En ciertas esquinas aparecían, como desafiando la marea que los tranvías empujaban hacia las aceras, algunas figuras que oscilaban entre la grandeza y el folclore de su tiempo. En la calle 14 con 7ª, de preferencia en la acera suroriental, enfrente de una droguería, León de Greiff, en alguna de sus innumerables encarnaciones, con el sombrero gigante de amplias alas, la barba bermeja e hirsuta, o, sólo para cambiar, como otro seudónimo, rasurada, los ojos azules de viking —que no había visto el mar— y la pipa, que echaba humo perfumado sobre las ondas humanas, como la chimenea de un barco fantasmagórico.
Allí se anclaba, horas y horas, sin esperar a nadie, apenas otorgando negligente respuesta a los saludos de sus amigos que le daban alguna irreverente palmadita en la espalda, hasta que después de haber mirado bien el gris espectáculo, de pronto, cruzaba la calle y se hundía en el Café Riviere, antecesor del Automático, que fue después puerto de otra generación.
Allí, en una mesita metálica blanca, emborronada con casuales dibujos, estaba Ricardo Rendón, también de sombrero de alas anchas y corbata de chalina, los ojillos negros y penetrantes, la piel como picada de viruela, la boca diminuta, la nariz recta, todo vestido de negro, como un contrapunto
de la imagen popular del caricaturista, que por
entonces se confundía con el humor de los payasos. […] No se ha exagerado, seguramente, la influencia tremenda de Rendón en la gran crisis política de su tiempo.
Fue más que un simple demoledor, como suele decirse de él, o un panfletario gráfico. Fue el creador de un mundo político que sustituyó al real de tal modo que sus personajes acababan siendo más veraces y auténticos que los que figuraban, con los mismos nombre y con su personal efigie en el campo político, folclórico y sin muchas complicaciones. La gente creía que lo que Rendón dibujaba era una fotografía y no una invención, y con la misma ingenuidad que Don Quijote ante el tablado de Maese Pedro expresaba ante esos seres ficticios todo su odio, su desprecio, su compasión o su indiferencia. Para el pueblo colombiano, tan indocto y sufrido, esos eran los personajes reales de la farsa política, y esos actos, lo que había que condenar o ensalzar en ellas.
De marxista a Monarca Alberto Lleras Camargo, cien años
(Bogotá 1906 – 1990)
En una biografía oficial se dice que Alberto Lleras Camargo fue “periodista, político, diplomático escritor y autor.” Enumeración cierta, que no da ni una lejana idea de la importancia que tuvo en cada una de esas ramas. Fue un periodista influyente y un escritor importante, aunque no dejó una obra sólida, sino una serie de pequeñas obras maestras, más de carácter periodístico que literario.
En la primera presidencia de Alfonso López Pumarejo, que se llamó la Revolución en Marcha , Lleras fue clave, con el Maestro Darío Echandía, en la toma de decisiones del gobierno de López.
En 1944 le tocó tranquilizar al país desde la Radio Nacional, con su bella voz de locutor, cuando López Pumarejo fue retenido por los militares en Pasto, en un intento de golpe de Estado. Elegido designado a la Presidencia de la República, asumió el poder el 7 de agosto de 1945, tras la renuncia de López.
Durante el gobierno del general Rojas Pinilla, Lleras encabezó una cruzada que culminó con la caída del general Rojas, en 1957.Creador, con Laureano Gómez del Frente Nacional, fue su primer Presidente. En el siglo XX, pocos colombianos tuvieron tanta influencia sobre la vida política del país como este hombre de apariencia sencilla, a quienes los campesinos de Chía solían ver pasear en bicicleta. Su gran influencia quedó reflejada en el nombre que le daba la gente: El Monarca.
El pueblo, como Rendón —y no como nosotros, los intelectuales— sentía que algo se estaba muriendo, que algo agonizaba, que algo tendría que cambiar muy pronto, por el peso abrumador que significaba la hegemonía sobre una nación que comenzaba a salir de territorio de la teología hacia el contacto tímido con el resto del planeta. Nosotros veíamos aparecer sobre la destrucción de la gran guerra un alba roja, que apuntaba sobre las cúpulas de cebolla dorada del Kremlin, y como Tejada pensábamos que Lenin iba a decidir nuestros destinos y los del universo, vertiginosamente.
Como incipientes marxistas se nos ocurría que la revolución inexorable caería sobre nosotros sin otra cosa que esperarla, y no nos ocupábamos de promoverla. […] Rendón estaba llegando en ese tiempo a una de las etapas más agudas y atormentadas del alcoholismo, y comprendía, y temía que lo que había hecho su vida y su gloria, la claridad y firmeza de su línea, la inspiración mordaz, el ingenio servido físicamente por una maestría insuperable, estaba llegando poco a poco a su término.
Es cierto también que debió parecerle, en medio de su temblorosa visión del futuro cercano, que la cantera de donde extraía inspiración para sus dibujos estaba a punto de cerrarse. Y decidió romperse la cabeza en un momento de terrible desfallecimiento y de supremo valor. Bogotá, mayo de 1976