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2008: miradas vacilantes al cine colombiano
Por Mauricio Laurens
Diez son los largometrajes nacionales que han sido estrenados comercialmente en el presente año. Cuatro corresponden a directores debutantes: Moreno, Campo, Lizarazo y Stathoulopoulos. Tres provienen de veteranos cineastas: Nieto Roa, Duque Naranjo, Loboguerrero. Dos segundas incursiones para Brand y Dorado, y una coproducción realizada por el mexicano Rafa Lara. Sin olvidar los créditos otorgados al actor Robinson Díaz como codirector.
Bogotá encabeza la preferencia de las recreaciones urbanas en tres de estas cintas, mientras que hay dos películas bastante caleñas. Desde San Juan del Cesar (Guajira) hasta Villeta y una hacienda cundinamarquesa, también se vieron imprecisos interiores de alcoba en Entre sábanas y locaciones «selváticas» con el objeto de ambientar secuestros o pescas milagrosas. Nueva York aparece igualmente como el obligado destino del consabido colombian dream, después de un viaje lleno de percances.
¿Se manifiesta alguna tendencia? Dicen que la violencia es incontenible y que los temas del narcotráfico y el conflicto armado no dan tregua en nuestro medio. Semejantes asuntos de la mayor trascendencia han debilitado nuestras voluntades, pero son los artistas e intelectuales —novelistas, teatreros y cineastas— quienes están llamados a extraer, de lo más profundo de sus almas, casos desgarradores y situaciones lamentables del drama nacional, histórico y contemporáneo por antonomasia.
¿Cuáles son sus dificultades económicas? Si exactamente un dólar deja el espectador en taquilla cada vez que asiste a una película colombiana, y el promedio de los costos se aproxima al millón de dólares, hay que traspasar la
barrera de las 500.000 entradas para no dejar pérdidas considerables. Los demás agregados son estímulos parafiscales de la Ley de Cine, fondos mixtos y franquicias nacionales e internacionales. El promedio de espectadores de una película colombiana fue de 240.500 durante 2007.
Detrás de cámaras de la película Perro come perro
El estreno más emotivo del año fue sin duda alguna Perro come perro, por cuanto desplegó las calidades poco habituales de un novel autor con «garra » y lenguaje propio, como Carlos Moreno. Porque lo violento dejó de ser un acto gratuito de sensacionalismo criminal, para ahondar en una secuencia rítmica de voracidades, traiciones y ajustes de cuenta.
Aunque Paraíso Travel fue vista por casi un millón de espectadores, su contenido causó polémica, pues la búsqueda desesperada de un amor perdido en la Gran Manzana no se ve como tal, y el drama de los inmigrantes ilegales no alcanza a reflejar la evidente trascendencia suicida o peligrosa de sus actos.
Yo soy otro es el ejemplo palpable de cómo se desperdicia un talento de trayectoria documental, que rastrea archivos de noticieros e impresionantes visiones callejeras para, enseguida, desencadenar un agobiante montaje de llagas sociales que se ciernen sobre un individuo en particular.
La Milagrosa, una débil coproducción con México, recrea de manera esquemática el conflicto armado de nuestro país, con la reconstrucción no muy convincente del plagio sobrellevado por un joven bogotano de clase alta y su previsible rescate militar, bajo los dones concedidos por una medalla de María Auxiliadora.
Con personajes y músicos vallenatos, El ángel del acordeón se quedó en las pullas familiares que lanzan dos menudos músicos tras el amor de una chiquilla. Es tan «blanca» (sin sexo ni violencia) que no caló en el público, por ser demasiado local o provinciana; con escenas barnizadas de sentimentalismo y un romance ingenuo sin la química requerida.
Te amo, Ana Elisa mezcla situaciones penosas o violentas con chistes flojos y caricaturas en medio de lo patético. Esta tragicomedia sufrida por una pueblerina, estudiante de medicina, está matizada por notas agresivas y excesos picarescos, o más bien burdelescos, que ahogan la seriedad de su trama.
En cuanto a Los actores del conflicto, posee un sentido del humor mucho más maduro y menos obvio, hasta llegar a convertir nuestra pesadilla nacional de guerrilleros y paramilitares en un juego bien ingenioso, gracias al remedo o la pantomima de sus tres rebuscadores de oficio.
Quedan dos títulos pendientes cuyos consecutivos resultados en taquilla se desconocen debido a su estreno hace pocos días: PVC-1 y Nochebuena. Si la previa figuración internacional de una primera producción realmente independiente destaca el dramatismo de un collar-bomba en su plano-secuencia de 80 minutos, la publicidad del divertimento familiar cuyo colapso despierta suspicacias se acompaña de la sentencia que dice: a todo marrano le llega...