Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte Carrera 8ª Nº 9-83
Teléfono 2428380
Dirección electrónica: ciudadviva@scrd.gov.co
Bogotá en los años setenta
Por Héctor Abad Faciolince
Cara
Llegué a vivir en Bogotá a mediados de 1977. Tenía 19 años y, más que ganas de vivir en la capital, tenía ganas de irme de Medellín, la ciudad donde había vivido desde que nací. En los exámenes de admisión a la universidad yo había pasado a medicina tanto en la de Antioquia como en la Javeriana, pero escogí esta última para cumplir el reto de vivir solo y lejos de la casa. Era la primera vez que no vivía bajo el mismo techo con mi familia, y en Bogotá me instalé en lo mejor que pude conseguir sin gastar demasiado, una casona lúgubre y maloliente, las Residencias Goya, que quedaba cerca de la universidad, casi al frente de la vieja Embajada de Estados Unidos, en la carrera 13 con la calle 34 ó 35.
Desde el mismo día que llegué a la Javeriana, supe que estaba en el lugar equivocado. Recuerdo que el padre rector se dirigió a los nuevos alumnos de medicina:
—Aquí —dijo— ustedes pueden pensar lo que quieran. Pueden ser liberales, conservadores, socialistas, incluso pueden ser comunistas. Lo único que no pueden ser aquí es ateos. Si alguno de ustedes no cree en Dios, le pido que lo declare ahora mismo y no entre a esta universidad pues le estaría quitando el cupo a una persona decente.
Siempre me arrepentí de no haber tenido el valor de levantarme, en ese mismo instante, y declarar en público lo que todos mis amigos sabían: que yo era ateo. No fui capaz, pero desde ese momento supe que la Javeriana no iba a ser un lugar para mí en este mundo.
Mantener un hijo estudiando en Bogotá era un gasto muy grande para mi familia y yo me sentía culpable porque en la Universidad de Antioquia, por ser hijo de un profesor titular, habría podido estudiar muy barato, con media beca. La Javeriana, en cambio, una universidad privada, costaba muchísimo, y además era necesario pagar la mensualidad en las Residencias Goya, que incluía un cuarto compartido y las tres comidas diarias. El menú en la pensión era idéntico todas las semanas, pésimo en general, pero asqueroso para mí los martes y los jueves, sobre todo en esa época, pues por el mismo hecho de estudiar medicina me repugnaban las vísceras: los martes daban hígado y los jueves mondongo. Todavía hoy, cuando me llega un olor parecido al del hígado de la pensión bogotana, me dan bascas. En el anfiteatro donde se estudiaba anatomía, una vez los estudiantes más grandes me hicieron una broma: me habían metido al bolsillo de la bata un pedazo de hígado cercenado de un cadáver. Lo encontré por la noche al volver a las goyescas Residencias Goya.
Para que mis padres no gastaran tanto en mí, resolví no comprar los libros de la carrera y eso fue un desastre para mi rendimiento académico. Iba a estudiar en la biblioteca, pero no siempre estaban disponibles los libros de la materia y los apuntes de clase no bastaban. Mis notas en bioquímica y en biología eran pésimas y en las demás materias apenas aceptables. No me acuerdo del nombre de uno solo de mis compañeros de clase. Sólo recuerdo que había una muchacha de Neiva, que era la más estudiosa, de un muchacho que se estaba quedando calvo a los 18 años, y de una muchacha de origen santandereano que una vez me llevó a comer a la casa de su madre, una señora muy elegante. En el almuerzo la señora dijo: «Si uno va a París y no come en Maxim’s, entonces no ha ido a París». Yo comenté, impertinente: «Entonces la mayoría de los parisinos no han ido nunca a París». No volvieron a invitarme.
Dormía en el tercer piso de la pensión Goya con un muchacho de Cúcuta que estudiaba arquitectura y tenía dos vicios constantes e insaciables: fumar marihuana y hacerse la paja. El olor de la marihuana me disgustaba, y sus pajas matutinas me despertaban. Las paredes estaban descascaradas, los pisos de madera oscura chirriaban con nuestros pasos, el aire que se colaba por las rendijas era una herida de viento helado. Creo que no hubo un solo día, en todo ese semestre, en que yo viera el sol. Para mí, llovía siempre. A veces un amigo me llevaba de paseo por las afueras de Bogotá. Sabía de mi angustia y me llevaba al campo. Se llamaba Roberto Zarama Urdaneta y me gustaba ir a su casa porque sabía muy bien inglés, me leía sonetos de Shakespeare y tenía la Encyclopædia Britannica en la edición célebre del año 1911. Yo les escribía largas cartas a mis amigos y amigas de Medellín. Me burlaba de ellos. Una vez les escribí que había vuelto al seno de la religión y que pensaba irme a vivir a una residencia del Opus Dei que quedaba en la séptima. Me llamaron alborozados, felices de mi conversión a la verdad y a la religión verdadera: les solté una carcajada.
Una noche, con el compañero de cuarto de Cúcuta, fuimos donde las putas. Era la primera vez que yo iba donde las putas. Nos metimos tres en el mismo cuarto. El otro era un primo que había llegado de Medellín a compartir la tristeza conmigo. La puta me olía a orina, me dio asco y no se me paró. Escribí mi primer cuento sobre esa triste experiencia. Desde entonces no he vuelto nunca donde las putas y espero no tener que pagar nunca más en la vida para que se acuesten conmigo. Antes prefiero volver al vicio solitario del cucuteño.
Decidí dejar la carrera de medicina cuando en la Javeriana nos llevaron al manicomio de Sibaté. Era un zoológico humano, con locos amarrados en jaulas con cadenas de hierro, con patios de mujeres desnudas y untadas de mierda, con dementes que llevaban quince años repitiendo siempre el mismo sonsonete. En el patio de las mujeres yo había entrado con mi bata blanca de mediquito en ciernes. Una mujer desnuda me vio y me persiguió gritando: «Es mi hijo, mi hijito lindo, mi hijito». Me cogió en sus brazos y me cargó. Me dieron náuseas y tuve que salir corriendo de ahí. Me acosté en una banca de madera y supe que ya nunca más estudiaría medicina. Decidí terminar el semestre (lo pasé raspando) y volver a Medellín. También me prometí que nunca más viviría en Bogotá. Hasta hoy lo he cumplido.