Bogotá: La ciudad de Salmona mira a los cerros con los ojos del hombre
Por Santiago Mutis Durán
Dibujos de Rogelio Salmona Cultura es todo lo que se hace contra el Estado N. M. A. de Q. E., siglo xix
En sus recuerdos sobre la Universidad Nacional en
Bogotá, el novelista calamarí Álvaro Miranda, dice (2006):
“Bogotá se tejía como urbe a partir del centralismo. La capital de la República se comportaba como una glotona de todos los aspectos de la vida social, lo que obligaba a que las familias que no vivían en ella tuvieran que enviar a sus hijos a esa ciudad paramuna que quería acaparar administración, economía y cultura”.
Lo cual es cierto, y también injusto. Cierto en cuanto se refiere al Gobierno, injusto en cuanto a la ciudad. En Cien años de soledad , Gabriel García Márquez, que había escrito, por supuesto, contra el centralismo —lo cual también le impidió ver en su texto contra Hernando Téllez no sólo a su antecesor sino a uno de los mejores escritores colombianos— consagra la siniestra fusión entre la ciudad de Bogotá y el gobierno nacional, al narrar la matanza durante el carnaval en donde Remedios, La Bella, es consagrada reina, junto a su rival bogotana: “cuando apareció por el camino de la ciénaga una comparsa multitudinaria llevando en andas doradas a la mujer más fascinante que hubiera podido concebir la imaginación.” Esta comparsa que acompañaba a la “reina intrusa,” “forasteros disfrazados de beduinos” que “escondían fusiles de reglamento,” fue la que desató la matanza. Eran agentes del gobierno, y venían de ¡Bogotá!
“La Bogotá de Rogelio Salmona
es una ciudad atenta a la imponente belleza de sus
cerros, dispuesta al encuentro, al ocio, y donde
el espacio es vivible.”
Bogotá ha pagado los errores del Estado y padecido desde siempre un desastroso privilegio, que tal vez ninguna otra ciudad colombiana hubiera podido soportar: el enquistamiento, en su propio corazón de ciudad, del vacío y las equivocaciones del Gobierno.
“Fernanda era una mujer perdida para el mundo. Había nacido y crecido a mil kilómetros del mar, en una ciudad lúgubre por cuyas callejuelas de piedra traqueteaban todavía, en noches de espantos, las carrozas de los virreyes. Treinta y dos campanarios tocaban a muerto a las seis de la tarde. En la casa señorial embaldosada de losas sepulcrales jamás se conoció el sol. El aire había muerto en los cipreses del patio...”
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DOS BOCETOS DE SIENA, ITALIA
El aire enrarecido de la Iglesia, el vaho nefasto de la burocracia y del poder, y la gente enriquecida con su manipulación, instalados todos en Bogotá, han impuesto su huella a la ciudad, a sus edificios, a sus m aneras de ser y de actuar, a su trazo, a sus lugares públicos; pero en Bogotá también vive gente, algunas incluso nacidas aquí, y para ellas trabaja Rogelio Salmona. Aquí se escribió la primera geografía del país que no dejaba a nadie por fuera (Ernesto Guhl); aquí se oyó primero la mitología de los indios Kogi (Gerardo Reichel–Dolmatoff) que no conocían ni en la costa; aquí se denunció el horror de las actividades de la Casa Arana; aquí se supo primero la existencia de los Huitoto y los Tikuna; aquí se hizo la maravillosa “pintura de negros” de Guillermo Wiedemann o de “negritas,” como aclaraba mal Enrique Grau; desde aquí quiso Enrique Pérez Arbeláez detener el fin del río Magdalena y la empobrecedora erosión del país... ¡Desde “aquí,” no desde el gobierno!
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ESQUEMA BIBLIOTECA PÚBLICA VIRGILIO BARCO
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ESQUEMA POSGRADOS DE CIENCIAS HUMANAS, UNIVERSIDAD NACIONAL
Para mí, este “aquí” es lo que ha querido construir Rogelio Salmona, hacer una ciudad para que en ella pueda vivir la gente, una ciudad abierta, que no privatiza los lugares públicos, opuesta a los intereses de los “pulpos constructores” y a sus demasiado altivos o asfixiantes conjuntos (en)cerrados y a sus pomposos centros comerciales —donde la ciudad claudica—.
La Bogotá de Rogelio Salmona es una ciudad atenta a la imponente belleza de sus cerros, dispuesta al encuentro, al ocio, y donde el espacio es vivible; una ciudad disfrutable que posibilita ser y pensar. Una ciudad que infunde libertad, gozosa y serena, con su idea generosa, sabia y civilizada de salvar la ciudad del desarraigo, de su propio tufo ministerial, de las manifestaciones de poder y del interés económico que lidera su crecimiento (privado y de miseria) que despedaza la cultura para poder controlar la vida cotidiana y conducirla al consumo histérico, destruyendo el tiempo natural de las cosas.
Salmona ha hecho que una persona que camina, piensa, observa, conversa o se pasea por la ciudad —o descansa en un parque— no sea un “tipo sospechoso,” un “tipo raro” —como en la hermosa y terrible novela de anticipación de Ray Bradbury, Fahrenheit 451 , en donde la policía arresta a los paseantes, a quienes manejan lentamente, a los peligrosos lectores y a quienes no se someten a la televisión— sino un ser humano despierto, atento a los demás, a sí mismo y a cuanto lo rodea.
Para él la ciudad es el lugar en donde la vida debe suceder de manera plena, no un lugar vigilado, ajeno, ignorante del paisaje, del clima, del tiempo de nuestra propia vida y de las relaciones humanas, que nos conduce al esquilmadero y a la ansiedad, al miedo, al aislamiento y la hostilidad, por no decir que nos prepara a la violencia o a la guerra: “La ciudad es la realización cultural más trascendental de un pueblo.” (R. S.) ¡Así debe ser!
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SANTA MARIA DEL FIORE, FLORENCIA, ITALIA
CODA:
Dice don Ricardo Silva, padre del poeta de las Gotas amargas (antecesoras de las del Tuerto cartagenero), en uno de sus sabrosos artículos de costumbres, publicado por allá en 1860, cuando se refiere a “la antigua casa bogotana”, que era “amplia, ventilada, cómoda, alegre y olorosa a reseda y a alhucema,” y con patios llenos de plantas, flores, loros, gatos...: “la cabeza descubierta en pleno patio y bajo los rayos de un sol abrasador.” (Esto lo recuerdo ahora para matizar la frase de don Gabo sobre los patios de ¡cipreses! bogotanos —¿o del Gobierno?— en donde, según él, no se conocía el sol).
A propósito del “aire enrarecido de la Iglesia,” y de los “treinta y dos campanarios,” quiero citar un grafito que vi el año pasado en los muros de la ciudad de Bogotá, la única que parece haber protestado, en todo el país, contra la intromisión de la Iglesia en la sexualidad femenina: “Alejen sus rosarios de nuestros ovarios.”