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A propósito de El amor en los tiempos del cólera
Tiempos más de cólera que de amor
Por Mauricio Laurens
Los críticos literarios y cinematográficos siempre hemos sostenido que traducir visualmente a Gabriel García Márquez es una empresa si no imposible al menos difícil: diálogos y pensamientos brillantes cuyas transcripciones pierden espontaneidad o tienden al efecto demostrativo por parte de los actores; un realismo mágico que luce inverosímil y demasiado postizo cuando se trata de materializar en imágenes las insólitas ocurrencias de impronta local; el factor tiempo capaz de pulverizar o recubrir los sucesos acumulados para comenzar en cero; y un romanticismo pueblerino muy acentuado, que al salirse del contexto social caribeño puede parecer caduco e inusual.
El único que nunca le tuvo miedo a esta historia (ni en la vida real ni en el libro ni en la película) parece haber sido precisamente él,
el gran Gabo.
Silvia Bizio, en L’Espresso
La más reciente coproducción internacional, filmada por el británico Mike Newell en Cartagena, no ha hecho más que confirmar tales aseveraciones. El primer tropiezo surge con aquellas estrellas de media docena de nacionalidades, quienes fingen hablar un inglés de acento cubano o puertorriqueño; en efecto, Bardem y Ugalde (castellano y vasco), la Mezzogiorno (romana), Leguízamo y Bratt (gringos de ascendencia suramericana), la señora Montenegro (brasileña), Talancón (mexicana), Sandino (bogotana) y el reparto secundario de féminas compatriotas. Algo parecido aconteció con las mezclas lingüísticas de Eréndira (por el mozambiqueño Ruy Guerra)y las no menos evidentes de Crónica de una muerte anunciada (del napolitano Rosi).
Cuando escuchamos al ingenuo intérprete afirmar: «Soy el hombre más feliz del mundo porque ella al fin me miró» quedamos estupefactos por cuanto aquél no siente del todo lo dicho y lanza palabras sosamente recitadas. El loro travieso que trepa por un árbol y ocasiona la caída mortal del anciano marido, y por ende la disolución de los vínculos matrimoniales de Fermina, parece un simple accidente casero y no el resorte para semejante recordatorio sentimental de medio siglo. Sostener que se es virgen de espíritu, no obstante recorrer las hojas resumidas de un cuaderno de relaciones íntimas con medio millar de mujeres, lo vemos como contradicción machista o costeña nada fácil de digerir.
Los amores imposibles, o al menos retrasados, de Florentino Ariza y Fermina Daza fueron llevados a la pantalla con la pesadez escenográfica de una época decimonónica, bajo los parámetros de vistosos decoradores y vestuaristas de Hollywood. El problema principal surge cuando una sublime historia consolidada en la tercera edad naufraga en medio de ridiculeces y esquemas prefabricados para dar lugar al tan anunciado reencuentro. El tiempo de la no cólera transcurre sin mayor interés (en la película) y sólo se forjará el destino al precipitarse los secretos sigilosamente guardados (por la pareja en cuestión). Algunos paisajes abiertos, con melodías de Shakira, contribuyen a su falsedad.
Escena de la película El Amor en los Tiempos del Cólera
Antecedentes
Si hay seis cuentos peregrinos vueltos «amores difíciles», otros tan famosos como el que dio origen a Eréndira han tambaleado en unos enrevesados sistemas de coproducciones que forjaron el desastre. Varios guiones originales como Tiempo de morir (dos versiones: una de Ripstein y otra de Triana)o Edipo alcalde (de este último) no han trascendido más allá de sus fronteras. Algunas traducciones venezolanas pecaron frente a las densidades atribuidas a El mar del tiempo perdido; la versión mexicana de La viuda de Montiel se muestra ahincada desde Veracruz, y el manejo del absurdo propio de Sólo vine a hablar por teléfono raya en el divertimento de María de mi corazón.
En Crónica de una muerte anunciada, según el maestro posneorrealista Francesco Rosi, el incomprendido conflicto latino de la deshonra prematrimonial encendía un previsible drama sentimental hasta nutrir la tragedia de forma tremendista. En El coronel no tiene quien le escriba, la espera terminó por asfixiar al protagonista, quien explora una cotidianidad sin sentido y el sopor de la tercera edad. En cuanto a La mala hora o El veneno de madrugada —en su versión portuguesa y específicamente brasileña—, las turbulencias desatadas por un rumor provinciano terminaron por afectar a sus atribulados pobladores.
Desde estruendoso fracaso de la fotogénica recreación multinacional filmada en Cartagena y Mompós, que reunía a Ornella Muti e Irene Papas junto a Rupert Everett y Gian Maria Volonté, habíamos pasado en algún momento por la muy distante adaptación de Arturo Ripstein, cuando los espectadores fuimos sometidos al lento ejercicio narrativo de dramatizar el retraso de una carta que se hacía realmente insoportable. Podemos volver a mencionar la concepción atmosférica de «una lluvia interminable» bastante convincente por iniciativa del notable realizador brasileño de origen africano.
Conclusiones
Tres películas noveladas con anterioridad, que tampoco pudieron captar la esencia melodramática, asombrosa y bizarra de Gabo. Si el anciano Florentino se despierta en los brazos sudorosos de una prostituta, el doblar de campanas anunciará la muerte de un importante personaje que durante largo tiempo obstaculizó el logro de su ansiada felicidad, consistente en poseer el corazón de la inolvidable Fermina Daza. Son circunstancias penosas, y a la vez esperanzadoras, que resultan difíciles de plasmar. Tendremos que esperar, algunos meses más, los frutos de filmar esos ambientes monacales y perversos des-critos en Del amor y otros demonios, por la debutante costarricense Hilda Hidalgo. Pero habría que terminar recordando la frase de Fernando Gómez Agudelo, amigo de García Márquez: «Gabo tiene mal oído para la televisión y el cine».