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De la abuela de Saramago:
El mundo ya no es tan bonito
Por Ignacio Ramírez*
Foto de José Frade - cortesía de la revista Arquitrave
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No sé cómo se pueda registrar una experiencia vista con la mirada borrosa y difícil, el pulso temblando, con escalofrío proveniente de días aciagos condenados a cargar un fardo de pesadeces que hacen del ejercicio de vivir una insoportable obligación con una sociedad moralista y sensiblera, que ni acepta la eutanasia ni permite el suicidio como hallazgo de un punto final para una broma que de tanto durar se convirtió en una pequeña eternidad y de tanto esperar en un reloj sin freno.
Hago la salvedad porque es posible que las cosas que voy a citar no sean ciertas y hayan sido un poco consecuencia del delirio o cosas inexplicables que deben achacarse a la «artera imaginación», como dijo un famoso autor colombiano cuando muchos años después de haberlo publicado se le comprobó la existencia de un plagio en uno de sus cuentos.
En todo caso creí escuchar dos frases que me tocaron muy cerca y me pusieron a escribir esta nota aunque físicamente ya no doy para tanto. Aquí están: «El mundo no es tan bonito, ni tengo tanta pena de morir», es la primera. Y la segunda: «Si todos fuéramos ateos, el mundo sería mucho más pacífico». Verdad o imaginación, una y otra las registré o las urdí en medio de la emoción de ver a medias por la televisión al colega portugués José Saramago, quien, tal como lo había anunciado Cronopios durante los últimos días, se presentó en diálogo con la colombiana Laura Restrepo ante aproximadamente 2.000 atentos asistentes al Teatro Jorge Eliécer Gaitán, aparte de la audiencia millonaria de la televisión de Canal Capital, que hizo la transmisión en directo, y de quién sabe cuántos otros miles de cronopios convocados en parques y plazas de Bogotá, donde fueron ubicadas pantallas gigantescas de video para que lo disfrutara todo aquel que quisiera compartir con el Nobel portugués.
Lo de la desdibujada belleza del mundo y la esperanza de la muerte lo afirma la abuela de Saramago en uno de sus libros memoriosos. La sentencia sobre al ateísmo y la paz brotó del propio autor cuando se le cuestionaba por qué un marxista y ateo como él había escrito un libro como El evangelio según Jesucristo, donde, por supuesto, más que el mito del hombre, analiza la funestas consecuencias que para la naturaleza y la sociedad armónica se han desprendido de la imaginería de las religiones.
Y por supuesto, estoy de acuerdo con la abuela y con el nieto, quien para adobar su charla fluida con un humor inteligente y urticante puso el dedo en la llaga de supuestos como la infalibilidad del papa, y la cerró, para carcajada total del sorprendido público, con un «¡pero cómo! ¿No es el señor Bush el único infalible?».
Qué emoción que los organizadores de Bogotá Capital Mundial del Libro 2007 hayan programado esta presentación sin límites para los hombres y mujeres de palabra, para que se haga saber que los libros existen tanto como el fútbol o los políticos corruptos, las derrotas morales y las muertes reales…
Sencillo, contento siempre, joven octogenario, niño agazapado en un auténtico hombre de palabra. Volví a ver y a sentir y a admirar a ese Saramago a quien hice referencia la semana anterior cuando recordé cómo años atrás, durante un privilegiado desayuno con él, me habló precisamente de este territorio inagotable que no cambiaríamos por nada quienes fuimos felices cuando niños: ¡la infancia! Saramago habló esta vez de la relación con sus personajes, que son libres y vuelan aunque él les preste sus palabras, de la independencia que no significa distancia, del amor a las etimologías y de la búsqueda de la fuente que se remonta a los orígenes y va desenrollándose como una madeja de hilos mágicos hasta mostrar la carnadura en que va cada vocablo de acuerdo con el tratamiento que le dan los tiempos y los seres que lo utilizan, no como dueños sino como intérpretes o instrumentos que son consecuentes con la vida propia y diversa que ellas tienen, las palabras que existen y las que aún no son, las que fueron sepultadas por el uso o por el abuso, las que vienen y van con el viento… ¡Las palabras!
Soy un saramagófilo desde mucho antes que le concedieran el Nobel, como era ya gabólatra cuando leí su primer renglón en El Universal de Cartagena. A los dos los quiero y los respeto y los admiro como sucede cuando somos marineros y nos seduce la sabiduría de los capitanes del navío en que vamos. Pero he de hacer una aclaración: ¡qué maravilla parecer tan elemental como José! ¡Qué infortunio sobrepasar el tropicalismo con vanidad rampante, como le sucede a Gabriel! Y hoy los llamo por sus nombres porque me siento con derecho adquirido como buen lector…
Yo, al menos yo, me emocioné mucho esta noche desde mis ojos borrosos y sé que vi con el corazón, y con la vida aún abierta y resignada y solidaria y digna, a un Saramago cómplice, común y corriente, casi amigo, aunque siempre prefiero ser lector y sólo eso, pero fue ésa la imagen que percibí de alguien que otra vez nos hizo comprobar que al pueblo sí le gusta leer y se complace con sus personajes y artistas, aunque muy pocas veces como hoy se den excepciones como ésta de asistir durante casi dos horas a una charla que parecía aquí en la sala de mi casa o allá en los ámbitos de la lucidez a la ceguera, de la duplicidad a la caverna.
Laura habló de Tolstoi y sus memorias de la infancia y le recordó a José que el maestro ruso de todos los maestros tenía muy claro el instante en que había concluido su infancia, que alcanzó a llegar a la alfombra de uno de los salones de su casa donde se agitaba el mar de la imaginación mientras los cojines, que eran los tiburones, los atacaban. Hasta cuando llegó un hermano mayor y sentenció: «¡Esto no es ningún mar… esto es una alfombra!». Y ahí se acabó la infancia tolstoiana. Con cierta pesadumbre y esperando una respuesta quizás melancólica o afligida por lo menos, Laura miró a Saramago, quien entendió y simplemente dijo como cualquier vecino: «Yo sí no lo sé porque en mi infancia no hubo casas con alfombras ». Entonces recordé con gran cariño la leyenda aquella de la camisa del hombre feliz, que si no la saben algún día la cuento, porque me da la impresión de que si vuelvo a revivir será otra vez para escribir.
La abuela y el nieto tienen toda la razón: «El mundo ya no es tan bonito y morir será siempre mejor que vivir», pero como aún estamos vivos no olvidemos la más sabia verdad en la que he creído siempre: «Si el mundo fuera más ateo sería mucho más pacífico, mucho mejor». El sol, la luna, la montaña y la piedra, el agua y la flor y el aire puro, su única pata de palo y el verde peinado de los árboles donde vienen a cantar los pájaros están ahí para que el ser humano sea más humano, para que entienda la armonía y ojalá no pierda el tiempo en palabras que ya pasaron como «democracia» o «religión» o «politiquería».
Gracias a Canal Capital por el banquete que me brindó esta noche. Salgo a la ventana y miro al cielo y me parece ver estrellas. Quizás no haya. No olviden que hice referencia a la «imaginación artera». Así me gusta mucho que Bogotá sea la Capital Mundial del Libro todo el tiempo…