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Una novela chamuscada: La Cuarta Batería
Por Juan Gustavo Cobo Borda
«Sólo tú, Juan, sabrás qué hacer con esto», me dijo Alejandro Obregón en su casa de la calle de la Factoría, entregándome una carpeta negra cuyas hojas estaban escritas en tinta morada. El borde de la carpeta y un buen número de las primeras páginas casi se deshacían vueltos ceniza. Aun así era factible seguir la clara caligrafía del autor y el título: era el manuscrito de La Cuarta Batería de Eduardo Zalamea Borda, que se creía perdido en el incendio de El Espectador. Con sólo una obra, Cuatro años a bordo de mí mismo (1934), el autor había renovado la novela en Colombia.
Eduardo Zalamea Borda acaba de cumplir cien años de nacido (1907-1963)
Nacido y muerto en Bogotá, vivió un tiempo en Barranquilla, donde intentó suicidarse.
Luego trabajó en las Salinas de Bahiahonda, Guajira.
Fue redactor y jefe de redacción del vespertino La Tarde (1928), jefe de redacción de El Liberal (1938-1940); columnista y subdirector de El Espectador (1945-1963), donde mantuvo su columna «La ciudad y el mundo», y dirigió el suplemento literario Fin de Semana. Se le tiene por descubridor de Gabriel García Márquez.
Fue secretario de la delegación colombiana ante la Sociedad de Naciones en los Estados Unidos (1934-1938).
Autor de dos novelas: Cuatro años a bordo de mí mismo y La Cuarta Batería (Chamuscada)
Utilizó los seudónimos de Ulises, Bloom y Dedalus, como homenaje a James Joyce, uno de sus escritores más admirados.
El periodismo no había secado su vocación creadora. Allí estaba su segunda novela, donde el viaje iniciático de la primera, hacia la Guajira, era también un proceso de maduración adolescente y en la cual un adolescente se hacía hombre tras su ingreso al cuartel, en la fría altiplanicie bogotana.
Las escenas se seguían unas a otras con sobriedad, y el manuscrito estaba intercalado hasta el final con dibujos y las firmas de los amigos, la bohemia intelectual de entonces que quizás lo había ido leyendo, a medida que se escribía, o que lo refrendó al final, solidarizándose con ese logro en pro de la auténtica ficción: Jorge Gaitán Durán, José Mar, Hernando Téllez, Berta Puga, la mujer de Alberto Lleras; Jorge Rojas, Antonio García, Ignacio Gómez Jaramillo, Arturo Camacho Ramírez, Darío Samper, Carlos Martín, Alejandro Obregón. También estaba allí la firma de su primo hermano, Jorge Zalamea Borda. La fecha con que culminaba el manuscrito regalado por Obregón era 1938, pero un capítulo adelantado en la Revista de las Indias decía: «Bogotá, agosto, 1936».
Eduardo Zalamea Borda se había concentrado más en el cuento y la novela, y conocía a fondo a los ingleses y los norteamericanos del momento. Había dado razón de ellos en sus columnas de El Espectador y acogido con una generosidad impar a la nueva camada de las letras nacionales. Pero seguía siendo un creador al cual aún desasosegaba la brasa ardiente de la infancia y que bien podría asumir como suya la divisa de Flaubert: «Con la mano quemada escribo sobre la naturaleza del fuego».
Cuatro años a bordo de mí mismo
Es justo dedicar un momento a sus primeros Cuatro años a bordo de mí mismo, novela lírica en su ambientación, y compleja en su afán de desentrañar una mente y un cuerpo. Tenía la lograda factura de quien se ha regodeado en su propia exploración. La de su espíritu y la del paisaje que le servirá de escenario. Era original y muy suya, pero también correspondía a un momento generalizado de nuestras letras, cuando los antihéroes de César Uribe Piedrahita se iban al Putumayo, Fernando González iniciaba su Viaje a pie (1929), y León de Greiff y Rafael Maya nos invitaban a navegar por los mitos griegos o por el río Cauca. Había que descubrir la geografía y la psiquis de un desconocido país llamado Colombia, tanto desde la poesía como desde la razón, ambas formas válidas de conocimiento. Por ello la educación sentimental del personaje de la novela de Zalamea se daba en tan remoto lugar, lejos del orden constituido. La experiencia rebelde que esa estructura arcaica les impedía tener implicaba dejar atrás ese Bogotá estrecho y frío, y «con pretensiones de urbe gigante».
Sólo allí era factible sexo y violencia, soledad y autodescubrimiento, la disolución de unos prejuicios en una naturaleza que era a la vez tentación y amenaza. Tierra de indios y de contrabando, donde la ley implícita la descubría uno por sí mismo, al establecer su propia escala de valores o al confrontarlos con aquéllos que el indígena mantenía desde mucho antes de la llegada de Colón. Ya desde 1924 La vorágine había mostrado la existencia de otros mundos, como sería corroborado igualmente por Arturo Camacho Ramírez con Luna de arena, la obra de teatro ambientada también en la Guajira y que publicaría en 1943.
Mujer. Dibujo de Zalamea en el original de su novela
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Al volver a Bogotá, luego de esa crisis andariega, podrían verla tal como en realidad era y como la vio Zalamea: un pueblucho de casas viejas y bajas y de personas antipáticas vestidas de negro, muy convencidas de la prosapia de sus ilustres apellidos, que volaría por los aires el 9 de abril de 1948. Tal era el balance, para su protagonista, de esa aventura adoles- cente. Pero para el escritor, que luego en sus columnas de prensa y en homenaje a James Joyce firmaría con los seudónimos de Bloom y de Ulises, el logro había sido de otra índole.
Sus lecturas de Joyce, de Virginia Woolf y Aldous Huxley, de John Dos Passos, Caldwell, Faulkner y Proust se habían naturalizado en su estilo, y le permitían dar forma a esa vida en estado puro. A ese enceguecimiento que le produce el sol, su reflejo en la arena, la lámina reverberante del mar, las blancas Salinas de Manaure y el resplandor del sexo en medio de una naturaleza yerma. Muchachos que querían desnudarse para ser libres, y a la vez enriquecerse interiormente o, de modo más práctico, mediante alguna explotación de sal, de oro o caucho, en aquellas comarcas inexploradas.
Cuando el protagonista de Cuatro años a bordo de mí mismo retorna a la ciudad, su rechazo es tajante: «Aquí está la civilización llena de números, de fechas, de marcas. Allí, la vida verdadera, dura y desnuda como una piedra. Allí estaban las mujeres desnudas, los hombres francos, los peligros simples y con los dientes descubiertos. Aquí está todo velado, escondido, falsificado».
La Cuarta Batería
La segunda novela de Eduardo Zalamea, a pesar de su apariencia larval —de haberse publicado en su momento, seguramente el autor la hubiera pulido y ajustado—, resulta ágil y sorpresiva. Busca indagar en los orígenes de los personajes, un adolescente citadino de 14 años, así como un campesino de 21, Antonio Rodríguez. El joven, Fernando, huérfano de padre, forma parte de una familia que ha venido a menos y que reside por ahora en un pueblo cercano a Bogotá. Tránsfuga de varios colegios, es llevado por su madre, Berta de Ruiz, en tren a Bogotá para que el ministro de Guerra, amigo de la familia, ordene su ingreso al cuartel. Allí padecerá, sin demasiado dolor, las asperezas de la formación militar, y logrará ascender en las jerarquías. El momento culminante de esta novela de formación se dará cuando defienda a su amigo campesino del trato salvaje con que un sargento bruto le rompe los dientes.
Eduardo Zalamea Borda.
Foto cortesía de El Tiempo
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El campesino, incapaz de distinguir entre derecha e izquierda, canta en cambio muy divertidas coplas y contribuye a darle al recuento un tono alegre y juvenil, que no impide un sagaz análisis de aquel país de 1921, con sus clases sociales, su pobreza, ambiciones e inseguridades, y con sus modos de hablar. La obra tiene una clara línea de desarrollo que va intercalando las reflexiones de los protagonistas y se anuda, toda ella, en torno a la anécdota central.
La novela se halla vivificada por un descubrimiento gozoso y emotivo de la sensualidad adolescente, pero también aporta una pionera y refrescante descripción de personajes femeninos, vistos desde su sexualidad. La viuda, madre del adolescente, remonta el río de las sensaciones hasta el momento en que concibió al protagonista, con la hermosa fuerza de un monólogo interior que honra a la ya legendaria Molly Bloom.
Si bien la novela arranca del mencionado pueblo cercano a Bogotá, con los toques imperativos de la campana de la iglesia dando las pautas para vivir, luego se desplaza a ese microcosmos del cuartel, donde todo el país se refleja, como sucederá treinta años después en el célebre Colegio Militar Leoncio Prado de La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa. Iglesia y cuartel, y la sexualidad que intenta subvertir esas dos estructuras tan afines.
Se halla cargada de referencias culturales y de una topografía bogotana muy concreta: Chapinero, Las Nieves, los cerros de San Cristóbal. También de precisiones económicas con las cuales el autor ancla en tierra las ensoñaciones de los personajes: los billetes de tren de segunda clase cuestan 38 centavos y el pan francés 10. Pero, obra de lenguaje, la novela muestra ante todo una muy lograda entonación en los diálogos y en el rumor interno con que las conciencias se miran a sí mismas y miran al mundo.
La sensibilidad de Zalamea lo llevó a percibir la otra voz y a explorar, con sagacidad y comprensión, ese continente negro femenino, al cual se refería Freud. Pero esta novela no es sólo esto o aquello. Es todo un mundo. El mundo propio que instauró su autor. Una otra realidad que, más de medio siglo después, todavía tiene autoridad y capacidad de revelación.
Quince años después de ausentarse Alejandro Obregón, recuerdo unas palabras suyas escritas como homenaje a un pintor amigo: «El arte sirve para vivir después de morir». Así lo prueba la pintura de Obregón. Así lo comprueba esta novela de Zalamea, nunca completamente publicada.