidad. Es, para decirlo con palabras prestadas a Gaston Bachelard, una “poética del espacio” que logra transformarnos en la misma medida en que esa mirada transforma la ciudad, como si lo que habitamos también nos habitara y lo empezáramos a hacer nuestro, en dos instancias aledañas. Se trata de una puesta en marcha, arquitectónica y urbanística a la vez, jalonada por el talento de Rogelio Salmona, desde una acción renovadora que hemos visto en la andadura de los días y en el lento apropiamiento de lo cotidiano.
Toda arquitectura verdaderamente comprometida es siempre cómplice de su tiempo
por haber sabido extraer del manantial de la vida la profunda poesía de las formas construidas.
Rogelio Salmona
POSGRADOS DE CIENCIAS HUMANAS, UNIVERSIDAD NACIONAL