Hace ya siete años que desapareció el gran escritor antioqueño, Manuel Mejía Vallejo, y su familia ha hecho una fundación que lleva su nombre, dirigida por su hija María José, para divulgar su obras y hacer programas culturales.
Fuimos entrañables amigos y yo, que no asisto a funerales ni a bautizos ni a matrimonios (no fui al mío, y esa es mi mejor disculpa) quise ir a despedir a mi amigo Manuel. No sé, pues, si los otros funerales son tan alegres: había música y sus hijas, bellísimas, llevaban las minifaldas más cortas y las piernas más largas que sea posible imaginar y, a manera de explicación no pedida, me dijeron: «A mi papá le hubiera gustado vernos así». O, como dijo un amigo de ellas, «llevaban más largo el pelo que las faldas.»
El negro Willy —su amigo de siempre— le cantó con voz de Paul Robeson un sentido negro spiritual. A Manuel, el hombre más sordo que he conocido —musicalmente hablando— le encantaba la música, sobre todo los tangos y los despechos. Su mujer, Dora Luz, acompañándose con la guitarra, le dijo adiós con su bella voz ronca, más enronquecida por el dolor:
Todo lo que quise yo / tuve que dejarlo lejos,
siempre tengo que escaparme / y abandonar lo que quiero… ¡Y qué esfuerzo tan macho el que tuvo que hacer Manuel para no servirse un ron!
Solía decir Manuel Mejía, entre trago y trago de ron con Coca–Cola, frases como: «Calma, pueblo!» O, a grito pela'o: «¡Ah bueno morime p'alquilar mi casa.» Y terminaba anotando, en serio tono jocoso: «Uno se muere cuando lo olvidan.»
Allá en Ziruma, su casa de campo (el Cielo, para los guajiros) está su tumba, que los amigos riegan con generoso ron y en muchas otras partes estamos sus amigos, recordándolo. O sea, que Manuel no ha muerto.
Sobre mí crecerá la maleza
Porque un día me cansó la voz
escogí el eco de esta gruesa rama.
Sobre mí crecerá la maleza.
Un día sus raíces renunciarán
a lo que fue mi cuerpo.
Entonces
la paz será conmigo. Tal vez
entonces, tal vez
sabrán cantar los pájaros
sin que duela su silbo.