Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte Carrera 8ª Nº 9-83
Dirección electrónica: ciudadviva@scrd.gov.co
Bogotá, un museo a cielo abierto
Guía de esculturas y monumentos conmemorativos en el espacio público
El filósofo italiano Giordano Bruno , en la carrera 9ª con calle 69A.
Policarpa Salavarrieta , cerca a los Andes, como era en 1936.
El mono de la pila , hoy en el jardín del Museo de Arte Colonial.
La Gran Cascada , de Edgar Negret, en el Parque el Virrey.
Rufino José Cuervo , en la plazuela de San Carlos.
José Celestino Mutis , en el jardín del Observatorio Nacional.
El Bolívar de Tenerani , preside la Plaza de Bolívar.
La Rebeca , en la carrera 13 con calle 25.
En Bogotá, en la calle 20 con carrera octava, Francisco José de Caldas camina concentrado, detenido en un instante. Pluma en mano, con la pierna cruzada, pensativo como si buscara en su mente la raíz de una palabra, el gran Rufino José Cuervo ve pasar a los que suben y bajan por la peatonal calle décima.
Más al norte, en la antigua calle 26 —hoy Escalinatas de Salmona—, un impávido Copérnico de piedra sostiene el mundo en sus manos; mientras que en la carrera séptima con calle 31 el general San Martín, galopando un brioso caballo, señala el occidente con su dedo índice.
Arriba, entre los estudiantes de la Universidad de los Andes, Policarpa espera con valentía el momento de su ejecución. Y en la Plaza de Bolívar, el libertador esculpido por Tenerani escucha las voces de las manifestaciones y las risas de los niños, coronado por un par de palomas que descansan sobre su cabeza de bronce.
En un parque cualquiera, en el separador de una avenida, en una plazuela o una calle cerrada se yerguen estatuas, muchas de ellas desconocidas. ¿Por qué está el escritor peruano Ricardo Palma en la plazoleta de Las Aguas? ¿Y George Washington en la calle 26? ¿Qué hace en la calle 69 el astrónomo italiano Giordano Bruno, con su traje de dominico golpeado por el viento?
Preguntas como éstas han dado vueltas más de una vez en la cabeza de los habitantes de Bogotá. Todas son contestadas en el libro Bogotá, un museo a cielo abierto. Guía de esculturas y monumentos conmemorativos en el espacio público, obra que acaba de editar el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural, entidad adscrita a la Secretaría Distrital de Cultura, Recreación y Deporte.
Se trata de una publicación que clasifica las estatuas y monumentos más representativos de la ciudad, dando cuenta de quiénes son los representados, cómo y por qué se estableció cada uno. La primera estatua de Bogotá aún se puede observar en el patio central del Museo de Arte Colonial de la ciudad; se trata del famoso Mono de la pila, erigido en 1584 en la Plaza Mayor. Debajo del pequeño desnudo que corona la pila —una representación de san Juan Bautista niño— cuatro pajas de agua surtían a los santafereños. Fue reemplazado por Simón Bolívar, que desde 1846 ocupa el centro de la plaza. Y nadie fue a quejarse al Mono de la pila.
Históricamente, Bogotá ha sido una ciudad de estatuas anónimas y andariegas. Bien lo expresó Germán Arciniegas al inaugurar su busto en la Biblioteca Nacional: «La costumbre bogotana es de bronce y mármoles peregrinos; se erigen en los parques y cuando hay cambios urbanísticos empiezan las andanzas de Silvas, Ricaurtes, Córdobas.
«Aquí, la costumbre bogotana es de bronce y mármoles peregrinos, se erigen en los parques y cuando hay cambios urbanísticos comienzan las andanzas de Silvas, Ricaurtes y Cordovas.»
Germán Arciniegas al inaugurar, en 1986, su propio busto en la Biblioteca Nacional.
Que la Biblioteca me resguarde hasta donde sea posible...». La solicitud de Arciniegas se ha cumplido y su busto descansa en el primer piso de la biblioteca. Otros no han corrido con esa suerte. Jiménez de Quesada, el fundador, es uno de los más aventureros.
Primero estuvo al frente de la Iglesia de las Aguas, luego pasó a la avenida Jiménez entre carreras séptima y octava, y terminó en la Plazoleta del Rosario. Y qué decir de las estatuas de la reina Isabel y Cristóbal Colón, erigidas en 1906 y esculpidas por Cesare Sighinolfi: del centro pasaron al parque de Puente Aranda, luego a la glorieta del mismo barrio, de allí a una bodega en Guaymaral, nuevamente a otro lugar de Puente Aranda y finalmente a la avenida El Dorado.
Además de las estatuas erigidas a próceres como Nariño, Caldas y Santander, a científicos como Pasteur, a santos, ensayistas, gramáticos y pensadores, Bogotá cuenta con una buena cantidad de esculturas abstractas, entre las que destacan obras de Eduardo Ramírez Villamizar y Edgar Negret. Las del primero ocupan varios puntos de Bogotá e incluyen las obras tituladas como Pórtico, Espejo de la luna y 16 torres (conocidas como el «monumento al silencio»). Negret, por su parte, construyó La gran mariposa de San Victorino y La gran cascada que se levanta en el parque El Virrey, entre muchas otras obras.
Otros grandes artistas como Alejandro Obregón, Enrique Grau y Fernando de Szyszlo también elaboraron esculturas que adornan los espacios públicos de la ciudad.
Todas esas estatuas y esculturas representan una parte fundamental de la imagen y el patrimonio de Bogotá. Este libro, en el que pueden verse fotos de antaño dando cuenta de inauguraciones, antiguos pedestales y monumentos ya desaparecidos, es un regalo para la ciudad.
Después de leerlo o de consultarlo quizá usted, por vez primera, voltee la cabeza para ver el busto de ese señor de bigote por el que siempre pasa de largo, o aquella colorida escultura situada cerca de su oficina.