Desde la calle 22 Sur hasta la 29 Sur con
avenida Caracas, Bogotá sabe a pura
lechona tolimense. Exhibidos en numerosas
vitrinas, enormes marranos de
color caramelo y ocre tostado adornan
las esquinas del barrio Quiroga, que
desde hace más de una década se distingue
por tener la calle de las lechonerías.
Porque, así como la capital tiene
dentro de su oferta gastronómica una
Zona T (calle 82 con carrera 12) y una
Zona G (entre la 72 y la 67, con carreras
6 y 8), también cuenta con la popular
Zona L, con L de lechona.
Son siete cuadras de negocios especializados
en la producción y venta de
la “auténtica lechona tolimense,” tal
como se predica en muchos de los avisos
que inundan el sector, cuyos nombres
apelan a un lugar común, al dueño
del local o al manjar en cuestión, llegando
inclusive a ofrecer imposibles, como
la La dietética de Natagaima). Otros
nombres son: El festival del Tolima,
Rinconcito tolimense, Mi casita tolimense,
La fonda tolimense, La nueva
del Tolima, Mi Chaparral, El esplendor
tolimense, Rica lechona, El cerdito sabrosón,
Los tres cerditos, Doña Fanny,
Doña Myriam, Donde Marleny, Donde
Jimmy, Donde Pacheco y doña Stella,
etc., que suman alrededor de 40 lechonerías.
Pero la cuadra no siempre fue así.
El pionero fue Ezequiel Pachón, un tolimense
que llegó a Bogotá hace 27 años
de Chaparral. Su única habilidad era
preparar la lechona, tal y como la hacían
en antaño, cuando se cocinaba en
horno de barro. En 1979, junto a su esposa
Marleny Espinosa, fundó Rica Lechona,
una pequeña lechonería que con
el paso de los años conquistó al público
bogotano que conoció las delicias de
este plato.
Al principio, sus primeros comensales
fueron la colonia tolimense y del
Huila. Después, los transeúntes se dejaron
tentar por esta comida. “La lechona
pegó, aquí en Bogotá, porque es un
plato tradicional, muy gustoso, económico,
y práctico para comer y servir,”
explica doña Marleny.
Entonces el mercado de la lechona
se volvió atractivo, y sus paisanos no
demoraron en inundar la calle con este
producto: hace diez años, no había más
de 11 locales, y hoy la cifra va por los 40
y la tendencia va en alza. Ahora los clientes
son de todas partes, tal como lo
cuenta Carmenza Morales, propietaria
de La sabrosita del Tolima: “Acá viene desde un importante ejecutivo hasta la
persona más pobre. También hay clientes
extranjeros, como un alemán que
viene a comer desde hace varios años;
o los chinos de la China, a quienes les
encanta la lechona.”
Lechona al estilo cachaco
Cuando la Zona L se hizo popular, la
mayoría de los negocios sólo despachaban
el producto por pedidos. Pero a
petición del público se empezó a vender
por plato, con ñapa de arepita, y se
organizaron improvisados comedores.
Hoy en día es plan familiar obligado de
fin de semana ir a almorzar con lechona;
el plato puede costar entre 4 y 6 mil
pesos, mientras que una lechona completa
para 100 personas puede alcanzar
los 260 mil pesos (la cifra varía según el
negocio, por no decir “según el marrano”).
La típica lechona tolimense se sirve
con tostado cuero de marrano, abundante
carne de cerdo y arveja. Eso lo
tenía muy claro Carmenza cuando
montó su restaurante, hace 8 años.
Pero le tocó amoldarse al gusto cachaco.
“Les vendía la lechona y me decían
que les gustaba más con arroz…
Esa
receta se conoce como “lechona rola”
y la empecé a preparar así,” relata con
resignada sonrisa.
Precisamente los rolos resultaron
ser muy buenos lechoneros. En promedio,
cada día una lechonería del Quiroga
puede vender entre 3 y 5 lechonas al
día; pero en temporada alta, como en diciembre, las ventas se disparan y alcanzan
a despacharse entre 60 y 70 lechonas
diarias.
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Porque diciembre no
sólo es pavo y tamales: muchas familias
de la ciudad optan por adornar su
mesa, en fechas como la noche de las
velitas, el 24 ó el 31, con una
enorme
lechona, a la que no le falta el correspondiente
adorno navideño, con lacito
de color rojo y una manzana en la boca.
Gracias a este plato, 40 familias radicadas
en Bogotá consiguen el sustento
durante todo el año. Alimentan a sus
hijos y les dan educación, pagan arriendos
o compran vivienda propia y, lo
más importante, consiguen una posición
de respeto.
Alexander Medina,
copropietario de La dietética de Natagaima con su hermano y su mamá,
cuenta que los lechoneros del sector
acordaron nunca bajarle la calidad al
producto para captar nuevos clientes y
no perder los antiguos: “Porque si comen
en un local donde la lechona es fea,
no van a decir que era la del local X ó Y,
sino que era del Quiroga.” Hasta el
momento, han respetado la tradición.
Por eso, en la Zona L del especializado
barrio, se vende la mejor lechona de
Bogotá.