El escultor mexicano Javier Marín,en la iglesia
de Santa Clara en Bogotá.
Por Santiago Mutis Durán
De la Seria Barbudos de Javier Marín
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El siglo XX castigó y exaltó el arte de maneras extremas (“nunca había brillado tanto, ni carecido tanto de sentido.”) La deshumanización del engranaje económico, convirtió la Cultura (y al hombre) en algo superfluo, en un lujoso adorno o en una secreta comunión solitaria (estigmatizada), o en una mercancía, destruyéndole su inaudita complejidad y embaucándonos en la mentira de que la Cultura es innecesaria y que se puede importar como espectáculo. Desde la peor de las revoluciones, la industrial, el hombre, ya sin mayúsculas sino un simple y uniformado comerciante, burócrata u obrero —o desempleado— además de aficionarse a ver matar y a matar, aprende a tratar a sus semejantes como “lo merecen”: oro que se pudre si no se explota; como quien dice, o como dice Franz Kafka: ¡insectos! Marcel Proust es el último escritor clásico, Kafka el primer moderno.
Esta ignorante y engreída criatura moderna, aferrada a cosas, al cuerpo (sexo) y al dinero, es decir, a nada, anega de insignificancia y de malestar también el destino de los artistas, cuya vida y obra somete al mercado. El arte se enfrenta entonces a la deformación “cultural” que conduce a la guerra, después al horror de sus consecuencias y a la indiferencia moral, aún más monstruosa. Inútil para llegar al hombre hecho masa, y perseguido como “arte degenerado,” ve desde su derrota cómo se expanden la codicia, el poder y la crueldad.
En la salvaje trivialidad triunfante, que lo ha invadido todo, el artista cuelga de su joven cuello de condenado una luciente etiqueta y se va al mercado... a vender su originalidad! Perdidos poder, autonomía y razón de ser, denuncia brutal y ciegamente su humillante condición, su inconfesable claudicación, la deformación moral —ahora suya— y escupe con rabia la historia del arte, se mutila en público y enlata su mierda para venderla a coleccionistas millonarios; una inútil, tardía y lamentable venganza, llamada “arte contemporáneo”, que los coleccionistas venderán o “prestarán” —por algunos millones— a los “museos de punta,” fundados para despertar las regiones aletargadas o ariscas al progreso y llevarlas cantando tras el flautista de Hamelin de la globalización, como ratas y ratones.
Platón Manos
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En esta “pesadilla con aire acondicionado.” hace 50 años un editor, para caracterizar el cambio de olfato de los editores, aún con escrúpulos pero ya dedicados a la exclusiva cacería de best sellers, dijo que si encontraran una tragedia inédita de Shakespeare y los recibos de la lavandería de Marilyn Monroe... los editores se desbandarían tras los recibos... destrozándose en la competencia y gastando millones en su publicidad pero ganando fortunas...
Todo esto es para decir que en arte siempre ha habido vetas antípodas compartiendo una época:
una, va con la corriente del poder económico, al que sirve (“el tiempo es oro”); la otra, acompaña al ser humano (“el oro del tiempo.”) Una destruye, la otra mantiene vivos los valores que definen al ser humano. Digamos que a la primera veta pertenece el artista de los enlatados millonarios, y a la segunda, secreta y fértil, Javier Marín, el escultor mexicano que expone en la (ex)iglesia de Santa Clara, y que es un privilegio, pues hace años Colombia está al margen de la ruta de las grandes exposiciones que cruzan el continente.
Creo que Javier Marín —aunque existe C. Zitman en Venezuela— está solo en su trabajo escultórico, porque en él hace aflorar, con un vigor inaudito, los antiguos y turbulentos atributos humanos, ausentes en el arbitrariamente llamado arte contemporáneo, donde su inexistencia ha hecho invisible al hombre. Marín está encandilado con esta extraordinaria raza desaparecida (como dijo Proust de Durero), donde el carácter, la energía de un destino, las pasiones humanas, la dignidad, el vigor interior y físico, la riqueza de su personalidad, el poder de los sentidos, la violencia del dolor, su oscura grandeza, su fuerte vida emocional, la agudeza de su inteligencia, la espléndida madurez de su edad, la fuerza de sus apetitos, la nobleza de su sensualidad, la turbulencia de su espíritu, la inusitada capacidad de expresión, la “vocación ética de la humanidad”... labran desde adentro cada uno de sus rasgos, las cicatrices de su cuerpo, las señales en su rostro, las expresiones del cuerpo, los movimientos de la altiva cabeza, el gesto noble o crispado de una mano, el espigado cuello...
Marín nos ofrece en una bella bandeja de bronce las manos de Caravaggio (o del Pontormo), desenterradas, rotas y vueltas a hacer por las amorosas lenguas del fuego, de las aguas y el tiempo, y de las entrañas húmedas de la noche de la tierra: manos que hacen manos, y que bien podrían degollar al Bautista, o pintarlo en un altar. Marín es sin duda una criatura peligrosa, pues ante el fracaso de la Razón ha liberado al Hombre, la violenta energía que lo levanta del barro y la luz que lo inunda, cruzando el dolor de la vida: todo lo que el Hombre ha venido a decir, todo lo que ha dicho y hecho, incluso todo lo que debía callar, lo dice el magnífico y renaciente cuerpo de estas esculturas, su madura, plena y poderosa juventud, como una tempestad en reposo.
Javier Marín es sin duda una criatura peligrosa, pues ante el fracaso de la Razón ha liberado al Hombre, la violenta energía que lo levanta del barro y la luz que lo inunda, cruzando el dolor de la vida. Santiago Mutis Durán