La gran Débora: talentosa y polémica Por María Cristina Restrepo
FOTO ÓSCAR MONSALVE,
CORTESÍA DE VILLEGAS EDITORES
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El cinco de diciembre murió en Envigado, Antioquia, casi centenaria, Débora Arango. La artista más vieja y también la más polémica del país. Abanderada sin proponérselo de una verdadera liberación femenina, invitó con su ejemplo a un proyecto de vida autónomo, creativo y libre de prejuicios. El curador y crítico de arte, Alberto Sierra, se refiere a su obra pictórica como la más valiosa del país.
Lo cierto es que a Débora Arango hay que reconocerle, entre muchos, el valor de haber enfrentado los aspectos más des-garradores de la existencia, cuando las otras artistas de su generación se dedicaban a pintar bodegones, paisajes y flores. Murió en su casa de tapia, largos corredores, patio con sol y viento, grandes materas de barro sembradas de helechos y palmeras, muebles de estilo y paredes pintadas de colores escandalosos, amarillo, rojo sangre, verde intenso.
Como decoración están sus pinturas, dispuestas con gusto y también de manera atrevida, al igual que todo lo suyo. Casablanca, testigo de medio siglo de trabajo infatigable, parece hoy un monumento al pasado en medio de edificios que dan cuenta del correr del tiempo: una gasolinera, un restaurante, pequeñas boutiques de sabor pueblerino y, a pocas cuadras, como un desafío a lo pasajero, la casa de otro rebelde, Fernando González, el Maestro de Otraparte.
La vida y obra de Débora Arango son una invitación para los jóvenes artistas de hoy a quienes precedió de manera íntegra, sin permitir que la costumbre, los dictámenes del credo o los rigores del código social, se impusieran a su libertad de espíritu. Esta hija de una numerosa y tradicional familia an-tioqueña, originó la primera gran controversia en los años treinta, cuando se atrevió a exponer sus desnudos en el Club Unión de Medellín, sitio de encuentro de lo más granado de esa sociedad pacata y con ínfulas de tradicionalista o, como ella misma lo diría refiriéndose a frecuentes motivos de su obra, lugar de reunión de los tres poderes, el dinero, la política y la religión. Poderes que pondría en evidencia con talento a lo largo de su vida artística. Un talento que mostró toda la fuerza y la capacidad de ironía en esa primera exposición en los alfombrados salones del Club Unión, donde los desnudos irrumpieron como una violenta reivindicación de la sensualidad.
Desde hacía más de quince años Dé-bora Arango se formaba como pintora. Primero, con el Maestro Eladio Vélez, cuyos modelos académicos reemplazaba con otros de la calle, más reales, cargados con la fuerza de las circunstancias: las fruteras, los emboladores, los pasajeros de los tranvías. Y después, como alumna del Maestro Pedro Nel Gómez, quien regresaba de Europa para proponer un arte comprometido con la realidad social del país. Fue precisamente el Maestro Pedro Nel quien la invitó, junto con sus compañeras de estudio, a incursionar en la técnica del desnudo. “Las otras se quedaron calladas, pero yo no sabía por qué,” comentó en una entrevista. Para lograrlo tuvo que pintar de manera subrepticia, en su casa, donde aparecieron aquellas rimeras acuarelas de gran formato en las cuales combinaba la preocupación por la realidad social, con la conciencia de otra realidad más íntima, secreta y siempre desgarradora. La noche de la inauguración no fueron sólo los desnudos los que sacudieron la conciencia de los espectadores. Lo fueron también las pasiones, el dolor, la desesperanza y el poder que vibraban en aquellas carnes cálidas. A Débora Arango se la tildó de exhibicionista, de impúdica. Sólo unas pocas voces se alzaron en defensa de su arte. Pero ese primer rechazo la llenó de valor para proseguir, y la polémica la lanzó al mundo de la fama.
Aunque la artista antioqueña trató en vano de replegarse al ámbito de lo privado, dispuesta a pintar solo para sí, su vida siguió moviéndose por esferas mucho más amplias. La polémica que la precedía a todas partes llamó también la atención de quienes no la querían juzgar. Por eso la invitación de Jorge Eliécer Gaitán a una exposición in- dividual en el teatro Colón, donde nació una profunda amistad que habría de durar hasta la muerte del caudillo. “Soy apolítica,” dijo también la artista. “Al que quiero lo quiero por lo que vale.” Y relató cómo Gaitán se ganó polémicas y disgustos con la “gente de allá,” incapaz de comprender de buenas a primeras un arte que expresaba de manera violenta la angustia de la vida, un arte que se negaba a pintar florecillas en porcelana o acuarelas con cartuchos y hortensias. Ella concebía su oficio como una venganza sublime contra el desamor, la injusticia, lo acep- tado, lo soso, lo aburrido.
Aquella vez constató que los estudiantes de la capital iban a ver la exposición a escondidas. Unos se apostaban en la puerta para vigilar que no llegara el Hermano, mientras los amigos miraban los cuadros. Después se turnaban para asombrarse ante una obra que seguía siendo tildada de desafío al buen gusto. Esta primera experiencia del público bogotano, puede ser una metáfora de la forma como el país ha recibido la obra de Débora Arango: con asombro, con incomprensión algunas veces, finalmente como un esfuerzo del espíritu humano por alcanzar metas más profundas o como un lenguaje inusual que es preciso aprender a comprender.
Para Débora Arango el arte nada tuvo que ver con la moral. El cuerpo desnudo, desgarrado, doliente, el cuerpo de la mujer dando a luz, el del hombre herido por la violencia, esos cuerpos tibios que se recrean en los bares, los que mueren en el vagón de un tren, el rostro expresivo de una colegiala, eran simplemente un paisaje vivo, lleno de fuerza expresiva, donde podían aflorar la sexualidad o lo religioso, lo mundano, lo político. Obreros, prostitutas, jefes de Estado, sus esposas, mendigos, borrachos, burgueses, son los personajes que pueblan sus cuadros. Como hechiceros que son, tienen el poder de contarle al espectador atento un fragmento de su propia historia.