Ocho largometrajes, cien por cien nacionales, se estrenaron en 2006. Fueron ellos: El trato
(de Francisco Norden); Karmma; Soñar no cuesta nada (con un millón doscientos mil espectadores); Cuando rompen las olas (drama familiar sin pretensiones); El Colombian Dream (comentada en pasada edición); Las cartas del Gordo (Dago, fiel a su ritmo anual, ya con
ocho películas consecutivas) y dos más que reseñamos a continuación. Al igual que una
importante cinta de Los Ángeles, dirigida y escrita por un talentoso compatriota radicado en
el exterior, sin presentarse aún en el país.
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La veterana actriz
Teresa Gutiérrez,
en Dios los junta…
1. Dios los junta y ellos se separan
(Harold Trompetero, Colombia, 2006).
Comedia romántica y de enredos picarescos. Unas
cuantas imágenes fijas y entrelazadas, casi todas ellas
en primeros planos, que tienen de común denominador
a una quincena de personas hablando por teléfono
—sea fijo, celular o inalámbrico—. El buen
humor bogotano salta a la vista de inmediato con
personajes realmente disparatados, enamoradizos y
dicharacheros que pretenden arreglar sus líos personales
por medio de salidas tan ingeniosas como
astutas. De fondo siempre aparecen láminas o figuras
del Divino Niño y el Sagrado Corazón. La colombianidad se constituye en el modelo
cultivado por un director de reconocida gracia escénica
que logra, seis años después de su Diástole y sístole,
recrear variaciones sentimentales en torno al
desmoronamiento de una familia típica de clase media
próxima al colapso. Esposas insatisfechas, maridos
infieles, novias engañadas, galanes aporreados y
colegialas díscolas se dan la mano con domésticas
ingenuas y picaflores profesionales.
Una disciplinada dirección de actores, que no excluye
métodos de improvisación bajo el control escénico
de cada uno de ellos, complementada con anécdotas
interactivas que pueden ser leídas o disfrutadas
en cualquier orden —más recomendable para una
proyección casera sin sujetarse al formato impuesto
por las salas de cine—. Sobresalen: Marcela Carvajal,
Álvaro Rodríguez, Ramiro Meneses, César Mora, Manuel
José Cháves y Catalina Aristizábal.
2. Al final del espectro
(Juan Felipe Orozco, Colombia, 2006).
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Noëlle Schonwald en la película Al final del espectro
Terror psicológico y suspenso. Relato intimista en el
marco limitado de un apartamento, con dos o tres
personajes rodeados de atmósferas opresivas y acosados
por un circuito cerrado de televisión —la paranoia
y otros extravíos mentales conviven junto a seguimientos
macabros del pasado e ideas insólitas de
persecución—. Una joven protagonista que se ve
obligada a esconderse, cae en situaciones extremas
de pánico y se somete al pie de la letra a los esquemas
impuestos por filmes del mismo género, pero en otros
contextos.
Al mostrar sucesivas referencias a las secuelas japonesa–
americanas de El aro y Aguas oscuras, un joven
realizador se aparta del trazo criollo del pionero
Jairo Pinilla, para incursionar en esquemas presuntamente
miedosos que coquetean con el mercado estadounidense.
Su falencia más notable se refiere a la
intencionalidad de quienes buscan situarse por fuera
del contexto colombiano frente al afán evidentemente
gratuito de exponer temas diferentes a los de la consabida
narcoviolencia.
¿Qué tan seguro es estar adentro? —así lo señala
su publicidad—. Porque más allá del inverosímil cuadro
propuesto de planos y zonas astrales, o de materializar
los fantasmas a través del espectro electromagnético,
se destaca en el ámbito técnico la red
intrincada de efectos especiales de post–producción
y los destellos o rayos de luces bellamente filtrados
por su escenografía. Cabe hacernos una pregunta final:
¿Se justifica ignorar nuestra compleja realidad
para sumirnos en esta fuga globalizada y sobrenatural?
3. Nueve vidas
(Nine Lives, Rodrigo García Barcha,
Estados Unidos, 2004).
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Nine lives ( Nueve vidas), de Rodrigo García Barcha,
película aún no estrenada en colombia.
Dramas sociales y sentimentales de la vida cotidiana
californiana. Nueve historias independientes, protagonizadas
por otras tantas mujeres, bajo los moldes
del llamado plano–secuencia, en capítulos no editados,
de movimientos ininterrumpidos con duración promedio
de doce a quince minutos. Además de semejante
proeza cinematográfica, el muy brillante primogénito
del escritor Gabriel García Márquez dirige y
dramatiza su segundo largometraje gringo con actores
y actrices de primera línea en Hollywood.
Son escenas románticas contemporáneas y momentos
familiares, unidos en varios casos por la neurosis
de damas maduras al borde de un ataque. Entre
ellas: una hispana encarcelada, cuya visita filial resulta
un verdadero dolor de cabeza (Sandra); la señora
embarazada que se tropieza en el supermercado con
un antiguo novio (Diana), quien asiste al velorio de su
rival y constata que el viudo aún no ha superado su
apasionado primer amor (Lorna); la respetable ama
de casa que mantiene una aventura extramarital que
tampoco logra satisfacerla (Ruth), y una paciente en
el hospital que debe enfrentarse a una cirugía anticancerosa
(Camille).
Ellas son estupendas, y García Barcha logra extraerles,
con un estilo reconocidamente bergmaniano,
aquellos pliegues recónditos del alma que las atormenta
sin contemplaciones. Glenn Close pasea por
un jardín–cementerio y se comunica verbalmente con
la no menos hipersensible niña Dakota Fanning; Sissy
Spacek —doble ganadora del Oscar— revela su
inconformismo de forma espontánea (Ruth); Holly
Hunter manifiesta su rudeza (Sonia); y, la chicana
Elpidia Carrillo, exterioriza su fuerte carácter de
marginada. En suma, una extraordinaria segunda
película, de un director (y guionista) de primera.