Durante años, Juan Carlos Garay ha dedicado todo su interés, sus lec
turas y estudios, a la buena música.
Es un melómano universal, cosa rara en un medio donde se ha pensado desde hace tiempo que el buen oyente de música clásica no puede violar su devoción pasándose a otros terrenos. Garay ha explorado lo clásico, el jazz y el rock. Pasó un tiempo en la Voz de América. Es un traductor excelente de la revista El Malpensante, entre otras. Y escribe.
Su primera novela, La nostalgia del melómano, una novela de 288 páginas, es un relato de suspenso donde los personajes viven el mundo del disco de larga duración, su mística y su misterio. Y resulta que la nostalgia de ese melómano es ahora doble, porque es un mundo en vías de desaparición. Antes, el larga duración, el lp, se había sumido en el torrente del cd. Hoy, el cd se sume en las aguas procelosas del dvd de laser azul y del ciberespacio.
Es decir, ya no habrá ni carátulas ni notas ni mucho menos rayones ni scratch. El actual sistema de compresión mp3 pone ahora a disposición del interesado el arsenal inacabable de la música grabada, a veces completamente gratis. Pero habrá siempre un nostálgico que aún tiene tornamesa (léase tocadiscos); que limpia amorosamente, como acariciándolo, su larga duración; le aplica cinta pegante a las carátulas para remozarlas y, para preservar su tesoro, lo repite en cd.
Para ese amante de 115 años de sonido grabado está escrito el libro de Juan Carlos. Él pone a prueba la alta fidelidad de quien ha tenido el placer y el privilegio de nacer en medio de los discos viejos, de larga duración, llamados de vinilo. Y aquí sí que cabe la célebre frase de Talleyrand: «Quien no vivió antes de la Revolución no supo jamás lo que es la dulzura del vivir.» En nuestro caso, quien no conoció el larga duración jamás exploró la magia del disco.