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Alfonso López Michelsen, botánico tegua y amigo de los corridos
Por Guillermo Angulo
A Cecilia, la Niña Ceci
No voy a hablar del estadista que fue Alfonso López Michelsen, quien acaba de morir (me gusta más la fórmula inglesa, passed away), porque sobre eso han abundado todos los medios de comunicación. Quiero contar algunas minucias de quien fue mi amigo muy querido desde los años cincuenta, cuando nos encontramos en México saboreando —como decía un conocido común— «el amargo caviar del exilio», en mi caso, cambiado gustosamente por los sabrosos tacos de la calle de Bucarelli, que muchos tenían por letales. De ese exilio nació una amistad prolongada hasta su muerte y cuyos temas preferidos eran la botánica y los corridos mexicanos.
Una vez que nos encontrábamos ambos en Nueva York me invitó a almorzar porque tenía que hacerme una consulta importante:
—¿Había rosas en América antes del Descubrimiento?— me preguntó tan pronto tomamos asiento.
—Yo creo que no —le dije—. Me parece que las rosas son originarias de China, de la antigua Persia, de todo el Oriente. Las que conocemos son hibridaciones hechas por los occidentales, particularmente por los franceses y los ingleses. ¿ Por qué la pregunta?
Rosa viva y Rosa muerta, Foto de Irving Penn [ ampliar imagen ]
—Por Cuauhtémoc —me dijo López—. Aunque luego de capturarlo Cortés le había dicho al emperador que «un español sabe respetar el valor, aun el del enemigo», no dudó en someterlo a tortura, a él y a los nobles que lo acompañaban, para obligarlos a confesar dónde tenían enterrados sus tesoros. Con el refinamiento civilizado de los españoles, no les quemaron los pies, es decir, no se los pusieron directamente al fuego sino que les iban echando, poco a poco, aceite de oliva hirviendo. Según la historia, cuando Tetlepanquetzal, uno de sus compañeros de tortura, se quejó, Cuauhtémoc le dijo: «¿Y acaso yo estoy en un lecho de rosas?». Por eso te pregunto lo de las rosas.
—Mire, presidente —le contesté—, para eso hay varias explicaciones. La primera es que los europeos llamaban rosa a toda flor cuyo nombre desconocían. Así fueron bautizando regiones, frutos y flores con su nostalgia: la Nueva España, la Nueva Granada; manzana de tierra le decían los franceses a la papa, y los italianos llamaban manzana de oro al tomate. La otra puede ser un problema de traductor, resuelto a la manera de los buenos traductores: al no conocer la palabra exacta, simplemente porque no existe, buscan un equivalente que conserve el sentido. Por ejemplo, si Cuauhtémoc dijo: «No estoy en un lecho de xicamaxóchitl », el traductor no sabe que es la flor de la planta de origen mexicano que más tarde se llamará dalia, y traduce «rosas». Pero el sentido queda intacto.
Más tarde me tuve que arrepentir de mi deleznable sabiduría, y lo llamé por teléfono para contarle que en los Estados Unidos acababan de adoptar la rosa como flor nacional. Hubo protestas de todas partes, alegando que la rosa no era una flor nativa y que, por lo tanto, no debería ser la flor emblemática del país. Pero un lector del New York Times defendió la decisión argumentando que no hay una flor más de acuerdo con la civilización gringa: depende por completo de la química. Si no se abona cada ocho días y no se le aplican distintos fungicidas, cada dos semanas, se muere.
También tuve que decirle que un profesor de universidad, tal vez de Cornell, dijo que desde antes del Descubrimiento existía en Norteamérica la rosa original de cinco pétalos, plana, llamada rosa canina, lo que se había comprobado con fósiles. El problema, le explicaba al presidente, es que no sabemos si cuando ese científico se refiere a Norteamérica está incluyendo a México. Los estadounidenses, así como se apropiaron del término «americano » para ellos solos, prefieren que Norteamérica sea únicamente Estados Unidos y con un poco de reluctancia Canadá.
Otro de mis temas recurrentes con López eran los corridos mexicanos. Le gustaban mucho, particularmente uno que habla de cuando Pancho Villa invadió a los Estados Unidos, matando a un montón de gente. Este país le pidió permiso al presidente Carranza para hacer una expedición punitiva, violando el territorio mexicano, para poder capturar o matar a Villa. La parte del corrido que más le gustaba al presidente López era el final. Yo le decía que la mayoría de las veces se cantaba haciendo un cuenco con la mano derecha y moviéndola de arriba hacia abajo, mientras el corrido decía:
Qué pensarían esos americanos, ¿que a Pancho Villa lo iban a afusilar?
Allá tendrán aviones a montones,
aquí tenemos lo mero prencipal.
Precisamente el día en que murió yo tenía programado grabar una conferencia sobre la influencia del romancero español en el corrido mexicano, editada para radio, bajo la dirección de otro de sus amigos, Bernardo Hoyos. Pensaba llevarle, al otro día, la grabación al presidente. Ahora se la entregaré a Felipe sin decirle nada, haciendo de cuenta que su padre no se ha ido.