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Los nombres de la memoria
Por Otty Patiño
Carlos Pizarro Leongómez, comandante del movimiento M-19,
asesinado el 26 de abril de 1990.
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Mi madre cumplió 96 años el pasado 21 de junio. Ella vive en Buga y todos sus hijos, nietos y biznietos fuimos a celebrarle el cumpleaños. De modo que ese jueves 21 de junio ya estaba de nuevo en Bogotá y pude ir con Luz Amparo, mi compañera, a la inauguración de los colegios Alfonso Reyes Echandía y Carlos Pizarro Leongómez, en Bosa, una de las localidades más pobres de todo el distrito.
Fui a esas inauguraciones como persona que perteneció al M-19 y, por lo tanto, vinculada a los terribles acontecimientos del Palacio de Justicia, donde perdió la vida el entonces presidente de la Corte Suprema de Justicia, Alfonso Reyes Echandía. Poner tales nombres a esos dos colegios e invitar a dolientes cercanos de ambos fue una bella osadía del alcalde Garzón y de su secretario de Educación, Abel Rodríguez, en medio de un país que todavía respira odios y donde la polarización política dificulta la serenidad elemental que necesitamos los colombianos para salir adelante.
Primero fue la inauguración del Colegio Alfonso Reyes Echandía. Allí estaban los tres hijos del magistrado; uno de ellos habló en nombre de la familia, llevaba su discurso en un papelito. Al doctor Alfonso Reyes Alvarado se le notaba en su rostro adusto el dolor de tantos años, tenía consigo a su pequeño hijo que miraba con curiosidad para todas partes. Ese niño sabía que era un acontecimiento importante en su vida, y estaba allí pillándose todos los detalles del evento. En las palabras del papá de ese niño no hubo odio ni inculpaciones; por el contrario, puso de manifiesto que Reyes y Pizarro nunca fueron enemigos, los unía el altruismo, y el mejor homenaje consistía en aprovechar esos momentos para reflexionar sobre nuestro país y la manera de reconstruirlo.
Cuando terminó de hablar, Antonio Navarro hizo un gesto como para tenderle la mano pero fue un gesto tímido; además el orador andaba un poco ensimismado, seguramente no se dio cuenta y se sentó de nuevo. Cuando le tocó hablar a Navarro, yo presentía que su discurso iba dirigido a tenderle la mano a Reyes, y yo pensaba: «Qué tal que lo deje con la mano extendida». Pero no, después de las palabras de Antonio se dieron la mano y el público aplaudió con mucho sentimiento. La ronda de intervenciones terminó con las palabras del alcalde, quien subrayó que el mayor acto de valor del Eme, bajo la dirección de Pizarro, era haber dejado las armas.
A diferencia de la solemnidad que revistió la inauguración del Colegio Alfonso Reyes Echandía, la del Colegio Carlos Pizarro Leongómez fue una rumba, con grupo rock y palabras muy entusiastas del Doctor Crápula, el director de ese grupo. También con lágrimas, porque la mamá de Pizarro, Margoth, y su hermana Nina hablaron desde el fondo de sus corazones y llenaron el ambiente de emociones encontradas, de alegría por el homenaje y de tristeza por la ausencia. Pero quienes se tomaron el acto fueron los presentadores, una pareja de niños estudiantes que provocaron nuestra risa con su desparpajo, tratando a todos los que hicieron uso de la palabra, alcalde incluido, con una familiaridad completamente ajena a los protocolos y al libreto.
Mientras el alcalde Garzón aplaude, Antonio Navarro Wolff y Alfonso Reyes Alvarado, hijo de Reyes Echandía, se estrechan las manos
conciliadoramente.
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Mirando y oyendo a esos niños, en el regocijo de su irreverencia y la espontaneidad de sus gestos y palabras, uno siente que hay futuro. Basta con que los adultos nos quitemos las lagañas de los ojos, la cera de los oídos, las amarguras del corazón, las viejas ideologías del pensamiento, y reconstruyamos nuestras memorias para poder contarles a ellos lo vivido; explicarles nuestra historia, la antigua y la reciente, sin dogmas, con gracia, con amabilidad y con inteligencia.
Me llegaron entonces a la memoria las últimas palabras suplicantes de Reyes Echandía al general Delgado Mallarino cuando, en medio del combate del Palacio de Justicia, pidió el cese al fuego. Tres años después la voz de Reyes Echandía fue escuchada por Carlos Pizarro, quien tuvo el poder, el valor y la audacia de cesar el fuego y emprender el camino de la paz con Virgilio Barco. El presidente, a pesar de la enfermedad que ya empezaba a matarlo, supo escuchar también ese clamor, que lo llevó a hacer y a firmar la primera paz concertada con los alzados en armas en Colombia.
Hoy el nombre de Virgilio Barco está asociado a una de las más grandes y hermosas bibliotecas de Bogotá. Y los nombres de Alfonso Reyes y Carlos Pizarro están ahora hermanados en los mejores colegios de Bosa. Es la vida triunfando sobre la muerte, es la reconciliación ganando la pelea al odio, es la sabiduría desplazando la ignorancia.
Mi madre se llama Clemencia Hormaza. Pensando en ella y en mis hijos, Olga, Miguel, Laura y María Victoria, escribí este relato.