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ADORACIÓN DE LOS PASTORES – ÓLEO SOBRE TELA DE GREGORIO VÁZQUEZ DE ARCE
Y CEBALLOS, SIGLO XVII. EN LAS PÁGINAS CENTRALES DE NUESTRO MAGAZÍN MOSTRAMOS
UNA SERIE DE FOTOS DEL PESEBRE DE LA ESCUELA QUITEÑA DEL SIGLO XVIII,
EN MADERA TALLADA Y POLICROMADA. TANTO ÉSTE CUADRO COMO LAS ESCULTURAS SE
PUEDEN ADMIRAR EN EL MUSEO DE ARTE COLONIAL.
FOTO DE ÓSCAR MONSALVE
Hace ya varios años que a Bogotá se le despertó de nuevo el
gusto por la Navidad. Después del proceso de transformación que dotó a la ciudad de parques, ciclorrutas, bibliotecas y alamedas, la capital se dejó contagiar de un espíritu navideño que durante décadas le había sido esquivo.
Engalanada con luminarias y adornos multicolores, la ciudad revivió así la alegría de la Navidad. Sus parques se llenaron de luz y brillo y símbolos de la ciudad como Monserrate, la plaza de Bolívar y TransMilenio, adornados con miles de luces y estrellas, se convirtieron en punto de encuentro de todos los ciudadanos.
Así nació una nueva manera de reencontrarse con Bogotá. Surgieron las caminatas nocturnas para apreciar en familia la iluminación navideña (un plan que en Bogotá estaba en el olvido), llegaron los paseos en chiva por la ciudad y los coros de villancicos, los pesebres en vivo y las novenas revivieron el ambiente decembrino.
Sí, las navidades en Bogotá ahora son diferentes. La alegría, la música y el bullicio rondan por sus calles y avenidas, atrayendo a turistas y visitantes. Una ciudad que, gracias a la Empresa de Energía, luce una de las mejores iluminaciones navideñas del país y que ofrece cada diciembre una variada agenda de actividades promovidas por el Instituto de Cultura y Turismo y el de Recreación y Deporte, que incluyen la tradicional Ruta del pesebre, novenas en los parques y coros navideños, cine y ferias populares. Una fiesta que se iniciará el 7 de diciembre, con la celebración de la Noche de las velitas en los Parques la Gaitana, Tunal y Simón Bolívar, y que se extenderá hasta el 23 del mismo mes, cuando el espíritu de la Navidad se haya tomado todos los rincones de la ciudad. Un espíritu que no solo iluminará el entorno urbano sino que tendrá una misión más importante: encender el corazón de todos los habitantes de Bogotá.
La cultura está presente en todos los ámbitos de la vida: el idioma, la comida, la música, la tradición oral, la literatura, los programas de televisión, el baile y la manera de expresarnos. Muchas de esas manifestaciones culturales generan mercancías como libros, discos, videos, películas, software y, en general, obras literarias o artísticas. Estas expresiones culturales deben sobrevivir y perdurar gracias, entre otros, al Estado, responsable de gene- rar las condiciones para el ejercicio efectivo de los derechos culturales de todos los ciudadanos, garantizando políticas de fomento y apoyo para la promoción de los artistas y de la cultura de un país.
Los Tratados de libre comercio (TLC) responden a las necesidades de un mundo globalizado, en donde lo fundamental es la relación entre la oferta y la demanda, es decir, la venta y el consumo —independientemente de su calidad— de productos (mercancías) entre dos o más mercados —por lo general asimétricos— con lo cual se busca generar utilidades. Pero el mercado no tiene en cuenta que los productos culturales tienen una característica especial: su contenido. Este contenido es un factor determinante para darles un tratamiento especial.
Como además la cultura no debe limitarse a la iniciativa del mercado, y el Estado debe proteger a la cultura de ser tratada como una simple mercancía, consideramos que respaldar una reserva cultural en el marco de las negociaciones del TLC con Estados Unidos es fundamental, pues con ella se defendería el carácter particular de la cultura frente a los diferentes bienes y servicios del mercado.
La reserva cultural le daría a Colombia la posibilidad, ante la inminente firma del TLC, de tener autonomía para dictar y desarrollar sus propias políticas culturales, así como para proteger las obligaciones constitucionales del Estado: resguardar el patrimonio cultural, mantener el privilegio de los pueblos indígenas y garantizar tanto la diversidad cultural como el acceso a nuestras expresiones culturales, entre otras. De igual manera, con la reserva cultural Colombia lograría mantener la potestad del Estado para proteger sus industrias culturales frente a prestadores de servicios o inversionistas estadounidenses y preservar a la creación, la producción y distribución cultural, sin excluir al sector educativo y al de las telecomunicaciones. La reserva cultural tiene además como finalidad lograr que los subsidios y programas de apoyo gubernamentales a las industrias y expresiones culturales que existen en nuestro país o que puedan existir hacia el futuro se excluyan de la negociación.
Reiteramos, por lo tanto, la necesidad de defender una reserva cultural que no excluya ninguna de las manifestaciones o sectores del campo cultural y que proteja las expresiones de la misma en cualquier soporte técnico o mediante cualquier medio de transmisión.
Así lo considera nuestro Alcalde Mayor, Lucho Garzón, cuya postura ante el tema es coherente con nuestra Bogotá sin indiferencia, y así se ha asumido desde el Instituto Distrital de Cultura y Turismo, entidad que, junto al sector cultural, trabajará con ahínco para defender la reserva cultural dentro de las negociaciones del Tratado de libre comercio.
Martha Senn
CARTA DEL LECTOR
Doctora Martha Senn
Directora General Ciudad Viva
El periódico del Instituto Distrital de Cultura y Turismo se ha distinguido por su apertura sin cortapisas y su falta de prejuicios, tanto desde el punto de vista sexual como social, mostrando una verdadera liberalidad (en el verdadero sentido de la palabra).
Sé que la labor feminista de Juanita Barreto es admirable pero, por favor, dígale que no bote corriente tratando de cambiar el lenguaje, y le voy a dar una razón contundente: no sirve para nada.
La distinguida profesora española, Soledad de Andrés Castellanos, que se ocupa profesionalmente del lenguaje sexista, ha publicado lo siguiente aquí en España, donde resido:
“El igualitarismo lingüístico, cuando excepcionalmente se produce, no garantiza por sí mismo la equiparación social. Ángel López García ha recordado el caso del quechua, lengua indígena hablada por cerca de diez millones de hablantes, en la que la estructura morfológica del género se presenta como claramente igualitaria; o el del goajiro [sic], lengua indígena de Colombia y
Venezuela, donde el femenino es el término genérico. Sin embargo, su orga-nización social es absolutamente patriarcal, pues allí «los que mandan, como en el resto del país que habla español, son ellos y no ellas.»
Con mi admiración, Josefina Restrepo de Jaramillo
Mensaje recibido por Internet desde Madrid, España
Un saludo para (mi) Ciudad Viva:
Quiero, primero, felicitarlos por la publicación y, en particular, por la versión para Internet, de agradable y fácil lectura para aquellos que nos alimentamos de la nostalgia en el extranjero.
Segundo, decirles simplemente: ¡GRACIAS! Por los artículos, las imágenes, la visión de una ciudad más viva que nunca.
Deseándole una larga vida a Ciudad Viva,
Leonardo Torres
Via Internet, desde París, Francia.
Señor Director:
Esta comunicación es para opinar sobre el artículo La guerra [gramatical] de los sexos. Qué forma tan espectacular de poner en el debate un tema que a muchos y a muchas nos produce a veces satisfacción y a veces escozor, cuando nos enredamos buscando la mejor forma de decirlo para no herir susceptibilidades.
La respuesta de la doctora Juanita Barreto, sencillamente hermosa. Y qué me dice de lo que, aunque usted diga no es una respuesta, escribió en la bonita publicación de Ciudad Viva.
Estos enredos de género sólo nos pueden llevar, a ustedes y a nosotras, a la tolerancia y a construir vida a través de la reconciliación.
Florángela Herrera R.
Desde Bogotá, por correo electrónico