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El ajedrez tiene la palabra
Por Óscar Domínguez
El paisa Harry Corenn decidió volver ajedrez el recuerdo de su madre, María Chorny, de nacionalidad rusa, cuyo apellido le da nombre al salón de juegos donde los viejos tienen el privilegio de no pagar. La foto, intervenida electrónicamente es de Óscar Domínguez
Juegan ajedrez por amor al arte. No lo hacen por mejorar la hoja de vida. No van en busca de ninguna inmortalidad. Su ámbito es el club de ajedrez, que es su casa, oficina, refugio, tertuliadero, consultorio. En la lúdica y gigantesca Bogotá modelo 2008 no abundan estos lugares. Lentamente crece la audiencia.
En un café similar, durante los ingenuos años cuarenta, en la carrera séptima, al lado del Tía y de la catedral, ante una audiencia estupefacta, las leyendas Cuéllar Gacharná y Luis Augusto Sánchez se sacaban los trebejos al sol. Otro antecedente está en el famoso Café de la Régence, en el París de 1850, donde épataban jugando simultáneas el francés Philidor y Morphy, el genio gringo. Como París impone la moda, ésta del ajedrez la copiarían otras capitales europeas.
Desde entonces se ha dado un extraño matrimonio entre ajedrez y billar, que suelen compartir espacio. Hoy sigue ese casorio por conveniencia. Como no sólo de ajedrez vive el dueño, le han metido al negocio juegos inteligentes: póquer, scrable, go. Los estudiantes, enemigos personales de las matemáticas y ciencias afines, han optado desde siempre por la claustrofobia del club de ajedrez y billar. Mejor que la solemnidad del aula.
El paisaje ajedrecístico
A esta clientela estudiantil, generalmente desplatada, se suman pensionados, verdaderos amantes del juego, vagos, oficinistas, uno que otro jugador de élite, avivatos, intelectuales puros con superávit de tiempo para gastar, «perros» y «patos».
Hombres por todas partes. Parecería un juego machista. Falso: no está restringido el derecho de admisión. Ellas están representadas en las piezas principales, la dama y la torre. En el caso del Club Lásker, con treinta años de vida, las mujeres manejan los hilos: Miryam de Prada, la dueña, y Gilma Duarte, administradora.
Los «perros» que frecuentan estos desestresantes lugares son duchos jugadores. Su modus comiendi consiste en halagar al rival chambón haciéndole creer que juega mucho. Le permiten ganar al principio. Están engordando el marrano. Después vendrán las apuestas y el cliente será desplumado a punta de mates.
Borges y los escaques
Ajedrez
En su grave rincón, los jugadores
rigen las lentas piezas. El tablero
los demora hasta el alba en su severo
ámbito en que se odian dos colores.
Adentro irradian mágicos rigores
las formas: torre homérica, ligero
caballo, armada reina, rey postrero,
oblicuo alfil y peones agresores.
Cuando los jugadores se hayan ido,
cuando el tiempo los haya consumido,
ciertamente no habrá cesado el rito.
En el Oriente se encendió esta guerra
cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.
Como el otro, este juego es infinito.
Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo blanco y negro del camino
buscan y libran su batalla armada.
No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.
También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y de blancos días.
Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?
Jorge Luis Borges
El «pato» es la sal del ajedrez. Forma parte del paisaje ajedrecístico. Es el aficionado raso que va a jugar con las ganas y el talento ajenos. Se encarga de hacerle barra y subirle la moral a alguno de los jugadores a cambio de un tinto. O de una cerveza, si sabe halagar lo suficiente. Hay tantas partidas como ojos que las ven. O las reproducen. Ningún juego se puede dar ese lujo.
Una hora tiene un valor estándar de mil pesitos. En el Chorny es gratis para la tercera edad, por decisión de su dueño, Harry Corenn, un paisa aumentado y corregido en Israel que le dio al club el apellido de María, su bella madre rusa.
La fauna de los ajedrecistas comunes y silvestres se repite en el Lásker (séptima con calle 22), en Jaque Mate (calle 63 con 15, propiedad del fotógrafo e inventor boyacense Luis Neisa), en el Chorny (calle 73 con 15), en Los Reyes (Avenida Jiménez con novena), en el Club Nuevo Fischer (carrera novena con 16). Y calma, trebejistas, que ya viene la Casa del Ajedrez de la calle 33 3-50. En casi todos se juegan torneos. Hay bolsas tentadoras para los más virtuosos.
El ajedrez llega a la U
En plato aparte habría que mencionar el ajedrez que se juega en las universidades. La Central tiene el ajedrez como materia opcional. El maestro Sergio González se encarga de calmar la sed de jaques, enroques y fianchetos de sus pupilos. La Central dispone de un ajedrez gigante para partidas en vivo, con figuras de carne y olvido.
En la Católica, el maestro y autor de obras sobre ajedrez, Juan Mila, sonriente y discreto como un alfil, es el sumo pontífice. Carlos Ossa, desde la rectoría de la Distrital, le ha dado al ajedrez máxima beligerancia.
Las universidades ofrecen a sus alumnos la opción de enfrentar los últimos programas de computador. Fritz o Chessmaster están disponibles. (Este recurso también lo ofrece Jaque Mate, que encima música clásica y caricaturas de los grandes del ajedrez.)
¿Desea recibir clases? Maestros hay que le darán una samaritana mano. El aficionado consigue desde un mate hasta fotocopias de libros y de las últimas partidas del calendario internacional. Pregunte en el Lásker por Luis Holguín, jaqueado por achaques de salud.
Unos juegan ajedrez con reloj. Y apuestan. Sin reloj, para quienes buscan encontrar arte manipulando 32 piezas. En estas partidas los contendientes ponen cara de jugadores de póquer para ocultar sus intenciones.
En las carteleras encontrará el menú disponible: libros, ajedreces, aparatos electrónicos. Nada de lo ajedrecístico es ajeno a estos amos del juego que es ciencia, arte y juego. Tres personas distintas, una divisa verdadera: Gens una sumus. Somos una familia.