Por Guillermo Angulo
Foto e ilustraciones cortesía de Villegas Editores
FOTOGRAFÍA
DE
INDIRA
RESTREPO
[click en la imagen para ampliar]
[click en la imagen para ampliar]
Yo creo que Juan Gustavo Cobo sigue creciendo (en
cuerpo y en talento): cada día lo veo más largo y también más ancho. Y yo, que soy su amigo desde hace mucho, me acuerdo de que en su casa lo llamaban —y probablemente lo sigan llamando— Juanito. Con lo que lo hacen aparece aún más grande.
Cobo no trabaja —me dijo un amigo suyo— no hace sino leer. Es más, hasta tiene un desnucadero . ¿Un desnucadero ? Sí, un desnucadero para libros. Sale de la casa, como si fuera a trabajar, y se va a un apartamento donde no hay sino libros. Ni siquiera hay cama. Y lee y lee y lee. —Pero yo tengo la impresión de que escribe, es más, de que escribe mucho y de que escribe bien. —Bueno, sí, pero eso no es trabajar, es escribir. Y entonces me acordé del humorista Alfonso Castillo Gómez, que decía: cuando alguien me llama por teléfono y estoy escribiendo, contesta mi mujer. Y si le preguntan: ¿Alfonso está ocupado? No, no: él está escribiendo. Ya te lo paso.
Todo este preámbulo para decir que Cobo acaba de publicar (estupendamente editado por Ville-gas) un libro de poesía, una antología, titulada Cuerpo erótico. Me recomendó que leyera el poema drolático de Guillermo de Aquitania (siglos x y xi) que en ella viene —sorprendente como casi toda la selección— lo que explica por qué Juan Gustavo lee tanto. De otra manera no encontraría tal cantidad de poemas que no andan por las antologías.
Otros versos —como la preciosa serie de seis Sonetos marianos , del mexicano Fernando del Paso— prácticamente le llueven del cielo. El mismo autor se los regaló en Bogotá, y para ello Juan Gustavo no tiene que hacer nada distinto que desplegar su talento y su simpatía, que no necesita ser administrada porque le fluye con naturalidad.
Hay que decir que la antología tiene sus fallas, pero que no son de Cobo sino de algunos traductores. La versión al español del Soneto a Helena de Ronsard es bastante floja, con versos endecasílabos al lado de alejandrinos en un mismo cuarteto (y que Elizondo, el traductor, me perdone). Tampoco es muy afortunada la traducción de los versos de Lorenzo, El Magnífico ( Giovinezza, giovinezza, che si fugge tuttavia ). Pero esos son lunares menores que no desmerecen el todo de la estupenda antología.
Se puede releer ahí también ese misterioso verso de Huidobro: ¿Irías a ser ciega que Dios te dio esas manos? Colombia está decorosamente representada por Mario Rivero, Aurelio Arturo, Fernando Arbeláez, con su poema dedicado a Cavafy, y José Manuel Arango, desaparecido antes de tiempo. Cobo, en un ataque de modestia, no se incluyó. Rafael Pombo ( al igual que Virgilio Piñera y Robert Lowell) prefiere travestir su poesía y hablar con la voz de la mujer. Piñera implora en primera persona, ruega, bajo el nombre de Rosa Cagí, que la canonicen, diciendo que «poseo en mi cuerpo más estigmas / mayor cantidad de lágrimas / que las expresadas en centímetros / en las plantillas de las aspirantes a ser canonizadas.» Y Lowell dice, como una mujer que habla de su marido: «Aguijoneado por la urgencia de su deseo / se desploma sobre mí como un elefante.» (Pero ese desplomar no llega a alcanzar la belleza del verso de Dante cuando dice, en el canto quinto del Infierno: «E caddi come corpo morto cade.»
Probablemente García Márquez no haya tenido que sumergirse en el romancero español para escoger el nombre de Delgadina que usa en sus putas tristes, como sospecha Cobo. En las vueltas que ha dado el romancero español al llegar a América, en México se vistió de música y se convirtió en inspiración y precursor del corrido revolucionario; y todavía se escucha por ahí cantar la Delgadina, en cuyos recorrido —a pesar de que habla del rey, mi padre— entra la ciudad de Morelia, en Michoacán.
Es lugar común decir que toda antología es una escogencia personal, pero así debe ser. No caeré, pues, en la trampa de decir qué se le quedó por fuera al antologista. Cuando uno osa decir eso, debe construir su propia antología, aunque no la publique. Pero no hay que tratar de competir con Juan Gustavo, porque su selección es insuperable.
Y con todo lo que él lee…
De Sonetos marianos
1
Yo pecador, confieso que prefiero
al pozo virgen, la trillada noria,
que no te quiero pura y sin historia,
que sin altares y ángeles te espero.
Yo pecador, confieso que me esmero
En no rodearte de una eterna gloria:
Yo te quiero mortal y transitoria,
Transitoria y mortal: así te quiero.
Yo pecador, te quiero desflorada,
Con sollozos y muslos y agonía.
Con temblores y pechos, con espasmos.
Te quiero sólo así, virgen de nada,
Así quiero quererte y que seas mía:
Con histerias y risas, con orgasmos
Fernando del Paso
(México, 1935)
Cuerpos que he amado.
Los que han tocado mi cuerpo entero,
y toda mi alma, en algún momento.
Lealmente entregados y disfrutados,
o casi apenas tocados, con timidez.
Entre capas y capas de olvido,
elijo algunos cuerpos y los revivo.
Como quien sopla en el rescoldo,
por una brizna de calor.
Mario Rivero
(Colombia, 1935)
Los amantes
En su burbuja
los amantes
Flotando
sobre la ciudad asesina
Y ella
altalegre
le alza la boca
la boca otra
sosteniendo el mentón
Bebe
Los amantes ensimismados
solos
Y él
fieroniño
le huele el pelo
lo coge entre las manos
y lo acaricia
y lo revuelve como agua
o como noche
El pelo negro
El bienoliente
El saborido
Y así vuelan
por sobre la torre fálica
por sobre la cúpula uterina
Los amantes
en su huevo luminoso en su gota
de mercurio.