El recuerdo es un bosque encantado
Walter Benjamin
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Gardel, El Zorzal Criollo
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Ilustración de Mariela Agudelo
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Mis hermanas y yo, cuando estábamos chiquitas y mi mamá salía, nos quedábamos solas armando concursos de baile y voz de señoritas grandes. Nos peleábamos por las faldas y medias, y ni hablar de las sombras y lápices de mi mamá. Arrastrábamos zapatos grandes de tacón por las baldosas, nos hacíamos uñas postizas y buscábamos las cajetillas vacías de Lucky Strike de mi papá, para hacer con el papel de estaño simulacros de cigarrillos. La tapa del jarrón de la mesa de la sala era el micrófono (pelea a muerte por el turno del micrófono) y, lo más importante, la Motorola.
Dándole vueltas a la sala salíamos: Mary, Peggy, Betty y July, las Rubias de New York.
La que no se supiera la letra o por descuido se le cayeran las medias veladas, descalificaba. Mi hermano, el menor y único entre siete mujeres, tenía el privilegio de escoger cualquier corbatín o sombrero de mi papá y, como Gardel, hacerse el que tocaba guitarra, y sacaba y metía a las concursantes con una sonrisa casi cínica: “Si no se la sabe, vuelva otro día.”
Así crecimos, pues, en un ambiente de tango y fuimos espectadores de una eterna disputa entre tango y bolero que hubiera podido ser motivo hasta de separación familiar. Algo así como los enfrentamientos ente Montescos y Capuletos o los partidarios de Mac y el PC. Para mi madre, Gardel era muy lindo, pero el tango muy sórdido. Para mi papá, el bolero era dulzón y señorero. Entonces el argumento triunfador de mi padre era: “No me vayás a decir que Agustín Lara —sin ofender— se te parece a Gardel.” Y al final sólo se oía: “silencio en la noche, ya todo está en calma / el músculo duerme, / la ambición descansa, entonada por Gardel, a manera de argumento contundente de que este ganaba, no sólo por su voz sino también por su figura.
Con curiosidad por los recuerdos encantados y escribiendo estas palabras —más personales que otra cosa— descubrí que de Carlos Gardel todos tenemos algo que decir: lo primero es un gesto generoso y elogioso —“¿cómo explicarte?”—; después ya vienen las palabras más sentidas. Muestra de esa generosidad fue la registrada en la grabación conjunta de dos leyendas del tango: Enrique Cadícamo, poeta, amigo de Gardel y autor de Garúa, entre tantas letras mayores, y el Polaco, Roberto Goyeneche
(con más de cien discos en su haber), además de vocero ofical de Cadícamo, incomparable. Cadícamo: Decinos, Roberto Goyeneche, ¿qué fue Carlos Gardel para vos? Goyeneche: Hummm, mirá, fue el inventor, humm, fuera de serie, imaginate, fijate, que su puesto todavía sigue vacante.
Si Goyeneche dijo que su puesto seguía vacante... Otra vez, silencio en la noche. Pero quedándonos en Bogotá, en conversación con Marielita, tocaya mía (diminutivo aparte) y propietaria de El viejo almacén de Bogotá (nombre también tocayo del tradicional establecimiento de tango en Buenos Aires que regentó durante años el otro único, Edmundo Rivero), dónde se puede oír desde La Morocha, uno de los primeros tangos cantados, hasta El Arranque, orquesta de las más recientes, contando con la sabiduría y experiencia de Francisco Javier (Pachito), capaz de escoger entre miles de discos de los de antes, de 78 revoluciones, sin carátula, que uno le pida por antojo. (Pacho, por favor, ¿Sus ojos se cerraron, Confesión, En esta tarde gris?)
Le pregunté a Marielita: ¿Qué fue Gardel para usted? Y ella respondió: Toda una vida. Para mí Gardel ha sido muchas cosas, mucha alegría y muchas cosas. Gardel es Gardel, no me nombre a mis otros cantanticos que ¡qué pecao! En el local todo es él. El local es puro Gardel por todas partes. Qué pinta tan linda, todo un hombrote. Nadie se ha colocao el sombrero como se lo colocaba él.
Pero, entre otros misterios, como el de su muerte u origen, que ni el propio Gardel quiso esclarecer, declaraba en otra charla Juan Manuel (léase Roca) a propósito de sus nacimientos: “La verdad es que las disputas sobre el lugar natal de Gardel me tienen sin cuidado. Zanjemos el asunto. Gardel nació cuatro veces: una vez nació en Toulouse, hijo de una costurera, de ahí ese gusto por los trajes que lo hacían dandy entre parias. Otra vez nació en Tacuarembó y de esto da fe su oscuro prontuario.
Nació en Buenos Aires, en un barrio plateado por la luna, una luna que enloquece, como lo hace el amor con las fontanas. Pero, a decir verdad, Carlos Gardel nació en una comarca más arrugada que un bandoneón, en el valle de Aburrá, y por tal motivo siempre tuvo una bala en el pecho. ¿Será que al momento de morir en Medellín nació la leyenda? ¿Que de esa segunda vida emana su misterio?” Antes de morir en el accidente de aviación en el aeropuerto de Medellín en 1935 (hace precisamente setenta años), que cerró sus ojos y los de Le Pera (su amigo
Carlos Gardel y Pichuco, Aníbal Troilo, por Hermenegildo Sábat
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Ilustración de Hermenegildo Sábat
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Homenaje de la Pintora Antioqueña Dora Ramírez a Carlos Gardel
y letrista inseparable), dijo estas palabras, después del último tango que cantó en Bogotá, Tomo y obligo: “Quiero decirles que me he sentido profundamente emocionado en Colombia: Gracias por tanta amabilidad. Encuentro en la sonrisa de los niños, en los ojos de las mujeres y en la bondad de los colombianos, tiernos sentimientos hacia mí. La emoción me impide hablar. Gracias y hasta luego.”
Los argentinos, al igual que nosotros, consideran a Carlos Gardel inigualable y lo expresan diciendo: Primero vuelve a nevar en Buenos Aires que encontrarle reemplazo a Gardel... Y la última vez que cayó nieve en la ciudad porteña fue en 1918. Y siguen esperando.
Algunos lugares para escuchar y bailar,
o aprender a bailar, tango y milonga en
Bogotá:
El Viejo Almacén
(El de Marielita)
Calle 15 No 4-30
2433356 - 2465278
El café de Buenos Aires
Milongas y clases de tango
Calle 9ª Nº 2 - 17, la Candelaria
Centro Histórico Tel 5613282
Calle 9 No. 2-17 Tel 5613282
Parrilla El Viejo
Cra 4ª no 27 - 10
Barrio la Macarena
Tel 3346805
El Guara Show de Tango
Carrera 21 N° 16-36 sur
Barrio Restrepo