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Bogotá en la valija del recuerdo
Por Juan Manuel Roca
Sello
Bogotá son muchas bogotás. Si alguien piensa en el Liévano como edificio emblemático, o quizá en el Palacio de San Francisco (en mora de ser Palacio de Bellas Artes), a lo mejor lo que le gusta no es Bogotá sino París, o mejor la réplica del estilo parisino traído por Gaston Lelarge a la ciudad en los años veinte.
Y está en todo su derecho.
Si lo que lleva en el equipaje de la memoria es el edificio Pedro A. López, obra de un arquitecto gringo llamado Farrington, lo que ama es la impronta cubista de algunas edificaciones del viejo Chicago.
También está en su derecho.
Los más viejos habitantes de Bogotá se solazan al trazar un mapa del olvido. Por ejemplo, el busto de Pasteur en la terraza que lleva su nombre y que es lo menos pasteurizado del mundo: unos peldaños desportillados y una reventa de pesadillas. O la fuente que hizo Francisco Antonio Cano en el Parque de la Independencia y que ahora sólo gotea en una foto de época. O quizá, sublimándolo, el Convento de Santo Domingo y hasta su remplazo, el Murillo Toro, ahora sin gradas pero no degradado.
Foto Mariela Agudelo
Claro que están en su derecho.
Habrá quien diga que lo más memorable de la ciudad es Teusaquillo, sus casas de estilo inglés con techos inclinados para que caiga la nieve. Y recordará que «Londres es como Teusaquillo pero sin amigos».
Casi nadie dejará de llevar en su equipaje mental, en la valija de sus recuerdos, la virreinal Candelaria, un pueblo metido en la ciudad, un ámbito cargado de pasos de mula y espantos y casonas donde habitaron desde «Custodia la emparedada», hasta el cojitranco virrey Sámano.
Con ello se llevará un buen botín de recuerdos.
Mi equipaje emotivo se complica pues quiero llevar en la maleta de viaje un trozo de la neblina que se ubica exactamente a las cinco de la tarde entre Monserrate y Guadalupe, como expulsada del Páramo de Cruz Verde.
Imagínense, por ejemplo, estar en una playa del Caribe y abrir la maleta y sacar un poco, aunque sea un poco de niebla del altiplano. A mí, perdonen que nadie me lo esté preguntando, me habita Bogotá, su belleza envuelta en piel de asno. Amo sus tardes de verano que acuestan un sol estridente mientras se reproduce en los cristales de los altos edificios un color cobrizo, asalmonado por el ladrillo al desnudo. Pero también disfruto el cortinaje de la lluvia que nos hace resguardar entre mantas y silencios. Me habitan los espacios de Salmona. Me habitan sus montañas que rematan el nacimiento del oriente.
Tener las montañas en nuestros hombros, respirándonos, es un placer de príncipes. ¿Si Dios es el rey de la creación y somos hechos a su imagen y semejanza, como qué venimos siendo? Pues príncipes. Yo pido ese principado en las cabeceras del zipa, en las tierras del cóndor.
La memoria, lo sabe hasta el doctor Alzheimer, es selectiva, así que también es bueno señalar un mapa de lo que no quisiéramos llevar de la ciudad en el recuerdo. Lo primero que se me ocurre es el parque de la 93, que más que un parque parece una maqueta.
Desde que llegué a Bogotá no he hecho otra cosa que descubrirla. Y no acabo. Una tarde descubro los vitrales de la Iglesia del Carmen. Otra, los restos de María Gauguin, la hermana del pintor, nietos ambos de Flora Tristán. Un domingo, las palmeras de cera del Jardín Botánico. Otro, la Calle de Las Mandolinas o la casa donde vivió la extraordinaria Manuelita Sáenz, «la libertadora del Libertador» que moriría como Simón Rodríguez en la más crasa miseria. Ella vendiendo tabacos en Paita, Rodríguez vendiendo velas para alumbrar lo que quedaba de libertad.
Saber que por acá anduvieron José Asunción Silva y sus sombras largas, el gran romántico Rafael Pombo, el feroz Vargas Vila, el filólogo Rufino José Cuervo paladeando una palabra antes de irse a morar en el Cementerio del Père Lachaise, la mirada lúcida de Hernando Téllez, la salacidad de los escritores costeños Héctor Rojas Herazo y Germán Espinosa, un trío de provincianos llegados del Quindío y de Antioquia como fueron Luis Vidales, Luis Tejada y Ricardo Rendón jalonando el tren de la modernidad en los años veinte, no es poco arsenal para el recuerdo.
Tampoco son olvidables sus miserias. Las hordas de perros de Nadie, los mendigos en sus esquinas (hay más mendigos que esquinas), el recuerdo de los bogotanos que le gritaban a Bolívar «longaniza», el sitio donde cayó asesinado Uribe Uribe, la herida sin cerrar del 9 de Abril, un palacio en llamas que aún humea en la memoria.
Bogotá son muchas bogotás. Hay quienes fuera de ella ni siquiera se quejan, pues no encuentran el Mono de la Pila.