BOGOTÁ, una ciudad revisitada Por Juan Manuel Roca
[En la que] “el norte daba risa, el centro daba miedo
y el sur daba lástima,” según Rogelio Salmona
No es tan cierto, aunque en el caso de Bogotá se dé en condiciones menos mitologizadas que en los casos de Buenos Aires o ciudad de México, para sólo citar dos urbes latinoamericanas, que la ciudad no haya sido motivo expansivo de inpiración para historiadores, narradores y poetas. Intento un rastreo desde la escritura, ecléctico como la ciudad misma.
Empiezo por el Libertador, que amó tanto su Quinta y que salió insultado bajo abyectos remoquetes de Santafé. O´Leary cuenta, al evocar a Simón Bolívar, que el Libertador quería, tras la batalla de Boyacá, que la ciudad tuviera como nombre, en honor a un religioso a quien consideraba americano, Las Casas. Si Bolívar hubiera cumplido su deseo, hoy hablaríamos de Colombia, capital Las Casas, y tendríamos el gentilicio de delascasinos. Desde la prosa de O´Leary sobre la antigua capital, son cientos los viajeros que han descrito la ciudad. Eduardo Posada recuerda, en sus Narraciones, que un militar gringo en 1820 hablaba de los rincones que encontró en estos pagos sabaneros hoy llamados Bogotá.
Y anota la gracia de nuestros nativos espacios vertidos al inglés. Así, la bogotanísima zona de Las Nieves era señalada por el viajero como Our Lady of Snows; la iglesia de las Aguas como Our Lady of Waters, entre otros líricos nombres de las capillas de la ciudad. Entre 1828 y 1839 vivió acá Augusto le Moyne, autor de Viaje y estancia en la Nueva Granada, un libro que registra costumbres de época. Es difícil que los bogotanos de hoy se imaginen lo que el viajero francés vió al arribo al poblado neogranadino: “Eran las seis de la tarde, hora en que el día empieza a declinar. Las calles estaban silenciosas y todos los habitantes se habían detenido; los hombres se habían descubierto y algunos se habían arrodillado, como las mujeres, mientras las campanas tocaban el ángelus.”
Esto ocurría cuando, aún más que hoy, se sabía que Bogotá estaba 2 600 metros más cerca de las estrellas, ya que uno de los pocos pasatiempos era mirar el techo del cielo. Porque en materia de diversiones los antiguos bogotanos, que hicieron del aburrimiento una religión, contaban con pocas cosas a la mano. Algo diametralmente opuesto a la oferta cultural de hoy. Todo ese tedio se veía salpicado, según Cordovez Moure, por algunas notas de piano que salían de las grandes casonas. De esos pianos de cola llegados por ríos, selvas y trochas.
El mismo cronista recuerda la explotación sobre la que se daban esos lujos: “Era necesario que el precio de los jornales fuese muy bajo y abundantísimos los indios cargueros para no arruinarse por el capricho de poseer un mueble de pura fachenda.” John P. Hamilton, diplomático inglés que vivió en Colombia durante la presidencia de Bolívar, señala que los domingos se celebraban en Bogotá riñas de gallos. Miguel Cané habla en 1883 de los bogotanos, “inteligentes y varoniles” como Caro y Cuervo, que viven “en la región del cóndor, en las entrañas de América,” Podría trazarse un arco desde el paraguas del padre León, bellamente descrito por José Asunción Silva, hasta la horrible ciudad trazada por el poeta norteamericano William Burroughs en sus Cartas del yagé. Del “diminuto París”, aristocrático, cosmopolita y corrupto que señalaba el poeta suicida, hasta la negra visión del poeta beatnik: “como en ninguna otra ciudad que haya visto en América del Sur, se siente en Bogotá el peso muerto de España, sombrío y opresivo. Todo lo oficial lleva el sello de made in Spain.”
La ciudad de Silva bajo el sonido de “Las campanas plañideras / que les hablan a los vivos / de los muertos” es la misma de Cien años de soledad, donde “treintaidós campanarios tocaban a muerto a las seis de la tarde”, y no dista mucho de la Bogotá que registra Luis Fayad cuando vino Charles de Gaulle y una marejada de empleados gritaba a su paso por la Avenida Jiménez con Séptima: “¡Viva Francia! ¡Viva De Gaulle! ¡Vive la Colombie!” Y hasta Paul Verlaine, el “padre y maestro mágico” que dijera Rubén Darío, puso en su poema, A una dama de Bogotá, a viajar por todo el mundo a su protagonista, “Nuestra Señora de Santa Fe de Bogotá,” como si fuera una creación de Julio Verne. Hay muchas visiones trágicas de la capital.
Está la ciudad emocionada y silenciosa que vió Luis Tejada, cuando pasó el cadáver del general Herrera, desde el Hotel Franklin; la Bogotá que se enteró consternada del asesinato de Rafael Uribe Uribe a golpes de hacha en vecindades del Capitolio o la Bogotá de 1948 tras el asesinato de Gaitán, narrada en sus saqueos y en su duros avatares por Luis Vidales, Hernando Téllez, Osorio Lizarazo y Arturo Alape, entre otros.
Definitivamente, visiones muy distintas a la del poeta francés Phillippe Soupault que vino de paso a otros países latinoamericanos, enviado por la Resistencia francesa durante la ocupación nazi con el fin de crear capítulos de la agencia France Presse: “Y he aquí que una estrella, la que brilla para los prisioneros / he aquí que una estrella me conduce / hacia una cima que se llama Bogotá / la ciudad adornada por las nubes... Esa cima, esa ciudad Bogotá / es sobre todo el lugar donde el amor por la poesía / por la poesía poderosa, por la poesía milagro / no ha sido jamás desatendido / ni despreciado / nevermore... desde vuestra cima / oh amigos colombianos / de Bogotá / juzgaís el mundo / y desde esa altura preferida por los pájaros y las campanas / podeís ver el espacio y el tiempo... podeís saber cómo os digo / que la poesía es más fuerte / que las explosiones de las bombas / que la voz de la poesía es más potente / que el estruendo del cañón... Aló, Bogotá. Aquí París / la poesía vive, la vergüenza ha muerto”.
Nicolás Guillén, con su aire de trompetista de jazz y su nariz de boxeador parecida a un nudo de corbata, llegó por los cuarentas a Bogotá enfundado en un abrigo de esquimal, en “una experiencia durísima para un hombre del trópico y por añadidura aledaño al mar”, según sus palabras. También Alcides Arguedas hizo agudas obsevaciones sobre los Bogotanos en su libro La danza de las sombras [ver recuadro a la derecha]. Y en algún lugar —dato para sabuesos literarios— debe haber una alusión de João Guimaraes Rosa, que ejerció la diplomacia en esta ciudad. Para no quedarnos en el coto de caza de lo que ahora llaman género, masculino en este caso, la viajera inglesa, Rosa Carnegie–Williams, que vivió en la Bogotá de 1882 entre cincuenta mil habitantes, escribió el libro Un año en los Andes o aventuras de una lady en Bogotá, donde habla con pasión de las “exóticas frutas”. Un largo itinerario por las letras viajeras envuelve a Bogotá. Desde la llegada de Humboldt en visita a Mutis, Expedición Botánica en la mira, hasta el arribo del modernista mexicano José Juan Tablada, al que la Quinta de Bolívar le parece “el relicario de la tristeza” del héroe.
Para Pablo de Rokha, “Bogotá es una gran fruta de almendro, en la cual todo el gusto está en la semilla.” Para André Maurois: “La poesía de Bogotá no sólo está en la naturaleza. Mis amigos los poetas me llevaron a una curiosa casa a comer obleas”, escribió en sus Consejos a un joven francés que sale para Colombia. Para el poeta guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, que se casó en Bogotá con la legendaria Lya, Colombia más que paisajes y retórica y malos políticos, es el país de los amigos: “Sanín Cano, Gerardo Molina, Luis Vidales, Fernando Charry Lara, Hugo Latorre, Jorge Rojas, Aurelio Arturo, Jorge Zalamea, León de Greiff, Carlos Martín, Camacho Ramírez, Álvaro Mutis”. Así decía en su Nocturno de José Asunción y de Porfirio, dedicado a Gaitán Durán: “Porfirio, el mariguano, / prolongado alarido de arcángel y cianuro, / patibulario cuervo, agrio delirio, fantasma y túmulo: / ‘una limosna para el más grande poeta de Colombia.’”
Entre muchos viajeros cómo no recordar al Che Guevara: “El primer día en Bogotá fue regularcito, conseguimos la comida en la Ciudad Universitaria pero no alojamiento,” o la impresión que causó en Fidel Castro el gentío en las calles y en los cafetines en vísperas del 9 de abril, un día que cambió definitivamente la cara a la ciudad. Hay muchas visiones sobre una ciudad con rezagos virreinales, no tan lejanas de la de Antonio Caballero en Sin remedio, en la que ve a Bogotá “como una gruesa morcilla purpúrea”. Para mí desapareció la ciudad en la que “el norte daba risa, el centro daba miedo y el sur daba lástima”, según dijo Rogelio Salmona en décadas superadas, antes de que él mismo ayudara a ennoblecerla. Pero sigue teniendo una belleza que no se entrega a primera vista, como la mujer envuelta en piel de asno.
Déjate ver para atenderte
El escritor boliviano Alcides Arguedas ha sido uno
de los intelectuales que mejor ha penetrado en el
espíritu de Bogotá y de los bogotanos. Llegó como
embajador de su país cuando Miguel Abadía
Méndez (de bananeras recordación) era Presidente,
en 1929, y se sorprendió de que el letrado
presidente conociera su novela Raza de bronce.
De su estadía en Colombia quedó un minucioso
diario, publicado en 1934, que tituló La danza de
las sombras, del que tomamos unas pocas citas:
Otra particularidad de la gente bogotana, o más bien, colombiana, es
la manía de la promesa fácil y vana. […] No bien llegué, me llovieron
invitaciones verbales de hombres y mujeres. El uno quería llevarme de
huésped a su fundo de la Esperanza; otro, a pasar algunos días en su
hacienda de la sabana; éste, a visitar la laguna de Fúquene, donde
tenía una propiedad; aquél, a asistir a una cacería de osos; el de más
allá, a otra de palomas. Me invitaron a visitar cafetales, a cosechar
manzanas en los huertos de La Honda, a bañarnos en La Unión, a
tomar leche fresca en una quinta... Y yo no fui huésped de nadie sino
de Alfonso López, ni cogí pescados en ninguna laguna, ni cacé osos y
palomas, ni coseché manzanas, ni vi recoger el grano de café, ni bebí
leche fresca al pie de una vaca, ni me bañé en ríos de agua clara, sino
por casualidad, impensadamente...
Era enemigo encarnizado del mandatario y él no se cuidaba de ocultar
sus sentimientos. Un colega mío lo definía diciendo: “Alfonso López es
un señor con la manía de hablar mal del Presidente…”
Bogotá tiene una población sentimental e impulsiva, de nervios
irritados, viva de imaginación, suelta de manos y de lengua.
Basta ver a la gente para saber que come mal y poco, que vive en
tugurios infectos y entre harapos; que jamás se da el lujo del baño con
agua limpia… Extraña sociedad esta donde los contrastes son tan
grandes.
Estas cosas del tiempo y del valor de las horas no significan nada para
la gente bogotana. Tienen estas gentes ciertas modalidades a las que
uno difícilmente puede acostumbrarse: La manía de faltar a las citas o
de llegar tarde. […] Esta costumbre es general y casi todos la
practican; pero algunos la exageran hasta la impertinencia y la
grosería.
Bogotá es una ciudad de clima caprichoso y aun perverso.
Algunos rasgos bastarían para probar los quilates del ingenio
bogotano. Que es oro fino y del más puro. Una vez jugaban al tresillo
Clímaco Soto Borda y un ministro de Estado, largo de lengua y, sobre
todo, de uñas. Era antes de la gran revolución liberal y cuando los
ministros sabían disponer como suyos de los dineros fiscales,
costumbre totalmente abolida en estos tiempos. Y Soto Borda le lanzó
esta flecha:
El ministro… de… no sé
juega tresillo conmigo:
y al decirle: —Robe, amigo,
me contesta: —Ya robé...