Este segundo largometraje de Felipe Aljure abre posibilidades a la estética visual del siglo XXI en el cine colombiano, y despeja una narrativa liberada de lastres convencionales. Entretenimiento ciertamente alucinante, cuyas imágenes disparatadas corresponden a las locuras de jóvenes adictos, tanto al éxtasis como a dineros fáciles, del narcotráfico en Girardot y sus ardientes alrededores. Factura digital de video musical y efectos animados con viñetas incorporadas; además de una pantalla fragmentada, movimientos incesantes de cámara y perspectivas distorsionadas por voluntad propia. Sin darle tregua al espectador, un carrusel desbordante de imágenes y sonidos se apropia de la pantalla.
Su narrador, a quien nunca le vemos la cara, se presenta como un feto abortado catorce años atrás que regresa a este mundo loco, agresivo y emparentado con una muerte que «todo lo ve, aunque ningún vivo detecte su presencia.» Romerías de jóvenes clientes, asiduos a un bar de tierra caliente, que se llama precisamente El Colombian dream, trepan la cuesta y ascienden por las escalas de un caserón a medio construir, cuya terraza alberga observadores galácticos que, en trance contemplan la noche y exhiben los dedos de sus pies. Una historia visual enrevesada e imposible de resumir ,que desarrolla varias transacciones o jugarretas en espiral.
Está compuesta por elementos dramáticos o autodestructivos, a partir del botín desaparecido de pepas tricolores (píldoras adictivas) que circulan para acrecentar presuntamente sus energías e irradiar el acelere de cada minuto transcurrido. Dos horas continuas de cuadros intermitentes y sensaciones extremas, en el formato publicitario del consabido video–clip y la farsa montada de todo aquello que constituye una llaga para los colombianos. «La gran ironía de la película es que todos están en búsqueda de plata para comprar sus sueños, pero en la tarea de conseguirla, y por las acciones que hacen, matan los sueños» —son palabras de Felipe Aljure, su guionista y director—.
Por cuanto más allá del tema obsesivo de la narcoviolencia colombiana, en películas como Soñar no cuesta nada, Sumas y restas o Karmma, esta cinta, decididamente experimental, se complace en recurrir a los recursos digitales de una concepción íntimista o muy personal de la anarquía imperante a nuestro alrededor, con vigoroso, y a veces desenfadado, sentido del humor.
Gracias a una perspectiva bastante caprichosa, que combina guiños surrealistas (como el del inocente narrador ya comentado o el episodio de un rehén que sobrevuela una carretera), emergen notas oníricas de pesadillas producidas por la droga y escenas circunstanciales libremente encadenadas de forajidos inexpertos que venden su peligrosa mercancía a bandas de extranjeros. También, visiones coreográficas en residencias veraniegas y parodias incontrolables que arremeten lanza en ristre contra el poco cimentado estilo de vida colombiano —del cual no se salva ni el himno nacional—.
El título de la película es el nombre del trajinado establecimiento y corresponde al de una parábola cruda del país en que nacimos y vivimos. Si La gente de La Universal —primer largometraje de Aljure, en 1995— recreaba con picardía, no carente de malicia indígena, un medio capitalino corrupto e igualmente tramposo, ahora nos brinda con cierta sorna, no exenta de provocación, aquella ansiedad monetaria desproporcionada, que bien podríamos llamar «adicción compulsiva a dineros ilegales,» pero sin respetar edades ni estratos socioeconómicos.
En ese rifirrafe de insólitos negocios multimillonarios, la oportunidad de volverse ricos hace que sus personajes traicionen algunos principios mínimos, para embarcarse en aventuras temerarias que ponen a prueba los propios pellejos de sus involucrados. Para tales efectos, nuestro arriesgado cineasta contó a su haber con una impresionante iconografía proveniente de grandes angulares, enfoques borrosos (más por caprichos que deficiencias técnicas), paleta de colores que raya el psicodelismo tropical y una gama de sonidos electrónicos que se sucede de forma inevitablemente bulliciosa. Aparece, por ejemplo, un blues electrónico propuesto por la agrupación bogotana De Lux Club y Gonzalo de Sagarmínaga —su productor—.
Los gemelos Mateo y Santiago Rudas, en la piscina.
Manuela Beltrán - en primer plano - y uno de los gemelos - atrás
En su pista sonora original, la banda paisa, Coffee Makers, trae uno de los temas principales que identifican la película. También hay música tropical electrónica compuesta por Camilo Montilla y Matías Lorusso, que se intitula El Colombian Dub; al igual que la controvertida melodía de Carlos Posada tildada Así quedamos cuando predica algo así como «voy a regalarle mi país a un extranjero para que se encargue de arreglar este mierda.»
En conclusión, y por encima de quienes creen que no se justificaba mostrar semejante caos con una secuencia deshilvanada de imágenes, vale la pena sobrepasar semejante viaje delirante para evocar una serie de escenas que echa mano de novedosos recursos tecnológicos —cámaras con celulares, recuadros explicativos, a manera de capítulos, intertextos y comentarios en off de su imposible narrador—.