Yo no quiero que me maten, ni de riesgos,
pero tal vez esa no sea la peor de las muertes; e incluso, si me matan, puede que sirva para algo.
Héctor Abad Gómez
Este libro desgarrador habla del abandono, la indiferencia, el miedo, la injusticia y, por supuesto, del olvido. Esta última obra de Abad Faciolince, que narra la vida de su padre, Héctor Abad Gómez, vilmente asesinado en 1987, es una sentida reflexión sobre la sociedad colombiana. El relato, atravesado por las preocupaciones de un médico que se dedicó a luchar por la justicia y la igualdad social, que sufría con el hambre de los pobres y con la indiferencia de los ricos, es una historia escrita con valor y con ternura, que nos invita a no olvidar y a alzar la voz aún en medio del terror.
Cuenta el autor que su padre
defendía, a capa y espada,
que la medicina preventiva, la
enseñanza de la higiene, la
construcción de acueductos,
era más importante que gastar
la plata en aparatos
sofisticados para los
hospitales. «Decía que la sola
medida de dar agua potable y
lecha limpia salvaba más
vidas que la medicina curativa
individual.»
[ click en la imagen para ampliar ]
Miles de colombianos han tenido que llorar a sus muertos, miles de esposas han recibido la llamada fatídica en la que se les informa que su esposo ha sido asesinado, que su hijo está en medicina legal. Abad, en esta declaración de amor y admiración a su padre, hace que muchos nos sintamos identificados con ese vértigo, ese vacío que se siente cuando asesinan a alguien que amamos. Dios está presente en gran parte del libro.
El autor habla de ese Dios de los rezanderos, de las señoras camanduleras. El Dios castigador que mandó un cáncer que mató a su hermana, que dejó ciega a la niñera de su abuela, que decía que «esas era cosas que mi Dios nos mandaba para probarnos o para hacernos pagar aquí en la tierra, anticipadamente, algunos tormentos del purgatorio, tan necesarios para limpiar el alma antes de poder hacerse merecedora del cielo.» Una sociedad pacata, incrustada en el siglo XIX, es la que describe, siempre como un espectador de todo, el autor de la obra. Ejemplos de la doblez y el cinismo de varios de los llamados jerarcas de la iglesia, el repudio de los ricos por los pobres, la avaricia de las clases altas del país, la represión de las universidades, son algunos de los temas que aborda Abad Faciolince.
Al mismo tiempo, describe a alguien que sí volteaba la cabeza para mirar al niño pobre y al pobre que jamás va a poder vivir dignamente. Cuenta el autor que su padre defendía, a capa y espada, que la medicina preventiva, la enseñanza de la higiene, la construcción de acueductos, era más importante que gastar la plata en aparatos sofisticados para los hospitales. «Decía que la sola medida de dar agua potable y lecha limpia salvaba más vidas que la medicina curativa individual.» Héctor Abad Gómez fue una de esas piedras en el zapato, unos de esos mugres en el ojo para aquellos que no han dejado que este país progrese.
Por eso lo mataron. Los recuerdos del hijo retraen a la memoria las voces de su padre; las líneas de este libro nos ayudarán a no olvidarnos de quienes ya no están y, ojalá, a hablar más fuerte, a denunciar, para que esas voces ya ausentes no se pierdan para siempre. El padre del autor había dejado en un sobre un artículo para El Mundo de Medellín, titulado ¿De dónde proviene la violencia? Era su última columna. A manera de homenaje, el periódico la publicó como editorial. De él es este diciente párrafo:
En Medellín hay tanta pobreza que se puede
contratar por dos mil pesos a un sicario, para matar
a cualquiera. Vivimos una época violenta, y esa
violencia nace del sentimiento de desigualdad.
Podríamos tener mucha menos violencia si todas
las riquezas., incluyendo la ciencia, la tecnología
y la moral —esas grandes creaciones humanas—
estuvieran mejor repartidas sobre la tierra.
Germán Izquierdo Manrique
Todos los amigos que fueron al entierro de Héctor Abad Gómez tenían miedo.
Algunos, para protegerse, se escondieron desvergonzadamente tras los árboles
.
Sólo dos de ellos se atrevieron a hablar: Carlos Gaviria recordó aquellas
horrorosas palabras pronunciadas en Salamanca, en tiempos de la guerra civil
española, por un franquista de infame recordación, Millán Astray: «¡Viva la
muerte, abajo la inteligencia!»
El otro que habló fue el escritor Manuel Mejía Vallejo, paisano (ambos eran de
Jericó) y uno de los amigos más cercanos a Abad, quien dijo valientemente este
corto discurso:
Vivimos en un país que olvida sus mejores rostros, sus mejores impulsos, y la vida
seguirá en su monotonía irremediable, de espaldas a los que nos dan la razón de ser
y de seguir viviendo. Yo sé que lamentarán la ausencia tuya y un llanto de verdad
humedecerá los ojos que te vieron y te conocieron. Después llegará ese tremendo
borrón, porque somos tierra fácil para el olvido de lo que más queremos. La vida,
aquí, están convirtiéndola en el peor espanto. Y llegará ese olvido y será como un
monstruo que todo lo arrasa, y tampoco de tu nombre tendrán memoria. Yo sé que
tu muerte será inútil, y que tu heroísmo se agregará a todas las ausencias.
Al leer estas palabras uno llega a sospechar que, probablemente, fueron el motor
inicial para que el autor, 19 años más tarde, escribiera El olvido que seremos