Santa Bárbara:
Una tradición arrasada Por Omar Ortiz
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Si Bogotá fue fundada el 6 de agosto de 1538 por don Gonzalo Jiménez de Quesada, en una ceremonia cumplida con sus soldados en la que es hoy la Plaza de Bolívar, éste servidor se asomó a la ciudad el 5 de abril de 1950 cuando nació de Beatriz y Omar Arturo, en el hospital San José. Dos años antes mis padres contrajeron matrimonio en la Iglesia dominicana de Las Aguas pero, por la situación económica de un recién abogado y de una brillante secretaria, tuvieron que aplazar el inicio de su vida en común hasta ya adelantada la preñez de mi madre.
Se trasladaron entonces, mi madre de casa de su familia y mi padre de su pensión de recién letrado, a un apartamento nuevo, situado en la calle 4ª número 5-77, del histórico barrio de Santa Bárbara. Ni ellos ni yo, que apenas despuntaba a la vida, teníamos por qué saber que habían escogido para iniciar su larga jornada en común uno de los barrios con que Bogotá se fue creando como ciudad, ya que según don Daniel Samper Ortega, en el bello libro a él encargado con motivo de los cuatrocientos años de la urbe, nos habla de que en 1616 y contando la villa con tres mil vecinos, calles anchas de piedra y un buen número de frailes y funcionarios, la misma estaba alinderada por tres parroquias en los extremos, a saber: Santa Bárbara, San Victorino y la mayor de Santa María de las Nieves, donde “había también maestros de danzar, de música, de jineta y de armas; plateros, bordadores y pintores; armeros y tallistas”.
Curiosamente, por los años en que nací y comencé a descubrir el olor a brevo, a cerezo, a manzano, a durazno y a papayuela de aquellas calles, mis padres descubrían el horror que asolaba los campos colombianos con lo que después se denominó la Violencia, una gran matanza de campesinos organizada por la oligarquía criolla, heredera de los conquistadores españoles y sus cronistas, para arrebatarles sus tierras. Tampoco por aquellos olfativos años podía yo imaginar los sonoros y bellos nombres que alguna vez tuvieron las calles y carreras que muy pronto comenzaría a transitar y a hacer mías.
No sabía, por ejemplo, que lo que luego fue la carrera 3ª, entre calles 5ª y 6ª, se denominó alguna vez, calle del llano de Belén, que colindaba con la calle del Purgatorio y con la ermita de Belén, que se llamaba así porque en un sitio aledaño a las tapias de Pilatos, existía un despoblado situado al oriente de la capilla de ese nombre que se llamaba el llano de Belén y que estaba destinado como cementerio de suicidas. Vale la pena reseñar también la calle Real de Santa Bárbara, actual carrera 7ª, entre calles 4ª y 6ª, ya que sobre esta calle se encuentra edificada la iglesia de la santa patrona del trueno y de la pólvora, que preside el altar mayor con un bello cuadro colonial, donde de niño me embelesaba con el seno que un terrible infiel cercena a la mártir, pero que en mi infantil ingenuidad pensaba cómo sería de placentero el podérmelo llevar para la casa. Se cuenta, además, que cuando el Bogotazo un grupo de policías, leales a la causa liberal que acusaba al gobierno de Ospina de asesinar a Gaitan, se fortaleció en la torre de dicha iglesia, hasta que un tanque del glorioso ejercito nacional —parecido al que tiempo más tarde se metió al Palacio de Justicia— voló torre y policías.
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Así mismo, esta calle es importante porque allí nació el general Pedro A. Herrán, que sería presidente de la República de 1841 a 1845; murió el sabio doctor Juan A. Uricochea y estuvo la casa que albergó al poeta Luis Vargas Tejada y al enconado enemigo de Bolívar, Pedro Carujo, y donde se tramó la conspiración del 25 de septiembre de 1828.
Pero tal vez el personaje más emblemático que tuvo en dicha calle su casa fue don José Secundino Navarro, quien dejó montañas de dinero, propiedades de todo tipo, gallos de pelea y su leyenda. Ocurre que el señor Navarro, conocido en ámbitos capitalinos tan disímiles como la Bolsa de Bogotá, los bancos Popular y Bogotá, las galleras y chicherías de las Cruces y burdeles de toda laya, pretendía ser un humilde y católico ciudadano empobrecido por los avatares de las guerras civiles, que en veces no tenía reparo en recurrir a la caridad pública en procura del cotidiano condumio.
Pues bien, al morir el señor Navarro, atropellado por un bus de la Metropolitana de Transportes al apresurarse a recoger una moneda en la intercesión de la calle 13 con carrera 13, se descubrió que el indigente caballero poseía la fortuna más grande que se haya acuñado, antes del narcotráfico, en la ciudad capital. Su muerte produjo enconadas batallas jurídicas entre sus supuestos herederos, pero el Distrito finalmente se quedó con su fortuna. Entre estos y otros gratos e ingratos recuerdos trascurrió entonces mi infancia y buena parte de mi juventud, en ese barrio, hoy desaparecido, del que sólo queda el nombre de explosiva evocación: Santa Bárbara.