El cine hecho en Bogotá nació prácticamente con los carnavales estudiantiles y nos dejó una verdad irrefutable: Es mejor ser rico que pobre
En las películas, casi siempre la capital aparece fría y tumultuosa, en medio de problemas y diferencias sociales. Y es prácticamente obligatoria una panorámica del centro capitalino o tomas de los cerros orientales y la plaza de Bolívar. Otros planos de referencia son: la Rebeca, los contrastes arquitectónicos alrededor de San Diego, el Parque de la Independencia y ahora… Trans- Milenio.
La adaptación de un melodrama de Vargas Vila, en los años mudos, fue la primera cinta argumental aquí filmada: Aura o las violetas (Moreno y Di Doménico, 1924). Le sigue El amor, el deber y el crimen (26) de los mismos directores que registraron “los famosos carnavales estudiantiles de la Bogotá de aquel entonces”. La comedia musical costumbrista Al son de las guitarras (Schroeder, 38), figura como el primer largometraje argumental y sonoro de estos lares.
Durante la década siguiente apenas brilló en pantalla El sereno de Bogotá (Patria Films, 45), o las desventuras de un caballero santafereño de finales del siglo antepasado. Para Raíces de piedra (Arzuaga, 63), los conflictos vividos por un albañil se ubican en las ladrilleras del suroriente con imágenes muy realistas. Allí mismo, Marta Rodríguez y Jorge Silva abordarían el exhaustivo documental antropológico Chircales (1966-72). En El zorrero (Mejía, 63), último episodio de Tres cuentos colombianos, el popular Pacheco emprende un cotidiano recorrido por el centro y sur de la ciudad y, por primera vez en Colombia, se ve orinar en pantalla. De Pasado el Meridiano (Arzuaga, 66), audaces son las escenas del Parque Nacional y punzante el retrato de un portero que observa el sofisticado medio publicitario.
Semáforo en rojo (64) recrea un robo con acento mexicano y transforma la avenida Jiménez en zona de suspenso. El documental Gamín (Durán, 77) preside una galería de personajes típicos que se debaten entre la supervivencia y el abandono. Del mismo realizador: La guerra del centavo (85), o la situación caótica del transporte interurbano, y la reconstrucción fílmica de La toma de la embajada (2000). Dos comedias ligeras retrataron con humor cachaco la politiquería, en 1977: Mamagay (Gaitán) y El candidato (Mitrotti). Por sus resultados en taquilla cabe destacar El taxista millonario, del también productor Nieto Roa (79). De telenovela son las locaciones del Cementerio Central en La abuela (Pinzón, 81), y del populoso barrio Egipto en Amar y vivir (Duplat, 90).
Se pretendió adaptar la novela de expresidente López Michelsen, Los elegidos, en1984, con una fallida recreación al estilo soviético del círculo de La Cabrera. Hubo dos cintas realmente memorables en el período Focine: Pisingaña (Pinzón, 86) —crítica virulenta a una clase media de Chapinero— y Confesión a Laura (Osorio, 90), apropiada escenificación habanera de una noche trágica bogotana, en un sector de las Nieves. Cerca del Palacio de Nariño, La estrategia del caracol (Cabrera, 93) exploró la crisis habitacional y una radiografía humana de sus vecinos. Con La gente de la Universal (Aljure, 94), se montó la parodia del detectivismo criollo y las picardías propias del bajo mundo.
En contraste, Diástole y sístole (Trompetero, 99) arma por capítulos una relación sentimental entre el Chorro de Quevedo y el Parque de la 93. Hay experimentos que colorean intrigas pasionales en La mujer del piso alto (Coral, 96), y situaciones de tipo convencional que trazan barreras urbanas del norte al sur (Es mejor ser rico que pobre, 99). De los esquemas del productor y guionista Dago García, vale registrar las aficiones futbolísticas del Campín en La pena máxima (01) y los entretelones teatrales de Teusaquillo en La esquina (04), en la que, en el prólogo, se muestra estupendamente la Bogotá moderna.
El film criminal se cubre de reminiscencias en Soplo de vida (Ospina, 99), por cuanto transcurre en un céntrico hotelucho y se remonta a las ruinas de Armero. Un robo de película hace de Kalibre 35 (García Jr., 2000) el pretexto para dramatizar los recursos desesperados frente al reto de hacer cine. Sin olvidar Hábitos sucios (Palau, 03), que divaga sobre el asesinato de una monja en la Concordia. La ciencia–ficción se tradujo en el ensayo de un largometraje con tres episodios dirigidos por otros tantos jóvenes realizadores situados según el título en Bogotá 2016.
Por las dificultades que se ciernen sobre las criaturas que nacen hoy en el país, Colombianos, un acto de fe (Fernández de Soto, 04) redondea una fábula sobre las familias de clase media. De Bolívar soy yo (J.A. Triana, 02) surge un desdoblamiento actoral en el medio capitalino para sobrepasar una farsa histórica. Como el gato y el ratón (R. Triana, 02) expone la marginalidad de los barrios de invasión que luchan por tener el servicio eléctrico. Así mismo, La primera noche (Restrepo, 03) enmarca el destino incierto que afecta al núcleo familiar de desplazados bajo territorio bogotano.
En este año, dos interesantes ejemplos, analizados por Ciudad Viva en abril: Perder es cuestión de método (Cabrera) que recorre áreas calientes con la cortinilla de moda —TransMilenio— y La sombra del caminante (Guerra, en blanco y negro) en donde vendedores ambulantes alternan junto a personajes informales. Como se ve, pues, Bogotá ha sido una verdadera protagonista de películas.
Fuente: Largometrajes Colombianos en Cine y Video Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano, 2005.