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Bogotá vive y goza en sus localidades
Por Otty Patiño Observatorio de Culturas
Foto cortesía de Diego Amaral
La actual estructura administrativa de Bogotá es hija de la Constitución de 1991. En efecto, el acuerdo 2 del 29 de enero de 1992 creó las veinte localidades en que hoy se divide Bogotá, lo mismo que las Juntas Administradoras Locales, elegidas mediante voto popular. Fue un importante paso a la descentralización, considerando su crecimiento acelerado: en el año 1900 Bogotá tenía un área urbana de 260 hectáreas con una población de 96.605habitantes, y pasó a convertirse en un distrito con un área urbanizada de 34.112 hectáreasy una población de 6.865.997 habitantes según el censo del DANE del año 2003. Es decir, en cien años Bogotá multiplicó 131 veces su territorio urbanizado, y su población 71 veces.
Pero este crecimiento geométrico tuvo y tiene otras connotaciones territoriales, sociales y culturales, algunas de ellas poco conocidas. Por ejemplo, no son muchas las personas que saben que la mayor parte del territorio del Distrito Capital de Bogotá es rural. La sola localidad de Sumapaz abarca una extensión de 75.756 hectáreas que representan el 42% de las 177.944 hectáreas de todo el distrito. Y no toda esa población rural es homogénea; muy diferentes son los campesinos que cultivan la papa en Sumapaz y Usme de los que habitan y cultivan las flores en la zona rural de Suba.
La población urbana también ha cambiado sustancialmente. La caracterización que otrora se hacía de Bogotá era encarnada en dos personajes. El cachaco, un ser melifluo que encabezaba todos sus diálogos con el «ala», un tanto hipocritón, de fina ironía, no siempre rico pero, en todo caso, muy cuidadoso de las apariencias. Y el rolo de pueblo, un ser recursivo y sarcástico cuya últimas y más exitosas representaciones las hizo Jaime Garzón con dos personajes: el celador Néstor Helí, del Edificio Colombia, y el lustrabotas Heriberto de la Calle, de grata y nostálgica recordación para los televidentes.
Esas dos personificaciones, la del cachaco y la del rolo, correspondieron a dos territorios entonces claramente definidos: el norte de la ciudad, que empezó su primera expansión residencial en los barrios Teusaquillo y Chapinero, donde los señores de plata y de poder empezaron a construir sus residencias de arquitectura inglesa; mientras al sur empezaba la primera construcción de un barrio obrero, el San Cristóbal, alrededor de las primeras industrias capitalinas. En unas y otras el muro artesanal de ladrillo puso su impronta por encima de las diferencias sociales.
Estos personajes y esta caracterización son ya un recuerdo cuya huella todavía es notable pero ha sido trascendida por fuertes acontecimientos y nuevas realidades. En su ensayo sobre Los Mártires, una de las tres localidades que conforman el actual centro de Bogotá, con La Candelaria y Santa Fe, Freddy Arturo Cardeño nos relata el proceso de transformación de la capital a partir de la hecatombe social, política y urbanística que ocurrió el 9 de abril de 1948, mediante la cual Bogotá inició su vida metropolitana rompiendo con los últimos vestigios aldeanos.
Este crecimiento poblacional de Bogotá dejó de hacerse en el eje norte-sur y empezó a expandirse hacia el occidente con Kennedy, Engativá, Bosa, Barrios Unidos, Suba, y se debe, en buena parte, a la gente que llega a Bogotá en busca de mejores oportunidades de vida o simplemente buscando conservar su vida. Todos estos fenómenos de migración, los violentos y los no violentos, han enriquecido a Bogotá con gente que trajo consigo sus culturas, sus expresiones, sus acentos, estableciendo relaciones entre sí y haciendo de la capital una urbe diversa, intercultural y hospitalaria.
Además de sus propias expresiones, en Bogotá se replican también los carnavales regionales, el de Barranquilla o el de Negros y Blancos de Pasto, pero también se afirman opciones no heterosexuales como la Marcha del Orgullo Gay de origen neoyorquino, cuya duodécima celebración el 29 de junio de este año coincidió con el Reinado Nacional del Bambuco en Neiva, una festividad tradicional de los colombianos. Los jóvenes, por su parte, tienen en Bogotá la posibilidad de asumir expresiones estéticas rebeldes, para romper con las monotonías de lo rutinario, de lo viejo, de lo trajinado, sin que ello signifique el repudio social del que podrían ser objeto en otros lugares. También, y a contrapelo, en Bogotá se puede disfrutar del anonimato; eso es también un goce para quienes aborrecen el control riguroso de las vecindades pueblerinas.
Gracias a los esfuerzos de todos los que residen en Bogotá y a sus buenas administraciones, la cultura ciudadana, el respeto por la vida, la garantía de los derechos sociales, la consideración con el más vulnerable (la mujer embarazada, el adulto mayor, el niño, el discapacitado) han hecho de Bogotá una ciudad más amable, más solidaria y más humana.
Ese compromiso de la gente con esta ciudad, esa ciudad comprometida con su gente, es lo que se va a expresar, con toda su fuerza, en este mes de agosto, en la fiesta de amor por Bogotá.
Este artículo se hizo con la colaboración de Óscar López, Martha Amorocho, Ivonne Rico y Diana Sandoval, miembros del equipo de articulación de la Subdirección de Prácticas Culturales de la Secretaría de Cultura, Recreación
y Deporte.
Fuente:http://bogotanisimo.com/bogota/historia.htm
Secretaria Distrital de Hacienda, Bogotá.gov.co, Portal Oficial de la Ciudad.