La ciudad de los fantasmas (Como las brujas del padre Astete...) Por Freddy Ávila
Si las casas de la Candelaria hablaran nos contarían tantas cosas… Hablarían de virreyes, que aún recorren las antiguas casas coloniales; de sombras misteriosas, cuyos pasos atraviesan la soledad de la noche. Sus relatos estarían llenos de murmullos que se entretejen en medio de balcones y de escalinatas de madera, que crujen al paso de un fantasma. Hablarían de ilustres caballeros de fina armadura que arrastran sus cadenas por las adoquinadas calles o de seres malévolos del más allá que, con el correr de los años, se convirtieron en unos habitantes más del centro histórico.
Tal como sucedió hace algunos años en una casona de la carrera Cuarta, donde alguna vez vivió el virrey Juan Sámano: “Era la casa del señor Camargo, un tipógrafo que dejó a su esposa a cambio de una amante. Allí permanecía un espíritu que le hacía daño al señor Camargo. Él se dedicaba a trabajos muy costosos y el fantasma, al que llamaba Irene, le destrozaba todo en la noche. Con el tiempo, Camargo se acostumbró a su compañía y muchos lo oían hablar aparentemente solo en las noches, pidiéndole a Irene que lo dejara trabajar en paz,” cuenta doña Nina Salcedo, una ama de casa apasionada de los fantasmas, gracias a las historias que narraban sus abuelos.
Historias que ella también ha transmitido a las nuevas generaciones, como la de la noche en que se atrevió a convocar al fantasma de Irene: “En diciembre acostumbrábamos bajar a la iglesia de San Francisco, a eso de las 4 de la mañana. Una vez pasamos por la casa del señor Camargo y oímos que destrozaban resmas de papel. Yo les dije “Oigan cómo Irene acaba con la tipografía.” Nos acercamos a la puerta, nos recorrió un gran escalofrío y vimos una luz que se reflejó en el andén. Nunca había sentido tanto temor. La verdad, pies me hicieron falta, y en una sola carrera llegué a la carrera Séptima”.
Algunos dicen que es un virrey, de pantalón corto, medias de seda, zapatos con hebilla de plata y peluca empolvada. Ronda por la fundación Alzate Avendaño. Se dice que es el Fantasma de la Casaca Verde o el mismo virrey Espeleta que se hace presente, y que a veces logra que los libros de la biblioteca se muevan.
Extraños movimientos y pasos que han sentido los vigilantes, como lo señala Paul Beltrán, quien re cuerda la madrugada cuando estaba leyendo, y desde el salón nuevo escuchó pasos que hicieron crujir la madera y caer arena sobre las hojas del libro. A veces se abrían las llaves de la pileta o se encendían las luces.
Unas cuadras abajo, por los lados de la calle del Palomar del Príncipe, se habla de unos fantasmas juguetones. Son un par de gemelos y hacen parte del inventario de la Corporación la Candelaria. Miguel Villamizar, arquitecto, comenta que se trata de unos niños que hacen una ronda a las 12 de la noche junto a la pila.
“Los fantasmas” —según Villamizar— “son imágenes que se originan a partir de creencias, visiones y temores de la gente. Estas casas infunden temor en las noches, por lo grandes y frías. Pero, básicamente, son un complemento para la atracción del turismo de la gente curiosa y de los habitantes del sector.”
Pero no sólo las personas mayores de la Candelaria hablan de fantasmas. Éste también es un tema de jóvenes. Como sucede con Leonardo Giraldo quien, a pesar de haber hecho todo lo posible, nunca ha logrado ver al fantasma que ronda por la calle del Embudo. “Dicen que todos los meses que tienen 31 días aparece un muchacho, con una sotana blanca, leyendo la Biblia y arrastrando unas cadenas. Otros hablan de el Caballero del Chorro de Que-vedo, que sale con su armadura y sobre un caballo negro. Claro que esto lo ven más que todo los hippies que andan en su cuento,” afirma el joven con una sonrisa.
Y es que si las casas de la Candelaria hablaran nos contarían, por ejemplo, de la leyenda de La Mula Herrada, que describe Jorge Bayona Posada en su libro Los fantasmas de Bogotá y que narra que “en avanzadas horas de la noche se oía el galope de una cabalgadura que iba de la calle de Piedra (Calle 6ª, entre carreras 5ª y 6ª) a un sitio cercano a la iglesia de las Nieves. Las personas que, venciendo la pereza o el miedo, se asomaban tímidamente a la ventana, veían que se trataba de una mula sin jinete, que corría por el centro de la vía, arrancando chispas a las piedras del pavimento con el choque de sus herraduras.
Una mañana, los vecinos de la ermita de Belén quedaron abismados al correr la noticia de haber sido encontrada muerta, en el fondo de un solar, una vieja mujer, muy conocida anteriormente en la ciudad por su oficio celestinesco, pero quien desde hacía largos meses había desaparecido. Lo raro del caso era que el cadáver tenía fuertemente claveteadas en las manos y en los pies unas gastadas herraduras que no fue posible arrancar. Desde ese entonces, el trote nocturno de la mula nunca más se volvió a escuchar…