El Plan Piloto de Le Corbusier: inauguró la Bogotá moderna
Por Alejandro Arciniegas Alzate
Mapa antiguo (1797) titulado “Croquis de la ciudad de Santa Fe de Bogotá y sus inmediaciones”.
Sólo hace poco tiempo arquitectos nacionales, profesores y urbanistas manifestaron su interés en el plan piloto de Le Corbusier para Bogotá. Se trataba del primer proyecto, formulado en los años cincuenta, para ordenar la capital colombiana, según las consignas programáticas del entonces Nuevo Estilo Internacional.
No será posible comprender el alcance de los planos trazados por el arquitecto francés, a menos que retrocedamos en la máquina del tiempo y hagamos un repaso, aunque rapsódico por fuerza, de los acontecimientos que sacudieron a las naciones de un extremo a otro del planeta durante el siglo XX. La Segunda Guerra Mundial había terminado en 1945: cientos de ciudades europeas quedaron destruidas, más el saldo que dejaban Hiroshima y Nagasaki; y una nueva potencia planetaria se alzaba como telón de fondo.
El fin de la guerra haría desplazar el centro de gravedad de las ideas a Estados Unidos. Época de manifiestos en todas las áreas del conocimiento. Para los intelectuales había quedado claro adónde había ido a parar el sueño del iluminismo, con su irresponsable culto a la razón: esclavitud generalizada, campos de concentración y asesinatos sistemáticos en masa. Este fracaso del racionalismo, sumado a la caída de todos los metarrelatos que habían jalonado el ego colectivo hasta la fecha, hicieron que el pensamiento se expandiera en mil y una nuevas direcciones.
Le Corbusier con algunos arquitectos, entre ellos Fernando «El Chuli» Martínez Sanabria.
Foto: Instituto Distrital de Patrimonio y M.V. Molinos Editores
El triunfo de los aliados habría supuesto un quehacer desmesurado para la arquitectura, cuando con dineros del Plan Marshall el presidente de Estados Unidos, Harry S. Truman, ponía en marcha la reconstrucción de Europa. Sin embargo, la nostalgia de ese viejo continente hipocondríaco dejaría poco sitio para el nuevo ideal arquitectónico, y América se convertiría, entonces, para los arquitectos, en el lugar donde «dejaban hacer».
De los países del sur, Brasil era el que mejor representaba la emergencia progresista de los estados nacionales tras la primera mitad del siglo XX. En 1935 había recibido la visita de Le Corbusier, quien a instancias del arquitecto Lucio Costa participaría en el diseño del Ministerio de Educación y Salud en Río de Janeiro. Cuatro años más tarde, en 1939, haría presencia con un pabellón nacional en la Feria Mundial de Nueva York. Brasil se había transformado en el paradigma suramericano, y en la década de los cincuenta lo tenía todo para aventarse en el primer mundo.
Colombia, por su parte, daba la primera generación de profesionales importantes, que en 1934 fundaron la Academia Colombiana de Arquitectos y dos años después la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional. Expertos de todo el mundo fueron llamados a intervenir en múltiples proyectos de obras públicas en varios departamentos del país. Karl Brunner dirigía la Oficina de Planeación en Bogotá y en 1950 los arquitectos José María Sert y Paul Lester Wiener fueron llamados para ejecutar el plan piloto de Le Corbusier.
Afirma Vidal de La Blache que el hombre crea el medio y, a su turno, el medio actúa sobre el hombre. Este planteamiento quizá pueda explicar el celo de los gobernantes para no dejar al azar ningún aspecto en la planeación de una ciudad. El cartesianismo lecorbusiano de la primera mitad del siglo XX le había endosado una tarea a la arquitectura: asignar a cada espacio una función, tanto en el radio familiar como en la más amplia disposición de las ciudades.
Se trataba de pensar la esfera urbana y de ordenarla en planos sucesivos.
El proyecto de Le Corbusier para Bogotá estaba dividido en dos instrumentos o niveles: el plan piloto, elaborado enteramente por el francés, comprendía el diseño del perímetro urbano, la zonificación y clasificación del sistema vial; y el plan regulador, un estudio más detallado para reglamentar el uso de las zonas, los regímenes de altura y la normativa sobre edificación, que a través de la Town Planning Associates debían realizar José María Sert y Lester Wiener.
Así hablaba Le Corbusier en 1951: «La Ciudad de Bogotá tiene un Plan Director, lo que ninguna ciudad del mundo posee hoy. Puede resultar en beneficios materiales inmensos, una potencia espiritual que es la propia del civismo, un ímpetu en la población capaz de pasar a través de todas las dificultades, provisionales o accidentales, y de realizar, en la armonía, la ciudad, expresión de nuestra civilización maquinista».
A los arquitectos colombianos que lo sucedieron el trabajo de Le Corbusier les pareció, en cambio, una chifladura o poco menos que una nulidad. El plan no fue ejecutado, entre otras razones, porque el éxodo de campesinos desplazados transformó profundamente las necesidades de la capital. Pero es un hecho indiscutible que la visita de Le Corbusier y el plan piloto significaron la puesta al día en materia de urbanismo y el comienzo de la Bogotá moderna, como lo testimonia su influencia en el estilo de «El Chuli» Martínez, Guillermo Bermúdez, Rogelio Salmona y Germán Samper.