Algunos domingos fríos, al regreso de un paseo por la Sábana, siempre que el verde se apaga y se enciende la luz roja del semáforo que crean los stops de cientos de vehículos atascados sin motivo, deseo hibernar por dos décadas y despertar en la Bogotá del 2025.
El detonante es el mismo taco que producen los más de 670 mil carros a la hora pico y que de feligrés te transforman en poseso: manoteas, vociferas, pitas y saltas sobre los pedales como un gorila en cautiverio. Juras largarte de esta ciudad en perpetua obra negra, un bucle de caos y miseria, un campo de hoyos negros ocultos en charcos hirvientes y en alcantarillas que se alimentan de desprevenidos y amortiguadores. Reniegas de su hedor a exosto y de su clima burlón que en el mismo día te cuece con su sol esplendoroso y emparama tu traje nuevo dejándote un olor a perro y una gripe asesina.
En ese estado rabioso, en un cuello de botella es cuando deseo adelantar el tiempo o huir. Lo hice una vez. Viví en Santiago, un modelo de nuestra capital y eso en lo que podríamos convertirla: un grupo de edificios con modernos ventanales, una pequeña Chicago, una Sanhattan, como la laman ellos. Pero no soporté ese orden que la hace más monótona que misa de jueves santo. Regresé y, por un tiempo, disfruté el desorden, el vallenato en las busetas, las carreras de curíes en la Jiménez, los payasos de almuerzo ejecutivo, y hasta los aguaceros que colapsan la ciudad, pero que nos obligan a estar en el trancón, solos con nuestra conciencia. Extrañé la lluvia y, así la maldiga a ratos, no dejo que me baje de la bicicleta cuando, de camino a la oficina, me empapa hasta los calzoncillos.
Ese vehículo y la lavada son el antídoto de la neura del trancón. Sé cuánto me demoro, fluyo libre de embotellamientos, no contamino, me ahorro impuestos y gasolina. Ella debe ser el nuevo carro de la Bogotá que espero encontrar al despertar en el 2025.
Una ciudad que es lo contrario de ese cúmulo de detalles que me saltan el taco (alcantarillas abiertas, exostos y enjambres de carros). Un lugar sin escoltas, vidrios polarizados, perros antiexplosivos, cazadores de infractores disfrazados de policías de tránsito, código penal ni de policía. No por anarquismo, sino por innecesarios: todos encarnan al Super cívico de Antanas.
Una metrópoli que no sube de temperatura por las crecientes chimeneas rodantes y las fábricas contaminantes, sino porque la gente se asolea ligera de ropa en el Simón Bolívar y en los parques en que se convertirán todas esas desmedidas extensiones verdes que hoy son de unos pocos. Con una Carrera Séptima a la que Transmilenio haya rescatado en el 2010 de la contaminación y toda una red que enriquezca a muchos y no a unos cuantos, construida con un cemento que dure de verdad, en la que no nos lleven apretados como ganado y, así me tilden de “chocoloco” circunspectos de sombrero chocoloco, con unos buses de estética más colombiana y menos afrancesada y unas busetas modelo 70, restauradas y convertidas en teatrinos ambulantes.
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Con aguaceros, sí, y hasta granizo, pero con casas dignas en vez de casuchas de cartón que se vienen abajo al lloviznar y sin conductores que bañen a los peatones cuando pasan por los charcos a mil. Sin “bouncers” con la potestad divina de decidir quién merece entrar a falsos paraísos terrenales. Sin ascensores ni entradas de la servidumbre, ni balotas negras en los clubes, ni con palabras denigrantes como “desechables” para llamar a los caídos en desgracia y, claro, sin caídos en desgracia.
Sin los 500 km de nuevas vías que se necesitarían para los más de millón y medio de vehículos que se espera haya, y, en reemplazo, con vías peatonales, ciclorutas y cientos de ciclistas. Con más de 10 millones de personas de toda Colombia, pero con cero analfabetas, famélicos desplazados ni bogotanos que renieguen del lugar en el que nacieron o llegaron. Con congestiones solo en la feria del libro, en las muchas bibliotecas que construyan a imagen y semejanza de la del Tintal o la Virgilio Barco y en los festivales de teatro semestrales, de cine Rosa, amarillos, negro y de todos los colores.
Con un tranvía restaurado que recorra el centro y una Candelaria convertida en la zona de encuentro más limpia, segura y poblada de cafés. Con una ciudadela universitaria para todos fundada en Chía, un río y no una sopa radioactiva y un nuevo aeropuerto al que lleguen miles de turistas a visitar una Atenas suramericana en su plenitud y no en ruinas.
Un paraíso que sea como sí mismo y no cómo la sombra deformada de otro mundo. Esa, la ciudad en la que ya vivo siempre que camino elevado por ahí con los sentidos renovados, sin sus desigualdades sociales, su congestión y su polución. La Bogotá en la que veo a todos caminando o pedaleando de igual a igual, sin hora ni miedo. Sin indiferencia.