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«César Vallejo ha muerto...»
Yo no sufro este dolor como César Vallejo.
Yo no me duelo ahora mismo como artista, como hombre ni como simple ser vivo siquiera.
Yo no sufro este dolor como católico, como mahometano ni como ateo.
Hoy sufro solamente. César Vallejo
en «Voy a hablar de la esperanza»
Por Harold Alvarado Tenorio
Fotos costesía de la revista El Malpensante
Dom ingo Córdoba co n César Vallejo. Madrid, 1927
El hermano del poeta, Néstor, co n César
En su tesis de grado El romanticismo en la poesía castellana (1954) para optar al título de bachiller en letras de la Universidad de Trujillo, en 1915, César Vallejo destaca, del romanticismo alemán, «el pensamiento sereno, el vuelo metafísico, las interrogaciones al infinito y el soplo de cristianismo que impregnan esta poesía, junto con el idealismo, las nebulosidades del Norte y el sincero sentimiento de la limitación de la vida», concluyendo que: «Hoy en el Perú, desgraciadamente, no hay ya el entusiasmo de otros tiempos por el romanticismo; y digo desgraciadamente porque, siendo todo sinceridad en esta escuela, es de lamentar que ahora nuestros poetas olviden esta gran cualidad que debe tener todo buen artista». Vuelo metafísico, interrogaciones al infinito, soplo de cristianismo, sentimiento de la limitación de la vida y sinceridad: he aquí algunas de las constantes de su poesía.
César Abraham Vallejo Mendoza (1892-1938) nació en Santiago de Chuco, una pequeña aldea de los Andes peruanos, a 3.115 metros sobre el nivel del mar, en el seno de una extensa familia de mestizos descendientes de dos sacerdotes españoles y dos indígenas peruanas. Sus padres quisieron hacerle sacerdote. Durante un tiempo enseñó en el Colegio Nacional de San Juan, publicando sus poemas en periódicos y revistas de Lima y otras partes. Era un joven apasionado e infeliz en el amor, incluso intentó suicidarse. En 1918 ingresó a la Universidad de San Marcos para hacer un año de estudios de abogacía, formó parte del grupo vanguardista Colónida y publicó su primera colección de poemas, Los heraldos negros (1918).
En 1920, mientras visitaba a su madre en Santiago de Chuco, fue arrestado y puesto en prisión por 112 días, acusado de incendiario. En la cárcel escribió constantemente, y esos poemas y otros fueron reunidos en Trilce (1922), cuya publicación fue financiada con el dinero de un premio que había ganado en un concurso de cuento.
En 1923, al reabrirse el proceso en su contra, desolado por la muerte de su madre y la fría recepción dada a Trilce, sin dinero alguno partió para Francia. Vallejo ingresó al partido comunista, visitó la Unión Soviética en 1928 y regresó un año después con su joven esposa bretona Georgette Philippart, luego de haber conocido a Maiakovski y otros artistas soviéticos. Expulsado de Francia en 1930 por razones políticas, se mudó a Madrid, donde escribió Rusia en 1931, reflexiones al pie del Kremlin (1931). Volvió a Francia en 1932, pero con el estallido de la Guerra Civil Española (1936-1939) se sintió obligado a regresar a España y allí escribió en 1937 los poemas reunidos luego de su muerte bajo la seña de España, aparta de mí este cáliz (1940). Enfermo de gravedad va rápidamente a Francia, donde murió al año siguiente a la edad de 46 años, en la clínica del bulevar Aragó. La causa de su muerte fue diagnosticada como una mezcla de tuberculosis, infección intestinal y malaria, pero lo cierto es que murió de hambre.
Trilce (1922) hizo trizas la tradición e inició una nueva época en la poesía. Sus 77 poemas, que como título llevan apenas números romanos, aparecieron tres años antes de Tentativa del hombre infinito (1925) de Neruda, inventando el surrealismo antes del Surrealismo. Con una riqueza sin fin, que pareciera surgir del fondo mismo de la lengua, usa arcaísmos, tecnicismos, neologismos, adverbios que se hacen verbos, exclamaciones que se sustantivan para transmitir sus nuevas visiones. Aunque independiente de escuela alguna, es absolutamente contemporáneo en sus expresiones herméticas e irracionales y, desechando la lógica tradicional, intenta dar nueva vida a las palabras a través de temas donde busca amor, y otros valores, en un mundo absurdo. Una angustiosa crisis de conciencia que produce la arbitrariedad del mundo y de los signos lingüísticos. La amarga ironía y el humor negro ofrecen un sentido de inmediatez y urgencia; la sintaxis refleja una violenta lucha interior por aislar, con la ayuda del lenguaje, los últimos recursos espirituales del hombre. Vallejo abandona el simbolismo y los tonos modernistas como rechazo a las supersticiones en boga sobre «lo bello» y la pretensión de una poesía como catarsis.
El amor preside Trilce. Unas veces como sexo, otras como sensaciones, sentimientos, refugio ante la soledad, o como expresión de fracaso, de remordimiento, de lo aberrante. La mítica presencia de la madre está en el horizonte inalcanzable del amor filial y del pasado, vivido como una inmediata realidad que no termina. Las mujeres amadas en la niñez y la adolescencia son presencias inmediatas o sombras simbólicas donde reposa el frustrante deseo de comunión:
XV
En el rincón aquel, donde dormimos juntos
tantas noches, ahora me he sentado
a caminar. La cuja de los novios difuntos
fue sacada, o tal vez qué habrá pasado.
Has venido temprano a otros asuntos
y ya no estás. Es el rincón
donde a tu lado, leí una noche,
entre tus tiernos puntos,
un cuento de Daudet. Es el rincón
amado. No lo equivoques.
Me he puesto a recordar los días
de verano idos, tu entrar y salir,
poca y harta y pálida por los cuartos.
En esta noche pluviosa,
ya lejos de ambos dos, salto de pronto...
Son dos puertas abriéndose cerrándose,
dos puertas que al viento van y vienen
sombra a sombra.
Vallejo. Versalles, 1929
En Poemas humanos (1939) el hombre aparece visitado por un doble; aspira a la unidad pero está condenado a una dualidad que termina en la destrucción y desintegración del ser. En estos poemas, de gran variedad técnica y virtuosismo, estamos sometidos no sólo a múltiples fragmentaciones sino a la multiplicación de ellas. Vivimos en el inicio de un proceso que parece no tener fin: aplastados por la vida, obsedidos por el horror a la muerte, la experiencia es apenas una progresiva desmoralización de nuestra personalidad.
Dieciséis años separan a Trilce de Poemas humanos. En ese período Vallejo vivió en París en condiciones penosas, pobre y enfermo, al tiempo que se fue sumergiendo —con la ayuda de su nada saludable esposa— en el marxismo y las alucinantes ofertas de amor universal que debieron recordar al poeta los ofrecimientos de hermandad cristiana oídos en la niñez de boca de sus padres y los sacerdotes. Vallejo, más que un rebelde de partido, fue un escritor subversivo como muchos otros artistas latinoamericanos de hoy, como Cortázar, Fuentes o García Márquez. Su lucha frontal fue contra la pobreza de la tradición de la lengua y logró romper sus tejidos anacrónicos. Sus protestas fueron siempre desinteresadas y los viajes que hizo a la Rusia de Stalin los costeó él mismo. La vida en París no fue en vano. El París de Vallejo no fue el de los placeres mundanos y la frivolidad, sino la capital del sufrimiento y el dolor de los hombres de entre guerras.
La Guerra Civil Española sacudió a Vallejo, quien tomó parte en varios comités antifascistas y viajó a España en dos ocasiones durante la contienda. En la última visita decidió redactar un libro sobre la tragedia, España, aparta de mí este cáliz, poemas publicados inicialmente en la revista Hora de España, en noviembre de 1938 y a raíz del fallecimiento del poeta. Son 17 textos, algunos extensos, otros discursivos; los más, breves y alucinados gritando a voz en cuello su dolor por los sucesos. En uno de ellos —el III— traslada al poema el habla de un hombre del pueblo, Pedro Rojas, con las palabras plenas de errores ortográficos y la vida cotidiana dando alma: Pedro Rojas escribía en el aire, con el dedo, su grito y su firma, pero por ser casi analfabeto se equivocaba: ¡Viban los compañeros!, decía y escribía. Afectado por la sospecha del paulatino fracaso de la causa de España, Vallejo cayó en cama unas seis semanas antes de morir. Al agonizar deliraba con España. Sus últimas palabras fueron: «España, me voy a España».
Fue el más raro e inimitable de los poetas latinoamericanos del siglo XX.
César Vallejo en el campo
Los heraldos negros
Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... ¡Yo no sé!
Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.
Y el hombre... Pobre... ¡pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como un charco de culpa, en la mirada.
Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!
Piedra negra sobre una piedra blanca
Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París —y no me corro—
tal vez un jueves, como es hoy de otoño.
Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.
César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro
también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos...
XII Masa
Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: «¡No mueras, te amo tanto!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Se le acercaron dos y repitiéronle:
«¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando: «Tanto amor, y no poder nada contra la
muerte!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: «¡Quédate, hermano!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Entonces, todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorporose lentamente,
abrazó al primer hombre; echose a andar...