Me encontraba en el funeral de un
querido amigo y, aunque no llovía,
como en los entierros de la mayoría
de las películas, el momento era triste
y solemne. A través de la imprecisión de
las lágrimas la familia miraba cómo
metían el ataúd al carro mortuorio, que
llevaba colocada en diagonal una cinta
morada con el nombre del difunto (fu,
fue, se dice en italiano) impreso en negro.
Yo estaba pensando en los pocos
poemas verdaderamente grandes sobre
la muerte, como el del carruaje, de la
Dickinson, o las Coplas a la muerte de
don Rodrigo Manrique, escritas por Jorge,
su hijo:
Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar
que es el morir.
Y recordaba aquel otro, de don Antonio
Machado, que dice:
Un golpe de ataúd en tierra es algo
perfectamente serio.
Sobre la negra caja se rompían
los pesados terrones polvorientos.
También pensé: Menos mal que a mi
amigo lo van a cremar, porque esa torpeza
al depositar el ataúd en la tumba
es perfunctoria, lenta e insoportable. En
esas vueltas mentales andaba cuando un
indigente me sacó de mi ensimismamiento
y se dirigió hacia mí con decisión.
Su informalidad contrastaba con
la elegancia y solemnidad de ocasión de
los participantes, pero no disonaba.
Rastafari retrato hablado tres
Rastafari retrato hablado cuatro
Su
vestido era pobre pero limpio, entonado
en color marrón, como si hubiera
tenido lugar una escogencia. Su peinado
de rastafari le daba un aspecto falsamente
feroz, acentuado por un esparadrapo
blanco que le cubría la parte
superior de la nariz y lo hacía aparecer
como salido de una película de Sylvester Stallone, pero como protagonista.
Sus dientes ya no tenían ni la blancura
ni la alineación de años mejores, pero
su sonrisa era franca y simpática. Traía
un montón de periódicos en la mano
izquierda y en la derecha ondeaba hacía
mí uno solo: Ciudad Viva.
—Ñero —me dijo—, sólo dos mil pesitos.
Yo le señalé una línea de la portada del
periódico, mientras le decía:
—Mire lo que dice: circulación gratuita.
—Sí, llave, pero el alcalde Lucho nos ha
autorizado a venderlo, como una ayudita
para los del Cartucho.(Y yo que
creía que el Cartucho ya no existía.
Hasta me habían dicho que ahora vivían
en el Bronx.)
No me está permitido comprarle el periódico
—le dije con seriedad.
—¿Por qué, padre? —me preguntó el rasta.
—Porque yo soy el director. (Yo soy
Garrick, cambiadme la receta.)
—Mi
hombre no se amilanó y volvió al ataque:
—Entonces, déme una ayudita.
—¿Qué más ayuda quiere que dirigirle
el periódico?
Mi amigo el del Cartucho me devolvió
una amable y comprensiva sonrisa, que
quería decir “pues sí”, y empezó a alejarse
—al mismo tiempo que el carro
funerario— asintiendo con la cabeza.
De la iglesia salían las últimas notas de
un aire de Bach, y alguien me susurró
al oído:
—Ése fue un gran baterista de Fruko y
sus Tesos.
Y, de verdad, se alejó con el tumbao
que tienen los músicos al caminar.