Mi infancia fue itinerante, como si
resultara que cada casa fuera
una estación, una estancia que anunciaba
otro viaje. Mi familia tuvo el hábito
del nomadeo, casi a gusto, y no como
el andareguear del desplazado a la fuerza.
Entre cajas de libros, espejos recubiertos
de cobijas, chécheres de toda
naturaleza y más cajas, estaba yo, un
niño asombrado.
Cuando cumplí los siete años me vi
embalado entre todos esos objetos
caseros, con rumbo a Bogotá. Dejé
entonces la luminosa Medellín y de
pronto me vi en una casa vieja del centro
de la capital, en la carrera 13A, legendaria
en el recuerdo, en barrio Alameda
hoy copado de prostíbulos, y con
todos los sueños de futbolista intactos.
Lo primero que propicia una amistad
siendo niño es el juego. Si ese juego se hace
tras de un balón que se comparte a través
de pases, de esguinces y de goles,
posiblemente la complicidad sea mayor.
Pues bien. De esa raigambre viene
mi amistad de más de cincuenta años,
léase bien, de más diez décadas, y no
alcanzo a calcular cuántos desastrosos
períodos presidenciales se han ido en
esto, con Ignacio Ramírez, un hombre
de palabra.
Es curioso que de todos
esos amigos de la infancia, los Peláez,
los Restrepo, los Shröeder, los Pava, los
Galindo, con el único que siga intacta
la amistad, como cosida con hilo de
cáñamo, sea con Nacho, a quien dejé
de ver muchos años tras mi regreso a
Medellín. Dejé de verlo pero no de seguirlo
en sus artículos publicados en
revistas y diarios bogotanos, lo mismo
que a través de su periodismo televisivo.
Ya en la distancia, no nos unía el
balón sino la palabra, como cuando
fundó en esa legendaria infancia que
compartimos un periódico de la cuadra
que él hacía en su totalidad, desde
las caricaturas, los titulares, las noticias,
los avatares de la calle donde pateábamos
un balón de sol a luna. Ni más ni
menos que lo que hace hoy con la imprescindible
publicación de Cronopios.
Un buen día prendí un televisor en
la noche medellinense. Y ahí estaba Nacho,
leyendo noticias con esa voz pedregosa
y sonora y cálida de siempre. Dijo,
y yo aplaudí con entusiasmo, que acababa
de morir el generalísimo Francisco
Franco y que su jefe en el noticiero, Alberto Acosta, franquista como mi padre,
quería que leyera una noticia luctuosa,
llena de admiración por el tirano.
En vez de leer el panegírico, Ignacio
anunció con ese impulso vital de la juventud,
que renunciaba al noticiero. Lo
hizo en público, en un acto de valor y
de pasión libertaria que me hizo llamar
a mis compinches de lecturas y desvelos,
para festejar a mi viejo amigo con
varios vivas por su renuncia y con otros
varios vivas por la desaparición del dinosaurio
español.
Hay dos empresas verdaderamente quijotescas,
aunque el término ha venido gastándose por el uso
excesivo: La de Jorge Consuegra e Ileana Bolívar,
quienes con dedicación y talento hacen una página
diaria en internet, Libros & Letras y, con el mismo
título, una excelente revista literaria mensual gratuita.
De ella hemos tomado la nota de Juan Manuel Roca
sobre el otro personaje, Ignacio Ramírez, que
mantiene, mientras lucha con sus males, una
excelente página en internet llamada
cortazianamente Cronopios.
Como este va a ser el año de los libros en Bogotá,
capital mundial del libro, vamos a dedicarles a ellos
las próximas tres páginas. Y seguiremos todo el año
reincidiendo sobre el tema.
Luego vendrían los reencuentros en
la palabra. Ignacio fue quizá el primero
en escribir sobre mi primerizo libro,
mi balbuceante ópera prima Memoria
del agua. Me invitó entonces a dirigir
un galería de arte en Bogotá, Artes Galería,
donde pasé casi una década festejando
la pintura de Samudio, de Góngora,
de Rendón, de Murúa y de
muchos nuevos pintores colombianos.
Allí, en Artes Galería, de propiedad
del fallecido Eduardo Guzmán, compartí
por primera vez con ese espectáculo
humano de sensibilidad indócil llamado
Antonio Samudio, un hombre de
pincel que nunca ha dejado de ser, también,
un hombre de palabra. No de la
palabra escrita, como la de Nacho, sino
de la palabra hablada y díscola, como
la de pocos.
A Nacho, mi compadre cincuentenario,
mi hermano en la duras y en las maduras,
le debo tanto que las palabras, otra vez las palabras, me resultan precarias.
Sé que no anda bien de la salud del cuerpo
pero que anda mejor que todos nosotros
de la salud del alma. Como buen
Cronopio, no ama la Fama. Pero trabaja
de manera incansable por el reconocimiento
de los demás.
Por todo esto,
por tantos avatares de Nacho que tantos
miramos con asombro y admiración,
lanzo tres vivas, los mismos vivas
que lancé cuando Nacho hizo un
gol de chilena en la que llamábamos la
Cancha de las Mariposas, en cercanías
al paso del tren en el barrio Santa Fé,
los mismos vivas que lancé cuando el
caso y el ocaso del generalísimo, los
mismos tras la lectura de sus relatos y
sus crónicas.
No sé a quién corresponda pedirle
que conserve a Ignacio Ramírez en el
ejercicio de la palabra, si a Yavé, a Jehová,
a Buziraco, a Buda, a Zoroastro o a
Yemayá, pero para curarme en salud le
pido a todos ellos que conserven la voz
y el talento y el talante y la generosidad
de Nacho por otros cincuenta años que,
sumados, no son cien años de soledad.