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Porfirio Barba Jacob
Por Belisario Betancur
Santa Ros a de Osos vista por el fotógrafo Alberto Agurre
La lírica de Barba Jacob está limitada siempre por el aliento de la muerte, por la inminente rosa vencida de la desintegración vital y por el pavor del encaramiento de la Divinidad. Todo en ese verso es violento, con el temblor pávido de los placeres que custodian al hombre de delicia o lo agobian de congoja: en él se siente el regusto del plácido cuerpo femenino trenzado sobre el ánima; la desazón adviene tras la total posesión ante su efímera esencia; el frenético deseo de tenerlo todo y el hastío de haberlo conquistado todo; la constante obsesión de superar el festín pretérito por no dejar un instante de sosiego al corazón, todo en Porfirio es tremante, catarata que golpea, llamarada que inunda, látigo de pasión que hiere.
Al tramonto de una dorada colina porfiriana, fluyen los manantiales de la niñez y se encrespa entre el follaje, risa vegetal, la sombra de Dios. Barba lo supo todo en su poesía. El conocimiento intuitivo de sus versos ratifica a Bergson: ángeles intactos vuelan por su cielo y Dios llovizna sobre los hombres en dulces enlaces que atan y enajenan. La enamorada candela divina trina en su trino con denuedo formidable. La travesía de su canto es un exacto tratado biográfico del hombre.
He hallado un seguro paralelo psicológico entre san Agustín y Barba: las mismas conmociones, los mismos vuelcos, similares precipicios enamorados, fogatas de pasión iguales, pares incendios de sexo. San Agustín vació en las Confesiones el arrume estremecido de su fuego interior; Barba colmó Acaba de aparecer un CD, con carátula de Fernando Botero, dirigido por Bernardo Hoyos y editado por la emisora cultural de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, 106.9 FM, a manera de celebración de sus 25 años. Es una antología de voces colombianas leyendo la poesía de Porfirio Barba Jacob, santarrosano nacido en 1883 y fallecido en México en 1942. En esta antología hay de todo: un ex presidente, varios poetas, críticos de literatura, actores, cantantes, novelistas, hombres de radio y de televisión. Algunos de ellos ya han desaparecido. Barba Jacob en 27 voces colombianas la cristalina dimensión del poema con sus alaridos, por los cuales iba acercándose a Dios, pura la voz, fértil el corazón, sollozante el pecho.
Barba Jacob en
27 voces colombianas
Acaba de aparecer un CD, con carátula de Fernando Botero, dirigido por Bernardo Hoyos y editado por la emisora cultural de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, 106.9 FM, a manera de celebración de sus 25 años.
Es una antología de voces colombianas leyendo la poesía de Porfirio Barba Jacob, santarrosano nacido en 1883 y fallecido en México en 1942. En esta antología hay de todo: un ex presidente, varios poetas, críticos de literatura, actores, cantantes, novelistas, hombres de radio y de televisión. Algunos de ellos ya han desaparecido.
Sólo que el santo planteó primero en su vida la ecuación de un destino cifrado en las volcánicas humaredas de la carne sin que, antes de que la luz lo poseyera, viera la luz definitiva de Dios; en tanto que, en la lírica porfiriana, se sabe que a cada paso Dios está más cercano. Esta lírica edifica su encanto sobre frágiles flores, aromas de romero, cámbulos, higuerones y mortiños.
Los guayacanes de infancia iluminan de amarillos el paisaje. El hombre agita al cielo los brazos como un trágico espantapájaros de sí mismo. Humo de vinos fogosos asciende aire adelante. El vino del Anáhuac se añeja en los viejos odres: todo esfuerzo será vano, todo perece, todo concluye, porque estamos, el corazón y el ánimo, en el imperio de lo transitorio: «Pero si el corazón es brasa transitoria... » Barba Jacob se estremece, catadas todas las sensaciones del ámbito a la altura de la emoción, con el solo pensamiento de su condición de transitoriedad: «¡Ah de la vida parva, que no nos da sus mieles / sino con cierto ritmo y en cierta proporción!».
Porfirio no encaró, frente a frente, el problema de la muerte. Pero ni Rilke con sus delicados avisos sobre la muerte, ni siquiera Quevedo con su tremendo sueño, que es el verdadero antecedente de la ontología kierkegaardiana, contaron en la ecuación de sus poemas.
En la lírica porfiriana, sobremodo en la «Balada de la loca alegría», la muerte no es el vigilante que llevamos con nosotros, ni ese vestigio rilkeano, ni la piel vegetal sobre la humana carnadura de la fruta en sazón, sino que llega de afuera, de la intemperie, de lo absoluto extrahumano: «La Muerte viene, todo será polvo / bajo su imperio: Polvo de Pericles, / polvo de Codro, polvo de Cimón!».
Polvo serás, mas polvo enamorado. Hay un raro parecido, un entronque intuicional entre el poeta castellano y Porfirio. La misma emoción, el mismo pánico ante la muerte, iguales concepciones, idénticos alaridos.
Barba no habla en ninguno de sus capítulos biográficos de la llegada de doña Muerte a la comarca quevediana. No es de suponer que haya conocido el sueño donde aparece enraizada la concepción del angustismo. Lo que sí aparece claro es que hubo similitud de caracteres en los poetas y que en no pocos instantes dramáticos de sus vidas chocaron, por así decir, las aristas de sus aconteceres vitales.
No creo que haya en la poesía americana quien se haya estremecido como Porfirio. Bloy habría visto en él, de haberlo conocido, uno de aquellos seres destinados a sangrar, por la desolación del temblor que viaja en su poesía. Temblar, decía el desesperanzado y desesperado Caín Marchenoir, eso es lo esencial. Y más temblor dónde que en estos trémulos versos: «...te hablo en la triste vanidad del verso: / tú en la Muerte rendido, yo en la Muerte / ni un grito apenas del afán del mundo / podrá hallar eco en la oquedad vacía... / El polvo reina, EL POLVO, EL IRACUNDO!». El retorno de Porfirio a la Divinidad fue un regresar jubiloso a las comarcas que sirvieran de contorno a sus anodinos traveseos infantiles. Música primeriza del bambuco que sonara en sus ratos adolescentes en Antioquia y que volvió a aureolar sus peripecias vitales cuando se entregaba a ese total abandono en los brazos de Dios.
[1944]