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Don Gonzalo pasó por aquí
Por Óscar Domínguez G.
Este retrato de Don Gonzalo Jiménez de Quesada se encuentra en la Alcaldía Mayor de Bogotá.
El descubridor, conquistador y fundador de Bogotá, don Gonzalo Jiménez de Quesada, nació ocho años después de que Colón descubriera América. En la España de 1492 era noticia la toma de Granada, se dictaba el edicto contra los judíos, y Roma, mal datiada por el Espíritu Santo, nombraba papa a Alejandro VI, paisano de don Gonzalo.
Y así el genovés Colón buscaba una trocha para llegar a la India y tropezó con América, el Adelantado nacido en Granada —también lo reclama Córdoba— tenía el encargo original de descubrir el nacimiento del río Grande de la Magdalena. ¿Qué civilización había en su nacimiento?, se preguntaron, y mandaron gente río arriba a averiguar. Don Gonzalo recibió ese chicharrón de manos de don Pedro Fernández de Lugo, quien lo había enganchado como justicia mayor para que hiciera valer sus conocimientos de leguleyo.
Del río Grande, finalmente nada, porque al letrado chapetón graduado en leyes en Salamanca se le atravesó la sabana de Bogotá que fundó dos veces para que no quedaran dudas: la primera fundación fue en el sitio del actual Teusaquillo, el Melgar del zipa de la época. Esa fecha es la que nos enseñan en la escuela de la mano del cronista fray Pedro Simón: 6 de agosto de 1538.
«Estando todos juntos, Gonzalo Jiménez se apeó de su caballo y arrancando algunas yerbas y paseándose, dijo que tomaba posesión de aquel sitio y tierra en nombre del invictísimo emperador Carlos V, su señor», escribió fray Pedro. Doce chozas, una por cada apóstol, incluido el ninguneado Judas, fueron la cuota inicial de la ruidosa, positiva, coqueta y cosmopolita Bogotá de hoy. Construyeron una más, mejor que todas, para que viviera Dios. El padre De las Casas ofició la misa para todo el mundo.
La segunda fundación, con nombramientos de por medio, la hizo don Gonzalo en abril de 1539 en compañía de sus colegas conquistadores Federmán (el alemán venía de Venezuela) y Belalcázar (echaba quimba desde el Perú). Los dos pretendían sacar corriendo a don Gonzalo para quedarse con el pan y con el queso, o sea con la sal y las esmeraldas. Y con El Dorado, del cual todos hablaban pero el cual nadie ha coronado.
Primer plano de la provincia de Santafé, levantado por Diego de Torres, Cacique de Tusmequé (1572).
Los colegas conquistadores no contaban con la astucia de don Gonzalo, quien impuso la norma, vigente hasta hoy, de que en el Nuevo Reino para todos hay: «Allá en la Nueva Granada, viajero tienes posada». Lo ratificamos los forasteros que sudamos plusvalía en su jurisdicción.
A don Cristóbal, los impacientes marineros se lo querían servir en paella porque no llegaban a ningún Pereira. Lo salvó el grito descomunal de Rodrigo de Triana aquel 12 de octubre de 1492: «¡Tierra!». Gracias a los pájaros que llegaban a posarse en las carabelas, Colón tuvo antes el pálpito de que había tierra cerca. Y aguantó.
Los restos del fundador de Bogotá reposan en un mausoleo de la Catedral de Bogotá.
Foto Rafael Caro Suárez
También los diezmados expedicionarios que acompañaban a don Gonzalo (de 600 que salieron de Santa Marta escasamente llegaron 100) le armaron tropel porque la dieta era peor que la de las FARC (sapos, lagartijas, micos, culebras, caballos y carne de uno que otro cristiano hasta que Jiménez le puso fin al naciente menú basado en desnutridas ancas de español).
Pero el hallazgo de hermosos tejidos de algodón y el encuentro con bollos de sal cuando llegaron a la Tora de las Barrancas Bermejas, Santander, en plena travesía, hizo pensar al ibérico y a sus anoréxicos y pragmáticos pupilos: si hay sal, tiene que haber una civilización avanzada detrás.
Y se lanzaron «a por ella». Con el tiempo y un palito llegaron al reino de los muiscas en la sabana. Si uno queda lelo cuando avista desde el aire la hermosa colcha de retazos que es Bogotá, cómo sería el estupor de los fatigados viajeros que venían del otro lado del charco al ver semejante inmensidad. Pago por ver los ojos que pusieron.
En estas tierras les fue mejor porque nuestros antepasados, anfitriones a la brava, se asustaron tanto con quienes esgrimían por igual la cruz y el arcabuz que les cogieron miedo. A ellos, y a los caballos, nuevos en esta plaza. En vez de condecorarlos con flechas envenenadas, como hicieron durante el recorrido otros indios más celosos de su patio, se rindieron a sus pies.
De hecho, la mano de obra que encontró el hidalgo mariscal y general don Gonzalo —no era ningún pillo como la mayor parte de sus paisanos— fue vital a la hora de fundar Santa Fe y otras ciudades de por aquí. Claro, a los dos, Colón y Jiménez, los movían intereses económicos porque «poderoso caballero es don dinero».
Ante todo les interesaba El Dorado, que sigue perdido. Pero no perdieron la venida pues fue mucho el oro y las esmeraldas que se llevaron; 2.600 metros más cerca de las estrellas, conocieron también las turmas o papas («del tamaño de un huevo más o menos», según don Juan de Castellanos).
Ambos se hicieron acompañar por clérigos para despistar al enemigo. Hoy por hoy, los multimillonarios se hacen perdonar el éxito dedicándose a la filantropía. In illo tempore, el pretexto para arrasar y quedarse con todo era la posibilidad de reclutar «bárbaros» para el Dios de los cristianos. Con lo bien que les iba con sus propias divinidades. De paso, los frailes de la Conquista, como el cronista fray Pedro Simón, se encargaban de convertir en historia epopeyas como ésta de los conquistadores, cuya travesía duró un año entre Santa Marta y Santa Fe.
La noticia del descubrimiento de América se conoció seis meses después en España. El eco era la CNN de entonces. La noticia de la fundación de Santa Fe, su nombre original, también llegó tarde a las europas, a lomo de tortuga, vale decir, de carabelas. La gente tenía tan poca prisa para todo que a los cuarenta años llegaban a viejos. (Don Gonzalo fundó la ciudad a los 38 años, aproximadamente. Apenas unos pocos más que un yuppie moderno. Y murió a los 79 años, en Mariquita, Tolima. Sus restos serían traslados a la Catedral Primada de Bogotá.)
Armas de la ciudad de Santafé de Bogotá.
Grabado de Barreto y dibujo de Urdaneta.
Don Gonzalo, de estampa a lo Velásquez, según uno de sus biógrafos, se las traía. De encopetado linaje, no vino a América «en una escasez que hubo» de clientes. No. Litigaba con éxito en Granada, Valladolid y Barcelona. Pero tenía espíritu aventurero. Por eso se alistó como cabo a órdenes de don Pedro Fernández de Lugo. Supo obedecer como soldado —era valeroso, le arrancaba a todo— y mandar desde el curubito militar.
Tenía una labia de encantador de serpientes que había pulido en los tribunales. Era orador de alto vuelo y plumífero afortunado. Cuando le llegó la hora del retiro en Suesca escribió su Compendio historial, que se perdió. Pero mucho historiador posterior se ganó la vida a expensas de lo que leyó de don Gonzalo. Nadie sabe para quién trabaja.
No tuvo tiempo de aburrirse un segundo de su larga vida. Fue sutil diplomático, como cuando le tocó «batutiar» la encerrona que le querían hacer el dueto Federmán-Belalcázar. Los convenció de que se largaran todos a España a arreglar sus diferencias por todo lo alto, vale decir, ante el rey, al que todos le inclinaban la nuca.
En su patria le tenían montado un tinglado por algunas de sus acciones en Santa Fe. El Adelantado cayó en desgracia. Le cambiaron la cana por destierro perpetuo que finalmente se redujo a tres años. Se dio un sabático por Francia e Italia. Volvió a su patria, le reconocieron sus méritos, y los que regresan a América con el título de Mariscal del Nuevo Reyno. Encontró otra ciudad.
El caballero no nació para la vida regalada. A los 69 años (la edad del erotismo), con vigor de quinceañero virgen, viajó a los llanos en busca de El Dorado (de las fuentes del río Grande no se volvió a acordar). Tres años disfrutó del paisaje llanero, pero de aquello (el tesoro) nada. Regresó pobre y sin soldados, pero honrado.
Y nada que se jubilaba don Gonzalo. De regreso a su base santafereña, le tenían otro chicharrón: pacificar a los indios gualíes. Aquí sí tuvo éxito. Luego viene su postrer refugio en Suesca. Abandona la espada y toma la pluma. Pasa a Tocaima y Mariquita, donde este quijote de carne y hueso le dice adiós a las vanidades del mundo. Gracias, don Gonzalo, por la ciudad de Santa Fe fundada.