Todo empezó con la lectura de un viejo libro de
crónica roja, a partir del reportaje titulado El
cadáver viajero, del periodista Felipe González Toledo.
La idea, para un cortometraje inicial, se gestó
hace ocho años; el guión fue corregido una veintena
de veces, el proyecto recibió varios premios durante
la preproducción y su acariciado estreno nacional
se llevó a cabo treinta meses después del rodaje. No
obstante haber sido un esfuerzo considerable que
superó los dos mil millones de pesos, el resultado
final está a la vista de los espectadores. Nuestra mirada
crítica no pretende restarle sus alcances
narrativos ni otros méritos formales.
Dirigido y escrito por la socorrana Libia Stella
Gómez Díaz, este primer largometraje recrea situaciones
picarescas en torno a una trama detectivesca
y alcanza niveles tragicómicos referidos a la Bogotá
grisácea o provinciana de los años cuarenta. Su reconstrucción
de época se impone como principal
motivo estilístico, en contraste con los discursos de
Jorge Eliécer Gaitán, que tímidamente se escuchan
de fondo en un radio. La estación de la Sabana, varios
edificios republicanos del centro capitalino, la
morgue de un hospital universitario y algunos cafés–
billares conforman sus locaciones.
Aparece una ciudad aferrada a tonalidades entre
sórdidas y plomizas, con lluvia persistente y sitios
reforzados por sombras. Caballeros vestidos de
paño negro y chaleco, sombreros de fieltro y camisas
blancas de cuello almidonado; damas de sastres
holgados, paraguas mojados y uno que otro pañolón
junto a las inconfundibles ruanas. Su esmerada
puesta en escena, que incluye un número suficiente
de extras, se desvía hacia versiones ficticias y personajes
esquematizados que pretenden recoger el
toque costumbrista de tristes reminiscencias en tales
años.
Trama
[click en la imagen para ampliar]
En las bodegas de la estación central (calle 13), se
descubre una rara encomienda devuelta, cuyo destinatario
en Barbosa (Santander) no fue encontrado.
Su contenido: el cadáver cubierto de cal y desgonzado
de una jovencita. La investigación emprendida
por detectives criollos y uno que otro agente
inescrupuloso corre pareja con las especulaciones
sembradas por el morbo periodístico utilizado como
estrategia de ventas por un pasquín, irónicamente
llamado La Verdad. El misterio se torna indescifrable
por cuanto nunca se sabe lo que pudo haber
pasado y tampoco se identifica a la presunta víctima
de un tráfico de restos humanos cuyas causas
mórbidas tampoco se precisan.
Que la historia o el cuento prefabricado pecan de
algunas flaquezas narrativas es algo que no podemos
ignorar. Al seguir la única pista de “guárdelo en
el caidizo de Luisa”, su relación con una bóveda o
tumba recién abierta se queda en el aire. Sus
involucrados parecen responder a los imperativos de
una broma macabra o al simple afán de desviar las
verdaderas motivaciones de tal encuesta “criminal”.
Sin hablar de una historia de amor poco creíble ni
tampoco de los sueños mal encajados ni de aquellos
temores generados por la grotesca foto de una difunta.
Sus evidencias pierden fuerza cuando nos ente-ramos
de que todos sus protagonistas son “fabricantes
de mentiras” —inteligente título por encima del
definitivo—.
Personajes
Para descifrar tan extraño caso, un periodista y dos
detectives tienen sus propias versiones del hecho. El
detective Corzo, encargado oficialmente de esta investigación,
vive amarrado a la imagen de su
bravucona madre hace poco fallecida y termina enamorándose,
sin importar las prohibiciones del más
allá. El periodista Mosquera, quien mantiene con la
hermana inválida una extraña dependencia, saca a
relucir su imaginación cuando hay que vender a toda
costa La Verdad. El detective Rosas, perspicaz y
mañoso, termina despedido por el prefecto y bajo
cuerda le entrega sus pesquisas engañosas a los
medios.
Más allá de quienes sobrellevan rutinarias existencias,
poseen características bizarras y entran en
materia cada uno con sus particulares intenciones,
figuran también dentro del reparto: la viuda y propietaria
desbancada de un café (Martina) quien termina
robándose el corazón de Rosas, un jefe dispuesto
a revelar con profesionalismo todo lo oculto
y un corrupto traficante forense que no da pie a sanciones
más severas. Sin mencionar otros individuos
menores que entran y salen de la pantalla sin acla-rar
demasiado sus responsabilidades.
Buenos augurios
Con la película Mi abuelo, mi papá y yo, de Dago
García, que asiste con puntualidad cada año al lanzamiento
de una película suya (con la novedad de
que esta vez se estrenó como director), se cerró el
año de 2005 que, proporción guardada, fue muy rico
en producciones nacionales.
Para el año que viene se esperan estrenos importantes,
como El trato, una nueva película del director
Francisco Norden, autor de Cóndores no entierran
todos los días. También se estrena el quinto
largometraje de Lisandro Duque Naranjo: Los actores
del conflicto. A mediados del mes, se empieza a
rodar la opera prima del director Felipe Martínez,
Bluff , que será el primer largo metraje financiado
por la empresa Laberinto Producciones.