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José María Espinosa, pintor bogotano (1796-1883)
Por Santiago Mutis Durán
El tiempo era espléndido, una de esas mañanas vigorizantes, como solamente se ven en las mesetas de las cordilleras.
Jean-Baptiste Boussingault Mémoires
José María Espinosa retratado por él mismo, el 1° de agosto de 1834 en Bogotá. Miniatura, acuarela sobre marfil. Donada por el doctor Eduardo Santos. Colección Museo Nacional de Colombia.
Hay en el Museo del 20 de Julio en Bogotá una miniatura hecha por José María Espinosa de Manuelita Sáenz, delicada y encantadora —la miniatura—, en donde Manuelita a sus veintinueve o treinta años —aparenta cuarenta o más en la obrita— aparece a simple vista con cara caballuna, más o menos horrible, casi ridícula, parecida en algo a los serenos, inexpresivos y abstractos rostros de la inquietante familia que por años ha pintado para nosotros don Antonio Samudio. Pero, si la vemos con la lupa que hay que ver todas las miniaturas, ese caballo viejo desaparece, su prolongada nariz se reduce y su descolgado rostro se acorta, dando paso a una mujer interesante, casi atractiva, severa, que esconde en su cabeza con rulos, mariposas o flores azules, y peineta española, un pensamiento que nos desafía y que deseamos conocer.
Ya nadie parece tomar en serio aquella técnica («óxido de plomo, de color rojo anaranjado») que dio muchas obras de auténtica sabiduría y minuciosa concentración, de precisión psicológica y despliegue de contenida maestría, luminosas y personales. Históricamente, la estocada de muerte se la dio su propia popularidad, que la convirtió en regalo de enamorados o en símbolo de prestigio social. Más tarde, el daguerrotipo la enterró.
Muchos lamentan que José María Espinosa no hubiera podido aprovechar el ofrecimiento que Bolívar le hizo en los breves instantes en que posaba para él: mandarlo a Italia a estudiar pintura. Menos mal nuestra catastrófica política no lo permitió. Aunque disfruto muchas pinturas de nuestros académicos, José María Espinosa le debe lo que es, su misteriosa gracia, su sorprendente penetración —al mismo tiempo que su ingenuidad—, al hecho de no haber pasado jamás por academia alguna. Ella habría esfumado su íntima percepción de las cosas. Espinosa tiene todos los propósitos de la academia: anhelo de perfección, deseo de impresionar, estudiada manera de las posturas, conciencia del presente, amaneramiento en la selección de los temas, adhesión a lo que se cree perdurable socialmente, miedo a la libertad, entrega exclusiva al oficio, desdén de lo expresivo... Pero en todos fracasó; su deliciosa precariedad y su fascinación por la pintura le dieron un aura radiante, profundamente humana, esquiva por completo a la academia, que la hubiera apagado como quien sopla la llama de una vela.
Retrato de Manuelita Sáenz, por José María Epinosa.
Acuarela sobre marfil, circa 1828.
Cortesía Casa Museo Quinta de Bolívar.
Pero volvamos a Manuelita: existe en Antioquia otra miniatura de Espinosa —en verdad un óleo de siete centímetros de alto— donde Manuelita aparece absolutamente deslumbrante, irresistiblemente bella. Pintada por el mismo año que la miniatura caballuna, aquí es una criatura sensual, de rostro oval, terso, boca delicadamente carnosa, dulcemente voluptuosa, hermosos pómulos, cejas espesas... Y los ojos —¡qué mirada!— más hermosos del mundo. Tanto revuelo causó en su juventud, en la más temprana y en su espléndida madurez, que tiene que haber sido una mujer profundamente atractiva; dicen los que saben que tenía un espíritu libre, franco y alegre, virtudes extraordinarias que suelen propiciar la envidia, la enemistad y la ingratitud, como en efecto sucedió con su generoso espíritu independiente. Fuimos estúpidamente crueles con esta persona espléndida al abandonarla de manera imperdonable a la miseria.
Había nacido el año del terremoto en Quito, y desde el colegio la llamaban —a sus espaldas— «la bella bastarda». Cuando Bolívar la conoció, abrió sorprendido sus grandes ojos al encontrarse de igual a igual con una mujer. Ella ya había visto la guerra, de la que había huido su padre, un monárquico español al que perdió demasiado pronto, y así fue mejor: los miembros del Consejo Revolucionario
[...] fueron bajados de la horca todavía con vida, se les decapitó y se colocaron sus cabezas en jaulas de hierro que fueron exhibidas por toda la ciudad, [y] sus corazones, arrancados de los cadáveres, fueron a parar a una caldera que hervía en el centro de la plaza. Por órdenes del virrey, estas ceremonias fueron presenciadas por todas las familias de los condenados.
Ella conocía los gritos y los lamentos. Espinosa también; por eso no hizo de la miniatura un lindo objeto para lucir entre los pechos a un héroe o a un favorecedor. Era apenas un año mayor que Manuelita. Vivían muy cerca el uno del otro: ella en la Quinta de Bolívar; él en una amable casa con su familia, tres calles abajo. Había aprendido de joven en la prisión «a preparar varios colores de los que los indios usaban para sus tejidos».
Ahora que la pintura nada significa para los «artistas» contemporáneos, más valoro y quiero la obra de José María Espinosa; ese bogotano, para mí, símbolo del artista, de la vocación, del amor a un oficio, de la dedicación y la fidelidad a una visión de lo vivido, cautivo en una realidad y en un tiempo a los que puso a salvo de nuestra negligencia por la insondable gracia de un pequeño don: la pintura.
José María Espinosa le debe lo que es, su misteriosa gracia, su sorprendente penetración —al mismo tiempo que su ingenuidad—, al hecho de no haber pasado jamás por academia alguna.
Santiago Mutis Durán
Agradecemos al Museo
Nacional de Colombia y a la
Biblioteca Luis Ángel Arango del
Banco de la República,
las fotos de las miniaturas y cuadros del
artista bogotano José María Epinosa
José María Espinosa. Acción del Castillo de Maracaibo. Circa 1840, Óleo sobre tela
Retrato de mujer.
Sin fecha. Acuarela sobre marfil. Miniatura
Retrato de Simón Bolívar. Circa 1830. Óleo s ob re tela
Antonio Ricaurte. Circa 1830. Acuarela sobre marfil. Miniatura
Batalla de Tacines.
Circa 1850. Óleo sobre tela
Juanambú año de 1814 .
Circa 1848. Acuarela sobre papel barnizado.