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Perro come perro:
radiografía del crimen y la codiciaa
Por Mauricio Laurens
Blas Jaramillo y Paulina Rivas
Un asesinato atroz en Cali y unos cuantos miles de dólares perdidos desencadenan ajustes de cuentas, una serie de movimientos criminales y las acciones de matones de oficio al servicio del siniestro Orejón, quien no está dispuesto a ceder. Dos oscuros sujetos protagonizan desde sus comienzos el tan temido clímax, por cuanto deberán esperar órdenes para actuar en un céntrico hotel de mala muerte y... ninguno de ellos puede sentirse a gusto en el cuartucho que se ven obligados a compartir. Pero... lo peor está por venir y no sabemos si será la tumba misma.
Cada uno de sus personajes responde a perfiles psicológicos y morales bien delineados. La narración avanza cronológicamente y se desarrolla en planos paralelos a las ejecuciones de otros victimarios de contrastados estratos sociales. Mientras que cierto grado de tensión expectante se apodera incluso del menos nervioso de los espectadores, su atmósfera oscura es verosímil y se encuentra matizada por colores acentuados o tropicales, en medio de contundentes metáforas de bestias agresivas y animales descompuestos.
Perros huesudos que husmean en alcantarillas y basureros, sumados a peces ornamentales muertos por sus afines; gusanos guardados en alcanfor, y un ciempiés que se desliza con sigilo. Semejante bestiario no es gratuito pues obedece a la esencia de una nueva película colombiana capaz de traducir un grado instintivo de maldad, no sólo como reflejo de una ciudad actual y un país podrido sino con alcances temáticos que trascienden universalmente.
El actor Marlon Moreno recibe instrucciones del director, Carlos Moreno
Marlon Moreno como Peñaranda y Óscar Borda en el papel de Benítez dan muestras suficientes de sus gamas interpretativas, como antagonistas cuyas misiones peligrosas y sucias contrastan con la diversidad de circunstancias personales. Mientras que el primero transpira sequedad y no tiene más objetivos en su cabeza que matar a sangre fría y defender el botín hurtado, el segundo sobrelleva la posesión o el deterioro físico y mental de aquellos muertos que carga sobre su espalda. Aunque yo mismo no lo creía, Borda es un señor actor de fibra emocional acorde con su físico.
Porque ladrón que roba a ladrón... Estos personajes demarcan su territorio y se complementan con un chofer bromista y ordinario que Álvaro Rodríguez asume con credibilidad. Así mismo, la histeria incontenible del ya fallecido Blas Jaramillo neutraliza el sistema delictivo por cuanto se asume que los dispositivos criminales vienen tanto de arriba como de abajo. Lo que realmente aturde se deriva del hecho mismo de las modalidades utilizadas por la delincuencia —asfixia con bolsas plásticas, motosierra y ahogamientos en ratoneras. Que haya guiños a Tarantino, en especial a Reservoir Dogs (producida por Dog Eat Dog en 1992), es algo irrebatible.
Óscar Borda
Su hilo narrativo nos transporta por ciertos senderos tortuosos de la condición humana, hasta el punto de concedérsele a esta cinta el calificativo de «nuevo cine», con características de comedia negra (noir) o amarga. El proceso de aniquilamiento moral por parte de Benítez se sitúa en el campo psicosomático, un remordimiento de conciencia que se convierte en pánico, con síntomas alucinatorios, crisis paranoica, insomnio, náuseas y... estómago suelto. Así mismo, las prácticas de brujería y magia negra acosan a quienes ven en estas artimañas un recurso desesperado para seguir aplicando la justicia por mano propia.
Perfil del director
Carlos Moreno es comunicador de la Universidad del Valle y maestro en narrativa audiovisual de la Universidad Autónoma de Barcelona, realizador de cine publicitario y editor de numerosos espacios documentales. Por su formación práctica y académica, concibe el lenguaje audiovisual como «un proceso riguroso de montaje, donde lo que comunica una idea es la combinación de una imagen con otra».
Equipo técnico
Producción de Diego Ramírez, con dirección fotográfica de Juan Carlos Gil, escenografía de Jaime Luna y edición a cargo de Felipe Guerrero, Santiago Palau y el mismo Moreno. Un equipo cien por cien caleño, dispuesto a demostrar que hay profesionalismo y «perrenque» en nuestro medio; con ganas de sacar ventajas a la creatividad individual traduciendo fielmente una realidad inocultable y que, por demás, alcanza niveles de comprensión e interés en cualquier lugar del planeta donde se proyecte.
Conclusión
Esta ópera prima del caleño Carlos Moreno, presentada en las competiciones oficiales de Sundance (Utah) y Guadalajara (México), es sin duda alguna la mejor producción colombiana en lo que va corrido del siglo XXI. Gracias a los estímulos otorgados y a las contribuciones que pagan los sectores industriales al Fondo de Fomento Cinematográfico (FFC), otros tres largometrajes se han destacado por sus calidades e innovaciones narrativas: : Sumas y restas (Víctor Gaviria), La sombra del caminante (Ciro Guerra) y Satanás (Andy Baiz). En taquilla se han impuesto con creces Rosario Tijeras, Soñar no cuesta nada y muy recientemente Paraíso Travel.
Pies: