Así se llama el último libro del ex ministro Rodolfo
Segovia, que no es ni un primerizo ni un aficionado.
Además de haber estudiado química en MIT, hizo
una maestría en Historia de América Latina en
Berkeley. Segovia es un escritor recursivo, ameno,
fluido y bien documentado. El lago de piedra es un bellísimo libro, publicado por
El Áncora Editores, con excelentes fotografías de
Jorge Mario Múnera y diseño de Paolo Angulo
Brandestini. El libro se refiere a las fortificaciones
coloniales españolas —principalmente en el Caribe—
su sentido militar y sus relaciones con la política y la
economía.
A manera de botón de muestra, publicamos un
fragmento de la introducción del texto inicial y
algunas fotos.
Por Rodolfo Segovia
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¿Por qué fortificaciones españolas? ¿Qué
había que defender? ¿Contra quién?
¿Cómo? ¿Cuál contexto geopolítico? ¿Por
qué un Lago de Piedra?
La respuesta a estos interrogantes,
para el mar Caribe, es una larga historia.
Se inicia con la constatación de que España
llega primero y, durante casi una
centuria, dispone del poder naval para
inhibir otras presencias en América. Descontando
la guerrilla marítima y uno que
otro golpe de mano, hasta la derrota de
la Armada Invencible en 1588 nadie se
arriesga a retarla frontalmente en aguas
del Nuevo Mundo. El siglo XVI es suficiente
para que España establezca puertos,
conquiste el interior del continente y
afiance su dominio sobre minas de plata
y mano de obra indígena. Su administración,
su gente y su cultura echan raíces. Y
en el Caribe, su mar interior, da comienzo
a un eficaz cerrojo de piedra para salvaguardar
un imperio. A pesar de su debilidad
al final del siglo XVII y a principios
del XVIII, los enemigos llegados tardíamente
deben contentarse con la periferia.
La presencia hispana en América se
consolida con el establecimiento de una
red de puertos para unirla con las rutas
de comercio y los circuitos financieros de
Occidente a través de Sevilla, trama que
aparece en el mapa más densa de lo que
realmente es cuando se calculan las grandes
distancias costeras. Esos fondeaderos,
desafiados y vencidos muchas veces
pero nunca abrumados, se fortifican en
la medida en que los conflictos dinásticos
y comerciales crecen en intensidad.
Concretan el dominio español, hasta
convertirse en su fachada misma. La primera
localización de los puertos obedece
a consideraciones prácticas. Se buscan radas seguras, apropiadas para las etapas
de las carabelas,
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cuando, con los medios
técnicos de la época, la navegación es
peligrosa e inciertos los réditos económicos
de los viajes. Se colonizan ensenadas
sin ser necesariamente las más útiles para
integrar las tierras conquistadas. Cartagena,
por ejemplo, se funda tarde [1533],
pero por su cercanía al istmo de Panamá
sustituye y margina a Santa Marta como
portal del Nuevo Reino de Granada y
como guardiana de la crítica costa de Tierra
Firme.
La corona española carga con
el peso de un imperio disperso y sufraga
el enorme costo de protegerlo, lo que
contribuye a explicar por qué a lo largo
de la Colonia se escuchan voces que preconizan
la defensa por indefensión, o sea,
dejar partes no rentables del imperio de
tal manera desprovistas de recursos que
el enemigo no las apetezca. En aplicación
de esa táctica se pierde la periferia del
Caribe para el mundo hispano.
La España que se topa con América
en 1492 es todavía un reino sin consolidar.
La unión personal entre los reyes de
Castilla y Aragón no ha cumplido veinte
años y la conquista de Granada es cosa
de meses. Sin gran liquidez, se apoya financieramente
en Italia y Flandes. La
banca de España no forma parte del núcleo
central del Occidente cristiano. Mientras
en Portugal la Casa de Avis —tejiendo
la ruta de Oriente— financia la
exploración de las costas africanas y acopia
medios a partir de los beneficios derivados
del avance mismo, Castilla no
cuenta con un Enrique el Navegante que
inspire a los marinos y arbitre los recursos.
La apócrifa historia de la Reina Isabel
empeñando joyas para que Colón
pueda adquirir sus tres barquichuelas, da
una medida de la penuria real.