Hernando Valencia Goelkel : 50 años del mito de Mito por Nicolás Suescún
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PORTADA DEL PRIMER NÚMERO DE LA REVISTA BIMESTRAL DE CULTURA MITO, 1955
Durante poco más de cuatro décadas Hernando Valencia Goelkel (1928-2003), el gran crítico y traductor, estuvo en el centro de nuestra vida literaria, hecho desapercibido, sin embargo, debido a su modestia, discreción y altiva independencia. En las letras encontró una dedicación exclusiva como ensayista, editor y colaborador de las principales revistas, comentarista de cine, traductor del inglés, el francés y el italiano, y fugaz burócrata y docente. Publicó cinco libros de reseñas y ensayos —Crónicas de cine, Crónicas de libros, El arte viejo de hacer novelas, Lección del olvidado, y Oficio crítico— ninguno compilado por él mismo.
Estudió letras en España, pero su verdadera educación la obtuvo en sus lecturas. Después de conocer bien la literatura española, aprendió idiomas para leer a Stendhal, Swift, Lowry, Waugh, Cyril Connolly, Pavese, Scott Fitzgerald, sobre los que escribiría agudos ensayos; y a Sartre, Camus, Eliot, Lowell, Auden, Nabokov, Hemingway, Faulkner, Henry James, es decir, muchos de los escritores de primer orden del siglo veinte, y por supuesto a los clásicos franceses, ingleses e italianos y de otras lenguas, leídos todos con fruición y juicio. Confesó haber tenido una «devoción permanente por la poesía» y sentir «fervor» por la literatura, y vivió siempre en permanente vigilia, curioso por la historia y por la actualidad.
Su regreso de España, a los 27 años, coincidió con el de su amigo, Jorge Gaitán Durán, que estaba en París. Fundaron entonces la revista Mito con el ostensible propósito de «aceptar el mito en su plenitud y más fácil torcerle el cuello». En el editorial del primer número decían: «Nuestra única intransigencia consistirá en no aceptar nada que atente contra la condición humana.»
Socarrón —detestaba el énfasis y la retórica— años después Valencia Goelkel pondría las cosas en la tierra, en su conferencia, Nuestra experiencia de Mito. Contó que cuando Gaitán Durán le propuso hacer una revista le dijo que se llamaría Mito, sin poder explicarle por qué, así que pusieron en el editorial «una frase medio deshonesta y tortuosa diciendo que la revista se iba a ocupar de desmitificar una serie de valores y prejuicios y todo eso, pero fue por decir algo. Jorge se había enamorado del término y yo también.» Y encontró el primer editorial «lleno de solemnidad, de pompa y de pretensión.» Pero Valencia Goelkel no pudo dejar de desconocer que la revista fue en realidad, como dijo Hernando Tellez, «el antimito nacional,» por incluir escalofriantes testimonios sobre la vida cotidiana y ocuparse de política y del cine como un medio propio del siglo y que merecía igual atención que la literatura. Trataban esos «Testimonios» y «Documentos» sobre la situación de la mujer, las cárceles, el homosexualismo y otros temas sobre la realidad cotidiana completamente desusados en las revistas colombianas.
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HERNANDO VALENCIA GOELKEL, FOTO DE JORGE MARIO MÚNERA
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HERNANDO VALENCIA GOELKEL Y SU HIJO
FOTO CORTESÍA CASA DE POESÍA SILVA
También escribió Tellez que Mito publicaba pensamientos contrarios al de sus redactores, solo con una condición, «que lo digan con un mínimo de dignidad intelectual y otro mínimo de corrección literaria.» Fue así como publicó una larguísima carta de Darío Mesa denunciando a la revista como portavoz de la «clase moribunda de la burguesía,» y otra de Darío Ruiz Gómez en la que la llamaba una «farsa» cosmopolita que ignoraba la «realidad nacional». Injustas críticas: la realidad nacional estaba y en qué forma en Mito, no sólo en textos como los de Gaitán o los de Téllez sobre la conciencia burguesa, sino ante todo en «documentos» como la Historia de un matrimonio campesino donde, como escribió Cobo Borda. «todo está allí, subdesarrollo económico, físico, mental y sexual; y también, claro está, el erotismo: candados, alambre de púas».
En cuanto al cosmopolitismo, fue lo que permitió que Gaitán Durán y Valencia Goelkel hicieran, en la aislada y pacata Bogotá, una revista que estaba tan al día como cualquiera del mundo, que publicara a Octavio Paz al lado de Antonio Gramsci, a Jean Ge-net, de Camilo Torres, a Luis Cernuda del marqués de Sade, a Malraux de Orlando Falls Borda; o Un corazón bajo la sotana, de Rimbaud y El coronel no tiene quien le escriba de García Márquez; o a los nadaístas —en el último número— cuando apenas empezaban a escandalizar al país.
En Mito publicó Valencia Goelkel su primer gran ensayo, Destino de Barba Jacob —donde equipara la rebelión con un sórdido conformismo— reseñas de libros y de cine, y traducciones. Ya la crítica era para él una hermenéutica que implicaba un conocimiento completo de la obra, un empeño sintético, «una empresa de claridad conceptual y expresiva,» y además una labor de descubrimiento y desmantela-miento del mito que siempre esconde a los escritores famosos, pero también el deseo de compartir el placer de la lectura y una amable incitación a ella.