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A Bogotá la fundó un escritor: pluma y espada y uno que otro golpe de cruz
Bogotá: leída, letrada y provinciana
Por Juan Gustavo Cobo Borda
El Adelantado, Don Gonzalo Jiménez de Quesada y su firma.
Dibujo de Antonio Rodríguez
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El fundador de Santa Fe de Bogotá, Gonzalo Jiménez de Quesada, nació en Santa Fe de Granada, estudió derecho y con seiscientos hombres de a pie, más sesenta de a caballo, partió desde Santa Marta para subir durante once meses por el río Grande de la Magdalena hasta llegar a este altiplano.
¿Qué hacía en las pausas de la expedición, cuando acampaba a la orilla del río, los pies comidos por las niguas y la muerte acechando en las flechas envenenadas o en hambrientos caimanes? Pues discutía sobre las virtudes del verso octosílabo castellano en contraposición al extranjerizante endecasílabo italiano, el mismo que otro capitán guerrero asimiló y volvió perdurable en sonetos y églogas, antes en morir en el asalto a un castillo en Europa, a los 35 años. Se trataba de Garcilaso de la Vega.
Pero así era Quesada y tal su sino. Juan de Castellanos, cronista en verso de ésta y muchas otras hazañas, lo recuerda así:
Y él porfió conmigo muchas veces ser los metros antiguos castellanos los propios adaptados a su lengua por ser nacidos de su vientre y estos, advenedizos, adoptivos de diferentes madres, y extranjeros.
Tal la imagen de Quesada en las Elegías de varones ilustres de Indias, una proeza verbal que alcanzó a tener 113.609 versos.
Bogotá y Tunja, donde leían y escribían Quesada y Castellanos, parecían tierras propicias para la remembranza, para aquellas páginas que fijan los hechos y los transforman en la reelaboración de la escritura. Así, Quesada se mira a sí mismo cuando joven, al servicio de los ejércitos de su majestad imperial Carlos V en las campañas de Italia, pero no halla la paz en su memoria. Un prelado italiano, Paolo Giovio, obispo de Nocera nacido en Lombardía, ha escrito una historia de su tiempo muy poco veraz y plagada de inexactitudes. Quesada redacta entonces una abultada rectificación, El antijovio, para ofrecer su versión de los hechos, lo que significa que ya desde el comienzo de nuestra historia se encuentran las armas y las letras, las minucias de la erudición y el vuelo liberador de la poesía, el afán para que no todo sea devorado por el olvido y las inevitables querellas en torno a sucesos que el tiempo adelgaza y deforma.
Esta imagen de Juan de Castellanos pertenece a la primera edición de Elegías de varones ilustres de indias
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Viejo y quebrantado abandona Quesada la ciudad que fundó, y organiza una nueva expedición, esta vez hacia los Llanos Orientales. ¿Qué busca? Como todos sus antecesores, de Colón en adelante, quiere oro, oro tangible y real, pero encuentra apenas la leyenda que con sus reflejos por todo el continente arranca desde la laguna de Guatavita hasta el Cándido de Voltaire: el cacique que, recubierto de polvo dorado, se baña desnudo en las aguas frías de la laguna, rindiendo culto quizás a la luna y rodeado de temblorosas antorchas encendidas. Hace años un investigador, Irving A. Leonard, demostró que uno de los incentivos de la conquista española fueron los libros de caballería. Un escritor bogotano, Germán Arciniegas, devolvió la pelota con una obra de 1938 que le gustó a Stefan Zweig: la titularon, en su traducción al inglés, El caballero de El Dorado, y en sus páginas finales Arciniegas sugiere que el esposo de su sobrina María, Antonio Berrío, conquistador como Quesada, se cruzó en los pasillos de la corte española con otro peticionario, Miguel de Cervantes, y que la conjunción de estas familias a través de apellidos como Quesada, Quijano o Quijadas permitiría bautizar a quien terminó con las novelas de caballería y aún cabalga: don Quijote de la Mancha.
La amodorrada colonia, de títulos y escribientes, de rábulas y notarios, de leyes que se fingía obedecer y de realidades voraces que se colaban por todos lados, tiene su cronista por excelencia en el abuelo de nuestra literatura,
Juan Rodríguez Freyle, el autor de El carnero. Qué libro delicioso y entrañable, donde un chismoso dotado de buen humor y humano cinismo va salpicando las listas de presidentes, oidores y visitadores de la Real Audiencia, de arzobispos, prebendados y dignidades eclesiásticas con sabrosas historias anteriores, ¡y cuánto!, al realismo mágico.
El sacerdote pecador que al levantar la hostia en la consagración la ve teñirse de sangre, o la mujer que al consultar una adivina descubre en una palangana de agua con lebrillos cómo su marido, en una isla remota del Caribe, le regala a otra mujer una tela fina, o el amante que no vacila en contar que «no ha dos noches, estando con una dama harto hermosa, a los mejores gustos, se nos quebró un balustre de la cama», lo que le permite al esposo enterarse de que su mujer lo traiciona. Ya desde 1638 los bogotanos sabían reírse de sí mismos y no tomarse demasiado en serio, y en esa cerrada parroquia ensimismada los vientos de la libertad venían cautivos en las páginas de los libros. El humor, que es subversivo, resquebraja la autoridad, por rígida que sea, y propone siempre una voz alternativa.
Armas de la ciudad de Santa fe de Bogotá
Grabado de Barreto con dibujo de Urdaneta
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Por ello, las bibliotecas en Bogotá encierran fuerzas irreprimibles que los guardianes y porteros no pueden prever. Recuerdo dos: la de un sacerdote gaditano, José Celestino Mutis, quien en cartas de más de un año de tardanza solicitaba, a naturalistas suecos, a sabios franceses, a eruditos ingleses, libros que no se conseguían aquí, para estudiar la flora bogotana y los usos de la quina. Midiendo las alturas, analizando el aire, recogiendo orquídeas y curubas, una generación hizo la Independencia. Y otra biblioteca, la de Antonio Nariño, sustituyó biblias, libros de patrística y de catecismo por manuales de agricultura, obras de Voltaire y Jovellanos y dos traducciones definitorias, emprendidas ambas por Nariño: Los derechos del hombre y del ciudadano y los textos de Newton.
Por último, una quinta figura puede unirse idealmente a las de Quesada, Rodríguez Freyle (e Inés de Hinojosa), Mutis y Nariño. Es otra sombra doliente y fugaz que corrobora el interés por las letras en esta ciudad y cuya mitología llegó a impregnar la mente de Samper Ortega y muchas de sus notas de presentación. Era un lector impenitente de Rubén Darío, José Martí y Mallarmé, y antes de suicidarse intentó atrapar la música del mundo en unas pocas líneas:
Una noche,
una noche toda llena de perfumes,
de murmullos y
de música de alas, una noche en que ardían en la sombra, nupcial y
húmeda,
las luciérnagas fantásticas.
Se trata de la noche de José Asunción Silva, propicia para la lectura, en la que el deseo crea cuerpos fantasmales y únicos, y la palabra encarna en poemas que aún vibran. Entre los instrumentos para conformar una cultura se encuentra en primer lugar la oratoria, tanto religiosa como civil, que en un país como Colombia fue propiedad exclusiva de los curas durante muchos años.
Estatua Yacente de Don Gonzalo Jiménez de Quesada. Grabado de Daudenarde, basado en óleo de Alberto Urdaneta
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En un mundo pobre y oscuro donde los campesinos conformaban la mayoría de la población y donde la mayoría de los campesinos era analfabeta, los curas sabían su griego y su latín, repasaban la Biblia, escuchaban las necesidades del pueblo y se pronunciaban en cualquier momento ante sus feligreses. Tradición que nunca se interrumpe y que años más tarde se sintetiza muy bien en dos figuras emblemáticas: Rafael María Carrasquilla, rector durante medio siglo del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, fugaz ministro de Educación pero de largo y sostenido influjo político y social a través de sus discípulos, y el jesuita Félix Restrepo.
Cuando falleció, en 1965, el padre Félix llevaba diez años dirigiendo la Academia de la Lengua. Había refundado la Universidad Javeriana, de la que fue rector, y la Editorial Voluntad, donde publicaba sus propios libros de texto para enseñar el español y el griego. El Instituto Caro y Cuervo y el Hospital San Ignacio también tuvieron que ver con su energía combativa, afín a la figura de Laureano Gómez y a la España de Francisco Franco.
Sus sermones sagrados no sólo impactaban a los oyentes, sino que incidían en el Estado y en las orientaciones de la educación, como en el caso de Carrasquilla o de Manuel José Mosquera, quien bendijo la Constitución de 1843. Samper Ortega antologizó muy bien las dos vertientes, la civil y la religiosa, de esta noble tradición, y con ello puso de presente cómo la oratoria, quizás la más fugaz de las artes, resulta en ocasiones la más decisiva.