El más grande caricaturista que haya
dado el país, Ricardo Rendón, había nacido en Rionegro, Antioquia, en 1894. Sus seguidores son conscientes de todo lo que le deben a Rendón.
Con Fernando González y León de Greiff, formó parte en Medellín de la revista Panida, que luego de diez números se vio obligada a cerrar “por razones de pesos,” según sus editores.
Desde 1918 se había trasladado a Bogotá, y colaboraba en diarios y revistas, especialmente Cromos y La República . Cuando este periódico cerró, regresó a El Espectador y luego fue contratado en exclusiva por El Tiempo .
Rendón ganaba una cantidad exorbitante de dinero, a la altura de su talento. Según relato de Adel López Gómez, el embajador gringo de entonces le dijo un día a Rendón que The New York Times le mandaba a ofrecer mil dólares mensuales, que eran unos 1.500 pesos colombianos, toda una fortuna en esa época. (Rendón ganaba el doble de un senador). Y que el caricaturista le dijo que no. ¿Por qué? Le preguntó extrañado el embajador. Porque pierdo plata, le contestó el caricaturista. El Tiempo me paga unos 300 pesos mensuales. Agréguele 1.500 que yo pagaría por no vivir en Estados Unidos, son 1.800. Haga la cuenta y verá que salgo perdiendo 300 pesos.
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Miguel Abadía Méndez era presidente cuanda la infame matanza de las bananeras. Rendón
publicó entonces esta caricatura, titulada El Regreso de la Cacería, con el siguiente
texto:Cortés Vargas: –¡yo maté cien...! Abadía: –eso no es nada, yo maté doscientos.
Entre Maquetas:
—Ala , ¿vamos a la Fiesta del Trabajo?
—¿Del trabajo, dices? ¡ay, qué pereza!
Y un día, en pleno goce de su gloria ganada a puro talento, entró a la trastienda de una almacén–cantina de nombre premonitorio, La Gran Vía, y se pegó un tiro. Antes, sobre la mesa porcelanizada, había dibujado una cabeza siendo atravesada por una bala y dejó escrito: “Por favor, no me lleven a casa.” Hacía poco había traído a sus padres a vivir con él.
Ambrose Bierce, en un elogio del suicidio, dice que el soldado no está seguro de morir y lo que está es tratando de alcanzar la gloria, mientras que el suicida no sólo afronta la muerte, sino que incurre en ella, “y no con la certeza de merecer la gloria sino el reproche. Si esto no es coraje, debemos reformar nuestro vocabulario.”
Cuentan que Rendón, unos días antes de suicidarse, le había dicho a su amigo, el paisajista José María Zamora: “Zamorita: tengo ganas de liquidar la existencia y alquilar el local.” Los ecos del disparo ya se perdieron, pero la fuerza y la belleza de sus caricaturas se siguen sintiendo.