Amar a Bogotá es haber convertido en bogotano el sueño americano.
Amarla es haberla escogido para pegar en ella el grito de independencia doméstico
Amar a Bogotá es estar muy agradecidos, “muy agradecidos, muy agradecidos” con don Gonzalo Jiménez de Quesada por haberse levantado con vena de fundador aquel 6 de agosto, un mes con piel de viento.
Es trepar a Monserrate, pie en tierra y promesa en mano.
Es quererla con ropita y sin ella, o sea, con sus virtudes, pero sobre todo con sus defectos. Como si fuera la novia difícil.
Es caer en la tentación de darse un septimazo.
Es tutearse con la historia, taconeando en la Casa del Florero, donde arrancó la independencia gracias al mal genio del chapetón González Llorente.
Es haberse acostumbrado a su clima anárquico y a su frío soportable.
Amar a Bogotá es llevarse su clima a tierra caliente para que no nos haga falta.
Es creer los pronósticos metereológicos con un paraguas debajo del brazo.
Es mantener virgen a 2 600 metros menos lejos de las estrellas la saudade por el corral nativo.
Es llegar a hacer visita de médico a la capital por unos días, y quedarse para siempre.
Es visitar “nuestras raíces” en el Museo del Oro.
Es redistribuir a la brava el ingreso con raponeros de la carrera Décima o con atracadores —plusmarquistas de los cien metros planos— en San Victorino.
Es respetar la cebra.
En caso de trancones y colas, es hacer cursillo para santo Job.
Es sacarle la piedra a la burocracia de Fenalco comprando en Sanandresito.
Es derramar una furtiva al pasar por sitios donde fueron sacrificados Uribe Uribe, Gaitán, Luis Carlos Galán, Lara Bonilla, Gómez Hurtado.
Es conocer al vecino, saber cómo se llama, adivinarle el grupo sanguíneo, saludarlo en la incómoda claustrofobia del ascensor, darle una mano.
Es repetir el viejo estribillo para desembarazarse de alguien: Déjate ver para atenderte o: ¿Cuándo almorzamos?
Es demorarse para saber que un chino también es un niño, no un ojirrasgado venido del punto cardinal donde despierta el sol.
Es tener a la mano la vieja mentirijilla: ¡Qué rico verte!
Es recordar que —en caso de citas— las doce del día es a la una, y las cinco de la tarde, a las seis.
Es haber estado cerca alguna vez de los zapatos rojos, chéveres, del Cardenal de turno.
Es saber dónde sigue la rumba cuando se acaba la mockusiana hora zanahoria.
Es haber adoptado como fugaz hotel de cinco estrellas la banca de algún parque.
Es “levantar el Corazón a Dios y pedirle mercedes” en la iglesia de La Porciúncula.
Amar a Bogotá es haberse puesto citas de amor en la Jiménez con Séptima o en el edificio Avianca, al que una mañana le dio por arder (obligándome a aplazar tres días mi matrimonio con doña Gloria Luz Duque).
Es haber almorzado setenta veces siete en Chapinero.
Querer la capital es reincidir en caminadas por entre la leyenda y los fantasmas en el viejo barrio de La Candelaria, considerado un museo por The New York Times.
Es haber conseguido chanfa en esta plaza.
Es no quedarle mal a la ciudad que nos dio casa, carro y beca.
Amar a Bogotá es tener hijos rolos pero bautizados rapidito en la parroquia de origen de sus mayores.
Es llevar el honroso título de vecino otorgado por el tendero de la esquina.
Es no haber aprendido nunca a tutear ni a ustedear a la bogotana.
Es haber escuchado la voz de los poetas en la Casa de Poesía Silva bajo la mirada cómplice del suicida José Asunción y de su hermana Elvira, “bella sólo de perfil”.