La «injuria y el ultraje» fueron las primeras voces de opinión que levantó «el genio de Rodin» entre el público francés, cuenta Anatole France. Después vendría la «gloria», abundante, desmedida, que alimentó «mi estúpida vanidad» y que, finalmente, no es más que la suma de todos los malentendidos que se forman alrededor de un nombre nuevo, escribirá Rilke. Sí, «¡hay que ver con qué rapidez cambian los gustos en materia de arte! Hace apenas 25 años las personas de buen gusto retrocedían horrorizadas con sólo oír su nombre: le consideraban literario, ampuloso, antiescultórico. En la actualidad, sin saberse bien por qué, el clima de opinión ha cambiado por completo», según Kenneth Clark, al punto de aceptarlo como «el mejor escultor desde los tiempos de Miguel Ángel». (Hasta hoy, que ha sido reemplazado en su París natal por los muñecos de Botero.)
Rodin, durante casi veinte años, «se ganó la vida realizando, anónimamente, esculturas decorativas [...]. Decoró fachadas de edificios públicos en Bruselas y Estrasburgo [...]. Diseñó aparadores ricamente esculpidos y colosales camas de cuatro columnas [...]», opresivos artefactos decorativos de pancomer, afirma Kenneth Clark, que no eran ajenos a su temperamento, como puede verse en su portentosa Puerta del Infierno. Rodin podía ser «muy bueno y muy malo», por lo que Clark se empeñó en distinguir «lo auténtico» de «lo espurio» en su obra.
De su hermosa escultura La Edadde Bronce, realizada a los 36 años, Rodin decía que «carecía de suficiente fuerza», fuerza que encontró un año después en El hombre que anda, calificada por Clark como soberbia, por su profunda energía y el estado emocional que alcanza. Rodin muestra su mejor cualidad —«la comunicación de la vida»— en los bronces, dice Clark, pues fue más «modelador que tallista»:
Los instrumentos de fuerza y comunicación de Rodin fueron sus dedos. Sus manos se asemejaban a las de esos curanderos o traumatólogos capaces de restituir las funciones vitales con la simple presión de las manos... Se podría afirmar que, salvo una excepción, las obras más bellas de Rodin están en una escala en la que aún se puede apreciar que el juego rítmico de los planos se ha conseguido mediante los estirones y las presiones de sus dedos. Todas sus esculturas se hicieron primero en esta escala, lo que significa que los desnudos fueron de un tamaño [hasta] 10 veces inferior al tamaño natural. La unidad de mano y de espíritu constituía su fuerza.
Edward Steichen hizo en 1902 esta composición fotográfica en la que aparecen Rodin, su pensador y, al fondo, el monumento a Victor Hugo. Después de haber visto las fotos, Rodin quedó convencido del talento de Steichen y de las posibilidades de la fotografía como arte.
Para mí, Rodin hace entrar en la piedra, en la arcilla, en el bronce, la hiriente noche que el Romanticismo encontró en el corazón del hombre, un oscuro anhelo de infinito y sacrificio, que Rodin vigorizará, dándole fuerza animal. Ésta es su dramática, turbia, terrible vitalidad, hecha de una irreductible tensión entre sufrimiento y rebeldía, eternidad y fugacidad, espíritu y naturaleza, tragedia y deseo, luz y oscuridad.
Dos cosas me estremecen en su escultura. Una: el movimiento. Él introduce el movimiento del cuerpo, de la luz, del rostro, del alma, de la sombra. Su emoción es capaz de animar la piedra. La serenidad, el equilibrio, la armonía... han sido derrotados en el mundo, y Rodin los invoca desde la gran inquietud, recogida de la multitud y del tiempo mismo, para someterla a las formas del arte, que se tensiona vigorosamente al expresar su pérdida... con abundante vida. Este movimiento potencia la capacidad de expresión del cuerpo al límite de poder contener plenamente al hombre, y nos impide abarcarlo con una sola mirada, como tampoco puede hacerlo la luz, al hundir siempre una parte en la sombra, en el misterio, enfatizando y dramatizando la expresión, que nace bajo la piel. Rodin expresa la dificultad, la decrepitud, el éxtasis, la vergüenza, el grito, energía vital, belleza, voluptuosidad, dolorosa libertad... «Escribió a Monet que agradecía a la pintura que le hubiera ayudado a comprender la luz, las nubes y el mar», ¡la movilidad del mundo!, y también la de las pasiones, que quiso fijar al interrogarlas con toda su fuerza. Dos: Rodin arrancó la escultura del pedestal oficial, del monumento y de la mustia academia, y la puso cara a cara con la verdad, al nivel del suelo, de la realidad, exponiéndose con ardiente franqueza y arriesgándolo todo al renunciar a un arte cansado, caído en la mentira y la vulgaridad.
Clark exalta la fuerza plástica y la riqueza de Eva, pletórica de vida, «una de las mejores esculturas de todos los tiempos». Danaide... «de los más bellos mármoles de Rodin». Balzac, de «una densidad plástica que su autor no logrará superar y una ausencia de retórica sentimental», que le valió diez años de hostilidades y sarcasmos: «Esta obra, que ha sido objeto de muchas burlas, es el fruto y resumen de toda mi vida».
Ojalá que el Museo Nacional de Colombia se anime con esta exposición y nos permita ver la escultura de Rodin que esconde celosamente en sus bodegas desde hace ochenta años: El hombre de la nariz rota (Miguel Ángel).
Para un artista, la cosa más importante no es soñar o conversar, sino trabajar: trabajar, trabajar y trabajar.
La Edad de Bronce,1875 - 1876
Bronce con pátina café
La sombra, 1898
Bronce con pátina negra y verde
El hombre que cae, 1882
Bronce con pátina café
Eterna primavera, 1884
Bronce con pátina café
Andrieu d’Andres, 1890
Bronce con pátina café y verde
Agradecimientos al MamBo por facilitar el material fotográfico de la Colección Museo Soumaya, Fundación carso, Ciudad de México.
Todas las fotografías son de Javier Hinojosa exceptuando, la de El hombre que cae de César Flores. La exposición de estas y otras piezas estará abierta en el MamBo del 22 de abril al 13 de junio de este año.