El conflicto
ocurre cuando
los bastidores
de edificios
de 20 pisos
se alzan
al pie del cerro
y lo tapan.
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Foto de Guillermo Angulo
En la hora justa en que Bogotá da el salto —tantas veces mortal— de lo viejo a lo nuevo, de las torres de las veinte iglesias a las de cuarenta pisos, por la Candelaria ha irrumpido el espíritu de Santa Fe. Como una aparición fantasma de la ciudad muerta. O como una candela encendida hace cuatrocientos años. Esto último es lo exacto. Es la Candelaria. Donde todavía los patios parecen de convento en miniatura, con arcos romanos, columnas de piedra, explosión de geranios y disimulo de violetas. Se ha decidido salvar todo el barrio, poniéndole a la ciudad nueva el justo límite. Lo que empieza a verse es uno de los museos más grandes del mundo: veinte o treinta, manzanas de casas viejas, calles empedradas, y la luz de la noche en los faroles.
No hay que perder la esperanza: volverán a caminar sobre los tejados gatos nocher-niegos, a sobresalir de las tapias del solar papayos de tierra fría, cipreses ahusados... Y a reinar la luna llena. La de José Asunción… Otra vez las calles toman sus. viejos nombres: de las Aulas, de los Chorritos, de la Enseñanza, del Camarín. Si la luz no los espanta, habrá espantos. Lo conventual está recogido ya en el Museo Colonial, y la revolución, el huevo de la revolución, en una casita acurrucada al lado de la Catedral: la del Florero.
La carga explosiva de la revolución estalló un día porque un chapetón le. negó, a un criollo, el préstamo de un florero. Casi no hay casa de la Candelaria que, como esa, no tenga una piedra: “De aquí sacaron a la Pola para llevarla al cadalso...” “Esta fue la casa del virrey Sámano…” “Aquí estuvo la imprenta donde Nariño imprimió los Derechos del hombre...” Caminando quinientos pasos, o mil si lo queréis, se recorrerá media historia de Colombia, o toda, si abrís los ojos.
Llevando apenas en la mano la candela de la Candelaria. La ciudad era de tejas para abajo. De tejas para arriba, la leyenda, de Patria Boba, la República. Detrás de esto, los cerros: los altos cerros verdes, y el sol que se levanta detrás de ellos domo custodia radiante entre perlas de frío. Mirando hacia el poniente La Candelaria es un mirador
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Foto de Guillermo Angulo
viejo para ver en la tarde el sol de los venados, mirando hacia el poniente la Sabana, la región más verde del mundo. Después de todo, Bogotá es eso, y poco más: unos cerros al fondo y una sabana verde a los pies. De la Candelaria hacia fuera, no quedarán mal torres de cuarenta pisos, y aún de sesenta. El progreso tiene su imperio, y a las gentes les agrada contar los pisos de las torres que surgen, como si estuvieran leyendo en termómetro de con concreto
la fiebre de los tiempos nuevos.
Ahí sí, matando un horizonte de tantos siglos, queda Bogotá hecha cárcel, y una anticipada neurastenia de claustrofobia puede perturbar el espíritu nacional. El bogotano necesita un escape verde para los ojos, para el alma. Si las torres de nuestro tiempo ya no son las blancas de la iglesia española, sino las cuadradas gigantescas de los ingenieros del fierro y el vidrio, así sea. Y está bien que haya torres y cerros. Que se levante la arrogancia del hombre hasta dejar que las nubes le pasen por la cintura de los edificios. Pero que no se cubra aquel fondo de helechos y arrayanes, de sietecueros y mortiños, y aún de Eucaliptus azules y pinos verdes, que a la distancia perfuma un pasado casi de leyenda.