Directora General : Martha Senn    -      Director : Guillermo Angulo
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Primer cuadernillo
·Inicio
·Desde el Balcón
Bogotá: ¿La Atenas del sur?
Por Martha Senn
·Carta del Lector
·Festival de Verano: Una fiesta para todos
Entrevista Ciudad Viva a Patricia González
·El último tango
Por Mariela Agudelo
·La Bogotá de hoy: moderna y contemporánea
·Bogotá de película
·Carnaval de Bogotá
·Solución crucigrama de la edición impresa
Magazine
·Bogotá una ciudad revisitada
Por Juan Manuel Roca
·El Automático
Nostalgia con aroma 
de café (y aguardiente)
Por Pedro Restrepo Peláez.
·El oficio del pintor: Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos
·Mi Bogotá soñada
Por Andrés Sanin Ordoñez
·Santa Bárbara:una tradición arrasada
Por Omar Ortiz
·Las torres y los montes
Por Germán Arciniegas
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Patricia González ENTREVISTA
Con Patricia González Directora del Instituto Distrital de Recreación y Deporte
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Literatura Juan Manuel Roca LITERATURA
Juan Manuel Roca Revisita a Bogotá y cita a escritores visitantes
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Gardel MÚSICA
Homenaje a Gardel: El último tango lo cantó en Bogotá
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ARTE
El Museo de Arte Colonial inaugura una sala dedicada a Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos
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El Palacio Liévano, antes y ahora
La presente edición
es un homenaje
a esta ciudad viva
llamada Bogotá
que en este mes
está cumpliendo
467 años de
haber sido fundada
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Palacion de liévano - click para ampliar la imagen
Foto: Guillermo Angulo [ Click en la imagen para ampliar]
El 20 de mayo de 1900, a las 11:00 de la noche, Emilio Streicher quemó su sombrerería.

El fuego se extendió y fue devorando todos los locales de las Galerías Arrubla. Luego, acabó con el edificio de la alcaldía, la oficina de Teléfonos y el Archivo Municipal.

La historia del lugar que hoy ocupa este edificio, de ventanas blancas y paredes rosadas, es apasionante. Durante la Colonia, ahí se encontraban la cárcel, el cabildo y la casa de la familia Sanz de Santamaría, que estuvo habitada por varios de los virreyes que llegaron a Santa Fe. Luego del 20 de julio, el uso de las diferentes construcciones cambió y, después del sismo de 1827, fue necesario reedificar muchas de las obras.

Para la segunda década del siglo XIX aparece Manuel Antonio Arrubla, quien sacó adelante un proyecto que contribuiría al comercio de la capital: construyó las Galerías Arrubla, el primer centro comercial en Bogotá. Luego convenció a la municipalidad de edificar en los 106 metros de la cuadra un edificio de columnas, en el que funcionaran locales en los primeros dos pisos y, en el tercero, viviendas y oficinas públicas. El proyecto se aprobó y ahí empezaron a funcionar las Galerías, que atraían a los bogotanos, que en año 1900 sumaban ya 100 000.

Pero el incendio que originó Streicher había reducido las Galerías —inauguradas en 1847— a un montón de ruinas. Esto condujo a que se hicieran las nuevas obras, en las que tuvo mucho que ver Indalecio Liévano, quien convenció a los propietarios de los locales de la importancia de reconstruir el inmueble, que después tomó su nombre. La obra se le encargó a Gastón Lelarge, quien realizó el edificio con un estilo francés que, según escribió Darío Ruiz Gómez, “alcanza una digna sobriedad.” En 1905 el Palacio Municipal quedó terminado, y los otros tramos se fueron edificando escalonadamente. La lucha para que el Distrito se quedara definitivamente con toda la construcción duró casi setenta años.

En 1974, después de negociar con todos los propietarios de locales comerciales y familiares de Indalecio Liévano, el edificio pasó a manos de la Alcaldía y, tras una remodelación, empezó a funcionar como sede del gobierno distrital. Este edificio, que en las mañanas bogotanas de sol luce su mejor facha —o mejor, su fachada— está, pues, cumpliendo sus primeros 100 años y, como en la conocida publicidad de Juanito el caminador, sigue tan campante.


Desde el Balcón
Por Martha Senn

 
 
Bogotá: ¿La Atenas del sur?

Hombres cultos de otros países, suramericanos y europeos, ustificaron tal vez cortesmente en el siglo pasado el calificativo de Atenas Suramericana, que hiperbólicamente le había endilgado a nuestra capital don Ramón Menéndez Pidal. Otros le dan el crédito del lisonjero apelativo a un embajador argentino. Y estamos hablando de una ciudad en la que se dieron eminencias del campo de las letras, las artes y las ciencias, como Miguel Antonio Caro, Rufino José Cuervo, Manuel Ancizar, Rafael Pombo, José Asunción Silva, Jorge Isaacs, Rafael Nuñez, Julio Arboleda, Marco Fidel Suárez, Julio Florez, José María Espinoza y Alberto Urdaneta, para no mencionar sino algunos de los representantes del pensamiento civilizado y tolerante de una época llena de sectarismos políticos y estremecida por guerras civiles.

Traslademos nuestra imaginación por un instante a la Bogotá de hace unos siglos, esa ciudad pequeñísima, de tejas de barro y calles empinadas, que vivía en torno a la Plaza Mayor, se acostaba temprano y se bañaba con agua helada: ¿Era la Atenas Suramericana? En los 467 años de esta capital, ha sido imposible —y lo seguirá siendo— igualar a una cultura que le legó a la humanidad las tragedias de Eurípides, el templo de Atenea y la filosofía de tantos pensadores, entre muchas otras cosas. De manera que recordar ese apelativo que Bogotá tuvo en el pasado se vuelve apenas anecdótico. Lo verdaderamente significativo es que nuestra ciudad es hoy una metrópoli en constante fortalecimiento social y crecimiento cultural, con ofertas para todos los sectores de la población, un creciente cupo escolar para las niñas y los niños, y una infraestructura física que va llenando las expectativas y las necesidades de los ciudadanos.

Internacionalmente reconocida con once premios en la última década entre ellos, Ciudad con corazón (Naciones Unidas, diciembre de 2004); Ciudad de paz (Unesco, septiembre de 2004) y Capital mundial del libro en el 2007 (Unesco, 2005). Sí, es exagerado decir que nuestra Bogotá es Atenas, pero recordemos que ha sido calificada con triple A por su nivel de gestión financiera y es Líder en la prestación de servicios médicos especializados, según lo ha señalado la Organización Mundial de la Salud, en el 2002, y Plaza mayor de la cultura iberoamericana en 1999, según la Unión de ciudades capitales iberoamericanas. Y aún más, acaba de ser mencionada especialmente en el Concurso internacional de ciudades activas y saludables, 2005, como premio por la ciclovía. Por su parte, la Fundación Gates, en el 2002, la ha reconocido por su esfuerzo para expandir el acceso a la información. Un ejemplo a seguir es el programa del Instituto Distrital de Cultura y Turismo, Libro al viento, que le entrega a los bogotanos libros gratuitos de alta calidad, para ayudarlos en su tarea de superación.

Vemos así cómo la nuestra se va convirtiendo paso a paso en una gran ciudad cultural, que podría llegar a ser en poco tiempo la gran capital latinoamericana de la literatura y las artes. Aprovechamos esta ocasión para para desearle a Bogotá —y a sus habitantes, que la quieren y la viven— un muy ¡feliz cumpleaños!




Carta del Lector

Señora Directora General

Ya es hora que Bogotá tenga su Carnaval. Es entendible el temor reinante, de acuerdo con los antecedentes de los carnavales de Elvira I (década de los 30) y durante la administración del alcalde Juan Pablo Llinás (década de los 60), donde hubo borracheras, trompadas, raponeo, atracos a granel y abusos sexuales, entre otros desmanes de perverso espíritu carnavalesco. Sin embargo, ¿acaso no han estado ocurriendo similares eventos anticulturales en los carnavales y fiestas de Río, Venecia, y en nuestro país: Barranquilla, Cartagena, Santa Marta, Ríosucio, Villeta, Pasto, Manizalez, Calí y de San Pedro y otros más? Hay que tomar el riesgo, que los pocos bogotanos “puros” que quedamos —además de los colombianos que han estado llegando a establecerse, durante décadas enteras, de otras regiones— sabremos comportarnos.

Dicen que para un Carnaval tiene más ritmo un poste de alumbrado eléctrico que un cachaco, cuya cintura, al paso del ritmo, recuerda a las neveras. Pues sería bueno el experimento, ya que con el tiempo hemos mejorado y no somos tan fríos, en medio de un pequeño descanso que bien lo merecemos en el año, después de tanto trabajar, trabajar y poco rumbear.

Atentamente,
Fernando Cortes Quintero
Ciprés, Bogotá. Colombia.



Señor periodista
Guillermo Angulo
Director de Ciudad Viva


Sin duda que la niña Marianne Uribe se perfila como una gran periodista y —por ende— como una famosa escritora. Su crónica De la casa al colegio, en la pasada edición, es prueba fehaciente del pronóstico. Antes de continuar, le formulo una leve glosa: la última palabra del escrito debe ser ¿Cierto?
Ahora sí, continuamos, o mejor, seguimos, para evitar la redundancia: la vida de esta hermosa niña es la antítesis de cientos de miles —quizás millones— de chiquillos compatriotas, quienes desde muy temprana edad se ven obligados a trabajar para medio subsistir. Por ello cierro esta breve nota con la primera estrofa del poema Musgos, de otro Uribe (Diego), quien murió en 1921, y a quien el sacerdote José J. Ortega Torres calificó como “el poeta del hogar, de la bondad y del sufrimiento.” He aquí los versos anunciados:

Así miré a los niños con la pesada carga sobre su espalda débil al declinar el día. Con los harapos húmedos y la sonrisa amarga, parados en la puerta de la /floristería.

Cordialmente,
Gerardo Cuervo Z.
[Autor de los himnos municipales de Cajicá y Cota]

 
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