Portada del libro de Alvaro Castaño Castillo
de editorial Taurus
Fragmento del prólogo al libro de
Álvaro Castaño
Por Belisario Betancur
He conocido coleccionistas de incunables,
de monedas, de estampillas, de
automóviles. Pero entre todos los que
conozco, es más aventurado es Álvaro
Castaño Castillo, porque ha vivido
empeñado en una colección invisible:
colecciona tiempo. Su colección de
instantes es prodigiosa. Esa colección
tiene la particularidad de que los hechos
mismos que hacen parte de ella son sus
propios e insustituibles relatos. Su
precisión es asombrosa, porque en ella las
cosas vuelven a ocurrir de la misma y
exacta manera como ocurrieron en su
hora.
Dado que se trata de una colección de
tiempo, recorrerla completa tardaría
exactamente 56 años. Que es el tiempo
que le ha tomado a Álvaro Castaño
hacerla, y el tiempo transcurrido desde
cuando fundó la emisora HJCK, El Mundo
en Bogotá, la más antigua emisora cultural
del continente.
El libro de Castaño viene con un cd que trae,
entre otros, una entrevista sobre hobbies con García Márquez
Desde 1950 una voz ha estado pendiente para
lograr que la historia y el arte no se pierdan y
nos acompañen con sus revelaciones y asombros. En
el caso que nos concierne, esa remembranza tiene,
en muchos casos, nombre de mujer. Puede partir de
«una sociedad Municipal y sosegada,» llamada Bogotá,
en los años treinta, cuando un adolescente contemplaba
un desnudo deslumbrante.
El de una mujer
con «la piel blanca y el cabello negro, de negrura
rotunda, como un remordimiento,» llamada Hedy
Lamarr y su película Éxtasis.
El argumento de la obra, si lo tuvo, ya no lo recuerdo,
pero sí recuerdo el cuerpo de la actriz vienesa porque,
para una aparición de ese calibre, no estaba preparado
un tierno alumno de los reverendo hermanos cristianos.
(P. 177).
Teatro Faenza, café del Rhin, un dancing llamado
La Bombonnière, situado en la calle 14 con carrera
Octava, prostitutas de pocos años, media tobillera y
cachumbos, tranvías y primeros edificios de la Ciudad
Universitaria. La voz de Álvaro Castaño Castillo
y el sonido de la historia es el que se ha captado a
través de esta indirecta autobiografía: sus comentarios
dominicales, leídos por los micrófonos de la
emisora HJCK.
Comentarios breves, certeros, capturados
en su grabadora de bolsillo o en su máquina de
escribir, y cuyo pretexto bien puede ser un libro reciente,
una noticia de prensa, un aniversario o un
fallecimiento. Bien escritos, con humor y gracia, lo
curioso es ver cómo esta galería sonora se remonta
al siglo de los trovadores y las cortes de amor de Leonor
de Aquitania, «reina de Inglaterra por la rabia de
Dios» o de Hildegarda de Bingen, monja alemana,
compositora de antífonas y responsorios, simple vaso
de arcilla que transmite lo que le ha dictado una luz
viva, según sus propias palabras.
Pero es esa música de los años, con sus laúdes y
sus flautas dulces, la que ahonda estos vocablos y los
engrandece en su resonancia.
El CD que acompaña
el libro de Castaño, editado por Taurus con el título
de Para la inmensa minoría, hace que el canto gregoriano
o la voz de Maurice Chevalier haga más urgida
y punzante nuestra avidez por esos mundos recreados
en luminosas pinceladas. Álvaro Castaño se
define, sin mayores problemas, como un coqueto. Un coqueto de la historia que logra el milagro de convivir
tranquilo con varias mujeres y de sentirlas a cada
una en su individualidad inolvidable.
Alinor de Aquitania, «inventora del amor,» como
amante era «obvia e inconstante y se dejaba llevar
por la miseria de los celos» (P. 160).
Pero en lugar
más alto aún, por encima de Dios, se sitúan Abelardo
y Eloisa. De quienes Octavio Paz, en su gran poema
Piedra de sol (1957) dijo, en versos que resumen
a cabalidad su tragedia: «amar es desnudarse de los
nombres: / “déjame ser tu puta,” son palabras de
Eloisa, mas él cedió a las leyes, / las tomó por esposa
y como premio / lo castraron después.»
Como en el libro de Carlos Lleras Restrepo, De
ciertas damas o en las memoria de Alberto Lleras
Camargo, al hablar de ciertas livianas señoritas bogotanas,
a quienes llamaban las señoritas de Aviñón,
las históricas figuras femenina pueden desatar pasiones
voraces de largo aliento o cubrir, con su fama
legendaria y la magia de sus nombres, los caprichos
terrenales con que el hombre busca erigir ídolos con
pies de barro.
Deleites y sobresaltos que otorga la
palabra, «ese testimonio que deja el hombre en su
breve paso por el mundo» P. 41).
Al leer estas páginas queremos saber más sobre
estos seres, prisioneros del bienestar aparente de una
corte, pero con el alma errabunda y nostálgica de
otras costas, como en el caso de la emperatriz Sisi,
siempre en fuga de su dorada cárcel, como la pintan
muy bien las palabras de Álvaro Castaño:
Es verdad que Sisi escandalizó muchas veces a Europa
con sus continua fugas de la corte imperial, para
seguir las huellas de los héroes griegos, trepar hasta
la roca donde Safo se arrojó al mar, montar en Inglaterra
briosos corceles que sólo los más avezados jinetes
de la época podían gobernar, mirar durante muchas
lunas la línea del mar en la isla Madeira, reconstruir
su infancia en los peñascos de Baviera, burlar el protocolo
de la reina Victoria, adorar la memoria del poeta
Heine en su palacete de Corfú, presidir estridentes
fiestas de gitanos en sus propiedades de Hungría,
para huir en fin, huir desesperadamente de las pompas
y besamanos imperiales (P.155).
«La historia es una novela que fue,» decían los
hermanos Goncourt, y a las mujeres y la música
debemos añadir la poesía y la ética, como otros de
los pilares de este libro ameno y grato. Donde también
laten su amor combativo y militante en pro de
los animales y su culto sin sombra de la amistad,
como en sus dos perdurables evocaciones de Álvaro
Mutis y Gabriel García Márquez.
Gracias a la mágica grabadora de bolsillo, y la
alerta curiosidad infatigable de Álvaro Castaño Castillo,
hemos recobrado el tiempo real de la historia y
el arte. De mujeres fascinantes y hombres creativos.
Con razón, puede decir sobre un mítico viaje a Estocolmo:
Mi grabadora, donde está aprisionado todo el viaje,
minuciosamente y para siempre, como un insecto
en un baño de ámbar. (P.239).